Recuerdos desclasificados (I)

La Republica

No tengo el orgullo de ser peruano, como dice la canción. Pero, gracias a mis amigos y parientes políticos, superé ese déficit. Por eso, aquí me tomo la licencia de desclasificar algunos recuerdos, vinculados a mis años en esa linda tierra del sol.

Beneficiario ingrato

Viví el Perú como periodista, desde la segunda fase de su revolución militar hasta inicios del primer gobierno de Alan García. Luego lo seguí desde España, como informador de la ONU, bajo el liderazgo de Javier Pérez de Cuéllar. Retornado a Chile, mantuve el contacto como director de Cultura de la Cancillería y después, como académico y escribidor.

Gracias a esas vivencias querendonas, hasta podría responder la interrogante del lisuriento Zavalita, sobre el enigmático peor momento peruano. Según mi versión, se produjo cuando Alan García le birló la Presidencia a Mario Vargas Llosa, promoviendo la elección en 1990 de un desconocido ingeniero, descendiente de japoneses. Pensó, quizás, que un agradecido Alberto Fujimori le cuidaría el sillón hasta el próximo período.

Fue el mayor error político de su vida. Cuando Fujimori dio su autogolpe de Estado, Alan debió esconderse para luego exiliarse. Como única manera de dar cuenta de su traspié, escribió El mundo de Maquiavelo, una digna novela autobiográfica que leí al toque. Allí se autodescribe escabulléndose por los techos, con dos pistolas en sus bolsillos y la siguiente reflexión en su mente: “El fin último de toda persecución política es el suicidio material del perseguido”.

Cariño erróneo

La mayoría de los gobernantes peruanos ha tenido cancilleres de Torre Tagle. Durante su “dictablanda”, el general Francisco Morales Bermúdez reclutó a tres de nivel estelar: Carlos García Bedoya, José de la Puente y mi entrañable amigo Arturo García. Fujimori fue una excepción. Para demostrar que privilegiaba las relaciones económicas y subestimaba el peso institucional de esa casa diplomática, designó canciller al ingeniero Augusto Blacker Miller, aplicado discípulo de la escuela de Chicago. Entre las prioridades que le asignó, estuvo la de iniciar conversaciones con su homólogo chileno, el gran jurista Enrique Silva Cimma. Objetivo: terminar con los temas pendientes del tratado de 1929.

Hubo entonces, me consta, empatía y cariño rápido. Así se desprende del siguiente párrafo (reconstruido) de una charla informal que sostuve con don Enrique, quien fuera mi profesor en la Universidad:

-Estará contento, Pepe. Con Augusto acordamos limpiar la agenda con Perú.

-Sorprendente y grato, maestro.

-Incluso acordamos convertir El Chinchorro en el Parque de la Paz y la Amistad Javier Pérez de Cuéllar..

Ahí le puse cara de emoticón dudoso. Me sorprendió que Blacker hubiera actuado sin previa consulta. Y no solo porque ese terreno peruano, enclavado en Arica, tuviera un expediente polémico. Además, porque Pérez de Cuéllar era una gloria indiscutida para el Perú... pero no para Fujimori. Este ya lo percibía como el otro gigante que debía abatir, después de Vargas Llosa. Opté por comentar que, quizás, ese cariñoso proyecto no sería aceptable para el jefe de Blacker.

Y así nomás fue.

Bofetón diplomático

El 5 de abril de 1992, Fujimori produjo su autogolpe y Patricio Aylwin suspendió las negociaciones iniciadas por Blacker. Solo se reanudaron tras la aprobación de una nueva Constitución peruana, que “reconstitucionalizó” al autogolpista. Bautizadas como Convenciones de Lima, fueron firmadas en 1993, en ceremonia solemne en Palacio Pizarro y enviadas al Congreso para su aprobación.

Pero, ante la proximidad de nuevas elecciones, se liberó la crítica de los internacionalistas peruanos sobre sus contenidos. En paralelo estalló la guerra del Cenepa con Ecuador, se intensificó la guerra interna contra Sendero Luminoso y emergió la candidatura presidencial de Pérez de Cuéllar. En ese contexto, Fujimori optó por retirar del Congreso las Convenciones, sin previo aviso a Aylwin ni a su embajador Carlos Martínez Sotomayor. Fue el equivalente a un bofetón diplomático.

Entonces hice una apuesta electoral con mi recordado y talentoso amigo Manu D’Ornellas. Por señorío, cultura y afecto, mi candidato era Pérez de Cuéllar en segunda vuelta. Manu, mejor conocedor, pronosticaba mayoría absoluta para Fujimori en la primera. Agregó una coletilla tipo caramelo: tras su triunfo abrumador, repondría a tramitación las Convenciones de Lima.

Resultado: Fujimori ganó en primera, pero nunca repuso las convenciones. Gracias a la coletilla, Manu, caballeroso, terminó reconociendo un empate en la apuesta.

Misterioso intermediario

Por lo recordado, Fujimori se me convirtió en un sujeto para entrevistar, en un libro en desarrollo. Pero ya no podía contar con el patrocinio de mis amigos políticos, casi todos hostilizados o perseguidos. Los apristas, en especial, me cobraban cuentas por haber Chile negociado con un dictador. Recurrí a periodistas influyentes, quienes me dieron sus contactos con la burocracia presidencial. Allí me respondieron con amabilidad limeña, pero con cero señales de aceptación.

De improviso surgió una posibilidad, desde el mundo de la cultura. Almorzando en Costa Verde con mi amigo Pedro Gjurinovich, éste me presentó a Renzo Francescutti, arqueólogo, exempleador de Fujimori y secretamente encargado de su imagen. A la hora del café, éste me ofreció una entrevista exclusiva con su exempleado y, días después, me invitó a un almuerzo bilateral.

Nos juntamos en un edificio barranquino con escenografía misteriosa. Evidentemente deshabitado, en sus pisos se veían televisores enormes, equipos de sonido y grandes pantallas. Un comedor improvisado, en una especie de penthouse, era atendido por un mozo de librea. Ahí, desde una cocina invisible, surgió lo mejor de la comida peruana, amenizada con el mejor vino chileno.

Mientras comíamos y bebíamos sin austeridad, fue quedando en claro que la entrevista estaba en suspenso y Francescutti trataba de redefinir sus ventajas y peligros. Obviamente, su exempleado quería obtener un buen publirreportaje y él sabía que yo no era un periodista “mermelero” (sobornable, en la jerga peruana).

Pasaron los días, hice varias otras entrevistas para mi libro y de mi curioso anfitrión nunca más supe.

Su ultima frase

Muchos años después, para la recepción limeña del día nacional de Chile, en la residencia del embajador Fabio Vio, hice contacto visual con el doble expresidente García. Estaba con su excanciller Joselo García Belaunde y me hizo un gesto admonitorio. Algo así como “tenemos que ajustar cuentas”. Fue su invitación a acer- carme y lo hice, adivinando de qué se trataba. La noche anterior, entrevistado en televisión por Chichi Valenzuela, yo había aludido a sus destrezas “maquiavelianas”,

-Usted me ha acusado de maquiavélico. (Me lo dijo con tono grave, pero con la cara llena de risa).

-No, presidente. Dije que Alan García era el mejor intérprete de Maquiavelo en América Latina y usted lo sabe.

Rio satisfecho y aproveché para recordarle que siempre quise hacerle una entrevista, pero que nunca me respondió. Se fingió sorprendido, nadie se lo había dicho. Quiso agendar un encuentro de inmediato y, como otros invitados comenzaban a interrumpir, alcancé a responderle que me iba al día siguiente. Mientras me alejaba entre la muchedumbre, Alan lanzó la última frase absoluta que yo le escuché: Tenemos que conversar, Elizondo.

Me hizo gracia, porque era una salida muy chilena.