Reporteras de la emergencia

Cuando muchos periodistas tuvimos que cubrir la pandemia confinados en nuestras casas, los reporteros y reporteras de URPI de La República se mantuvieron en las calles, donde el virus campeaba. Haciendo transmisiones en vivo, fotografiando, reportando historias de dolor, pero también de esperanza. Aquí, tres de sus integrantes cuentan lo que vivieron en estos días de emergencia sanitaria.

Grace Mora, Jessica Merino y Karla Cruz, tres de las videorreporteras de la Unidad de Respuesta Periodística Inmediata (URPI) que informaron desde las calles las incidencias de la pandemia en tiempo real. Foto: Jorge Cerdán
Grace Mora, Jessica Merino y Karla Cruz, tres de las videorreporteras de la Unidad de Respuesta Periodística Inmediata (URPI) que informaron desde las calles las incidencias de la pandemia en tiempo real. Foto: Jorge Cerdán
Óscar Miranda

El hombre estaba tendido al lado de la entrada del Hospital Angamos. Había muerto unas horas antes, por la madrugada, mientras sus familiares rogaban por una cama UCI. No era el primer cadáver que la videorreportera Karla Cruz veía en su vida –los había visto atropellados, baleados, incinerados–, pero era el primero muerto por COVID 19. A él nadie lo había matado: se había muerto por el virus y por un sistema de salud colapsado por la pandemia. A Karla, que no es fácil de impresionar, todo aquello la conmovió. Pensó en su familia. Y fue consciente, como pocas veces antes, de que una desgracia tan terrible podía pasarle a cualquiera.

Karla es una de las 12 reporteras y reporteros que conforman la Unidad de Respuesta Periodística Inmediata (URPI), el equipo del Grupo La República que durante los más de tres meses de emergencia sanitaria constituyó, en la práctica, los ojos y oídos de esta redacción, cubriendo en la cancha las historias que dejaba el impacto del virus, la crisis de ingresos de las familias, los esfuerzos en la primera línea de batalla.

Creado hace un año con el objetivo de desplegar rápidamente videorreporteros ante la aparición de noticias de último minuto, hasta antes de que se declarara la emergencia la cobertura de URPI se enfocaba, sobre todo, en casos policiales y noticias políticas. Karla dice que, con la propagación del virus, eso cambió.

–A raíz de la pandemia empezaron a llegar denuncias [al Whatsapp de La República] de gente a la que no le hacían las pruebas, que no eran atendidas en los hospitales, no conseguían camas UCI o que no habían recibido el bono.

Los reporteros, entonces, montaban con sus pilotos en las motocicletas y partían a los hospitales y a los distritos del norte, este y sur de la ciudad, donde las repercusiones de la pandemia parecían ser más intensas.

Karla recuerda el día en que llegó a un asentamiento humano en las alturas de Villa María del Triunfo, un puñado de precarias casitas donde la mayoría de familias no tenían noticias del esperado bono y ni siquiera tenían celulares con Internet con los que revisar si eran beneficiarios. Cuando acabó su transmisión, se quedó ayudando a los vecinos a verificar la información. El corazón se le partía cada vez que les decía que no habían sido favorecidos. “Pero, señorita, ¿por qué…?”, era la primera respuesta que recibía.

La buena noticia fue que su informe, transmitido a través del Facebook de La República, provocó que muchas personas se comunicaran con ella para preguntarle cómo podían ayudar. En uno más de esos casos en los que el periodista trasciende su labor informativa y se convierte en un gestor de la solidaridad, Karla reunió un conjunto de donaciones y, por medio de sus contactos en la Policía, se las hizo llegar a las familias.

Otro día, recibió una llamada telefónica de madrugada. Era una mujer con un hijo con síntomas de COVID que llevaba una semana esperando que le fueran a hacer la prueba y sobre la que Karla, días atrás, había publicado una nota. Esta vez, la mujer estaba desesperada: el pequeño tenía 40 grados de fiebre. Por la mañana, Karla se comunicó con algunos funcionarios del Ministerio de Salud y les pidió que, por favor, atendieran este caso. Ese mismo día, un equipo de sanitarios fue a ver al chico.

REPORTEAR PESE AL MIEDO

Grace Mora recuerda que estaba temblando. Los policías de la comisaría de Chorrillos le habían dicho que pronto llegaría una de sus colegas, una suboficial que había contraído el virus laborando en esa dependencia y que ahora quería unirse a la protesta que los efectivos iban a hacer para exigir medidas de seguridad que evitaran el contagio. La reportera les dijo que cómo iba a venir, si estaba enferma. Ellos le dijeron que estaría solo un rato. Y ahora estaba allí, a poco más de un metro de distancia, contando su historia ante la cámara de Grace, que estaba temblando, porque tenía miedo de contagiarse, pero que se quedaba allí y la escuchaba porque sabía que era importante para la policía decir su verdad, reclamar justicia.

Durante los más de cien días que ha durado la emergencia sanitaria, el miedo ha sido un compañero frecuente de Grace y de varios de sus colegas de URPI. Reportear desde los hospitales, recorrer mercados, entrevistar a familiares de pacientes positivos, eran todas circunstancias que los exponían al contagio del virus.

–Me levantaba con toda la valentía y llegaba a casa con miedo– dice, recordando las primeras semanas de emergencia, cuando solo los profesionales de la salud, los policías y militares y los periodistas salían a la calle. –En mi mente siempre me he repetido que mientras me cuide no va a pasar nada, pero es que no era solo yo, era mi mamá, ¿y si le pasaba algo a mi mamá y era mi culpa?

Los videorreporteros adoptaron las medidas de seguridad más extremas: trajes de protección personal, mascarillas dobles, guantes, distancias de más de un metro de los entrevistados y, al llegar a la base, desinfección exhaustiva de todos sus equipos.

Antes, mi preocupación era caerme de la moto o que me robaran los equipos, pero cuando empezó la pandemia, el peligro empezaba al bajarte de la moto, era simplemente estar en un lugar demasiado cerca de alguien.

En ciertas coberturas no siempre se podía guardar la distancia social necesaria. Que se lo digan a Jessica Merino, que ha hecho transmisiones y elaborado informes en zonas como La Parada o el mercado de Caquetá. En La Parada, en esas calles atestadas de ambulantes donde parecía que la cuarentena no existía, era muy difícil reportar en vivo sobre la situación mientras al mismo tiempo tratabas de evitar el contacto cercano y mantener la distancia. En Caquetá, Jessica recuerda que en plena transmisión una mujer le tocó el brazo. Sintió miedo, pero siguió reportando. Días después, se enteraría que uno de cada cinco comerciantes de ese lugar estaba contagiado.

En los hospitales las cosas tampoco eran sencillas. Jessica reportó varias protestas de médicos y enfermeras en las que la necesidad de informar se batía con el temor a contraer el virus. En una de esas protestas, en el Hospital Bravo Chico, en plena conversación, uno de los dirigentes, al que se le había bajado la mascarilla, expulsó una gotita de saliva que fue a parar al brazo de la videorreportera. Jessica cortó lo más diplomáticamente que pudo la conversación y se fue corriendo a buscar alcohol.

Divididos en dos turnos, cubriendo jornadas que empezaban a las seis y media de la mañana y acababan, a veces, cerca de las diez de la noche, los reporteros y reporteras de URPI, junto con los gráficos y algunos pocos periodistas, fueron, durante la cuarentena, los responsables de recoger en la calle las historias que los lectores del Grupo La República necesitaban conocer. Lo hicieron exponiendo su salud. Y lo siguen haciendo.

–Los periodistas hemos sido los ojos de la ciudadanía que se quedó en sus casas– dice Karla Cruz. –Nos arriesgamos a recorrer la ciudad porque es lo que hacemos. Ese es nuestro trabajo.