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Domingo

Sembrío en el fondo marino

Una comunidad de científicos y pescadores de la bahía de Pisco han iniciado un proyecto que trata de recuperar las algas que servían de alimento y refugio a peces y crustáceos de este lugar. La vida vuelve, y con ello mejora la economía de los hombres de mar.

Las líneas de cultivo son parecidas a quipus. Foto: UCSUR
Las líneas de cultivo son parecidas a quipus. Foto: UCSUR
Renzo Gonzales

Son las nueve de la mañana y un bote nos aleja del puerto de San Andrés, en Pisco. El cielo sigue nublado, el agua está turbia y no podemos ver a través de ella. De pronto, Eugenio Díaz, que hace unos minutos se sumergió en esas tinieblas, sale con arbustos de algas entre sus manos. Es yuyo (‘Chondracantus chamissoi’), y lo que ha sacado es una pizca de un bosque submarino que hace cuatro años no estaba allí.

Díaz dirige la Cooperativa de Trabajadores Pesqueros Artesanales Algas Marinas (COTRAPALMAR). Él y sus colegas fueron testigos de la desaparición del yuyo y otras algas de la bahía de Pisco a causa de la ‘Caulerpa filiformis’, un alga invasora.

En 2008 se reportó por primera vez la llegada de esta alga a la bahía. En 2014, el Ministerio del Ambiente se percató de que esta especie estaba desplazando a las algas nativas debido a su alta tasa reproductiva y acaparamiento de nutrientes. Esta plaga no tardó mucho tiempo en cubrir el fondo marino.

De vuelta en el bote, Díaz comienza a recordar los buenos tiempos para los algueros de Pisco. “En los 90, un buzo recolectaba diariamente 500 kilos de yuyo o incluso una tonelada”, afirma. Pero luego de la invasión de Caulerpa filiformis no se llegaba ni a 50 kilos, y lo poco que obtenían con la venta no alcanzaba para el sustento de sus familias.

La situación se volvió más grave. Los pescadores notaron que las poblaciones de crustáceos, moluscos y peces disminuyeron porque el yuyo, que alguna vez les sirvió como refugio, alimento o entorno de reproducción, ya no estaba más.

Siembra sostenible

La luz al final del túnel apareció en 2017, cuando un equipo de biólogos de la Universidad Científica del Sur (UCSUR) llegó a San Andrés con un objetivo: sembrar algas bajo el mar.

Cerca del puerto, instalaron el Laboratorio de Investigación en Cultivos Marinos (LICMA), se asociaron con COTRAPALMAR e inmediatamente se enfocaron en el yuyo.

Al estudiarlo, notaron que su forma de reproducción más prolífica se da mediante la ‘propagación vegetativa’. Este método se basa en la fragmentación de un alga en varios trozos o inóculos. “Cada uno de estos se fija a una superficie para comenzar a formar un nuevo individuo similar al progenitor”, explica Max Castañeda Franco, asistente del laboratorio.

El equipo insertó estos trozos en sistemas de cultivo conformados por varias cuerdas, parecidos a quipus gigantes, y los llevó al mar, donde los esperaba otro reto: la plaga del alga invasora.

Para lidiar con ella fijaron cada sistema de cultivo entre un costal lleno de piedras en el fondo marino y una boya en la superficie, de modo que quedaran suspendidos y sin tener que entrar en contacto con la Caulerpa filiformis. Finalmente se completó la siembra. La luz solar y los nutrientes del agua de mar harían el resto del trabajo.

En verano de 2018, comenzaron las primeras cosechas en la concesión marina de COTRAPALMAR. Sin embargo, los científicos enseñaron a los algueros a hacer este procedimiento de una forma distinta y sostenible.

“Los recolectores suelen arrancar todo lo que pueden, impidiendo que se vuelvan a reproducir. En cambio, nosotros solo podamos. Es decir, dejamos unos cinco centímetros de planta para que siga creciendo, ya que tiene la capacidad de regenerarse. Y en 45 días, ya mide de treinta a cincuenta centímetros”, explica Paul Baltazar, jefe del LICMA.

Así, una sola siembra puede brindar hasta cinco cosechas. Por eso, esta actividad acuícola resulta comercialmente viable, al mismo tiempo que ayuda a repoblar parte de la bahía.

Yuyo y pelillo

Ya de regreso al puerto, Eugenio Díaz, aún en su traje de buzo, nos confía entusiasmado su sueño de volver a la época de abundancia gracias a la siembra en el mar.

Calcula que el nuevo bosque de yuyo tiene un radio de un kilómetro y que una ampliación del proyecto les permitirá volver a recolectar cientos de kilos de yuyo al día. Asimismo, nos informa del reciente retorno de especies como cangrejos, trambollos y pejerreyes.

Como las macroalgas que la UCSUR está sembrando —yuyo y pelillo (‘Gracilariopsis lemaneiformis’)— retienen carbono constantemente, su regreso le devuelve el pulmón a la bahía y contribuye a la mitigación del cambio climático.

“Si hacemos este proyecto en toda la bahía, verán que podemos recuperar lo que perdimos”, avizora Díaz.

Mientras esta recuperación se va gestando, los algueros avanzan, ya que han aprendido a procesar lo que cultivan gracias al asesoramiento del Programa Nacional de Innovación en Pesca y Acuicultura del Ministerio de la Producción (PNIPA), que financia el proyecto de cultivo.

Las algas pueden transformarse en biofertilizantes, harinas para consumo humano y aditivos usados en la industria alimentaria, médica y cosmética.

“El único camino que va a solucionar todos los problemas de la pesca artesanal es la acuicultura”, reflexiona momentos antes de llegar al puerto el viejo pescador.

Bajamos del bote. La vida en la bahía retoma su equilibrio.