Las dueñas de la escena

Maritza Espinoza

@larepublica_pe

De izquierda a derecha: Lucero Medina Hu, Moyra Silva, Norma Martínez, Alejandra Vieira, Chaska Mori y
Gabriela Yépez. Fotografía: Melissa Merino
De izquierda a derecha: Lucero Medina Hu, Moyra Silva, Norma Martínez, Alejandra Vieira, Chaska Mori y Gabriela Yépez. Fotografía: Melissa Merino

El teatro es un mundo donde se entrecruzan muchos roles, pero el rol patriarcal por excelencia –como en tantos otros ámbitos– fue siempre el de director. Podía haber actores y actrices, maquilladores y maquilladoras, vestuaristas hombres o mujeres, pero a la hora de mirar en el programa de mano quién llevaba la batuta, siempre aparecía el nombre de un varón. Ahora parece que eso está cambiando...

A pesar de la paridad creciente en el mundillo teatral, el cargo de mayor poder, el de director, ha estado siempre en manos masculinas, al punto de que, por ejemplo, en el último Theatertreffen (principal festival de teatro alemán) se dio una norma para que la presencia de directores y directoras se equiparara al menos en un 50-50.

Por eso, el hecho de que en el Festival de Artes Escénicas de Lima, que toma lugar en estos días, hayan sido convocadas ocho directoras de un total de once es un acontecimiento extraordinario, sobre todo porque se ha dado sin que los organizadores se lo propongan.

Conversamos con seis de las ocho convocadas para conocer sus propuestas escénicas y, de paso, sus opiniones sobre esta circunstancia singular. Todas han crecido en un ambiente en el que han debido abrirse paso para demostrar que, contra la creencia general, una mujer puede ser tan buena dirigiendo teatro como un hombre.

“Cuando estrené mi obra, venía gente de prensa a entrevistarme como dramaturga y luego me preguntaba dónde estaba el director – recuerda Alejandra Vieira, directora de Ese lugar no existe–. Vivimos en un mundo que ha estado gobernado por voces masculinas, aun en las artes escénicas, que se siente como un mundo más libre”.

Alejandra llegó a la dirección por la dramaturgia (otro coto cerrado de los hombres hasta hace no mucho). “Estudiando artes escénicas, descubrí que había otra forma de escribir, no solo en el texto, sino en el espacio y el tiempo, también con los cuerpos, y esa es la dirección”, cuenta.

Su obra en la FAE aborda la prostitución enmarcada en el contexto de la minería ilegal. “El tema llegó a mí. Estaba viendo noticias y vi una sobre dos cuerpos, presuntos mineros ilegales, que habían encontrado en una fosa común en la selva. Además, estoy haciendo una maestría en estudios culturales, y me había enamorado de la cosmovisión amazónica. Así confluyeron las cosas y empecé a escribir”, detalla.

Quién ha puesto un trozo de su experiencia en las tablas es Chaska Mori, quien dirige El apellido comienza conmigo, dos historias personales que se entrelazan. La primera, su vivencia cuando, volviendo de una larga estadía en el extranjero, compró un terreno para hacer una casa de playa en Lurín que, luego, fue invadida por unos traficantes de tierras, lo que le provocó una sensación de desamparo absoluto, de indefensión y vulnerabilidad.

La segunda historia, que da nombre a la obra, es sobre una rama familiar paterna que ella no conocía. “Es mi abuelo, el padre de mi padre, que no lleva el apellido Mori, y es una historia que en el Perú y América Latina es muy común: la de los padres ausentes, los abandonos, y en ese sentido se liga con la otra historia”.

Las historias silenciadas

Lucero Medina Hu, de ancestros chinos y andinos, presenta Qarguyoc (mayordomo de fiesta, en quechua), obra en la que la hija de un desplazado por la violencia política, Alba, vuelve al pueblo de su padre para cumplir con la celebración de una fiesta patronal en la que él fue el último qarguyoq antes de migrar a la capital. “No conozco mucho de mi historia paterna. No es tan fácil conocer la historia porque justamente en las líneas migrantes hay muchas historias de silencio que se tejen a partir de los desplazamientos forzados, porque muchos de los desplazados vinieron a Lima para empezar una nueva vida y las generaciones posteriores, los hijos, no conocían mucho de lo que habían pasado los padres”. Curiosamente, en la FAE de este año, a pesar de la abrumadora mayoría de mujeres directoras, están ausentes los temas considerados “femeninos”. Al respeto, Lucero señala: “Más bien estamos viendo que, en estas generaciones, es muy necesario vincularnos a otros discursos, porque son parte de nuestra mirada femenina”.

Nos estamos apoderando del mundo

Para Norma Martínez, la destacada actriz y directora teatral que participa en la FAE con una adaptación libre de la célebre Orlando, de Virginia Woolf, este boom de directoras es un movimiento que se ha venido “cocinando”. “Creo que es reflejo de que nos estamos apoderando del mundo [risas] y de lo que está ocurriendo a todo nivel: que ya no necesitamos pedir permiso a nadie para hacer lo que queremos y lo que queremos tiene sintonía en la gente. Creo que el arte no tiene sexo. Solo hay buen o mal teatro”.

El Orlando que dirige Norma es la única que no es, a la vez, dramaturgia local. “Pero la dramaturgia del espectáculo sí es absolutamente nacional, la hacemos peruanos y hemos construido una dramaturgia visual y estética creada por nosotros”, explica.

Uno de los discursos de la obra tiene que ver con la fluidez de las identidades de género (el personaje, que atraviesa varios períodos, nace hombre y un día amanece convertido en mujer) y Norma señala que por eso le interesó. “Por eso hago que hombres hagan personajes femeninos y también masculinos, y las actrices hacen ambos porque nosotros somos mucho más que el género”.

Nuestros monstruos

Sin duda, la más provocadora de las obras dirigidas por mujeres en la FAE es La terapeuta, de Gabriela Yépez: una abogada experta en derechos humanos y que practica yoga en sus ratos libres recibe la propuesta de dictar un taller a los líderes terroristas presos en la Base Naval del Callao: Abimael Guzmán, Víctor Polay, Peter Cárdenas Schultz, Miguel Rincón Rincón y Óscar Ramírez Durand.

Algo que le sorprendió en el proceso de investigación de la obra –que empezó por una leyenda urbana de que alguna vez había entrado una mujer a la Base Naval a dictar clases de Yoga– fue que varios de los excabecillas terroristas han escrito sus memorias (el de Cárdenas Schultz se llama La Base) y cada uno tiene una mirada de lo que pasó y de su responsabilidad que varía según cada uno”.

A pesar de que uno de los grandes tabúes en el debate político es “humanizar” o “desdemonizar” a estos personajes, Gabriela señala que hay que sacar esta mirada binaria, dicotómica, simple de las cosas. “Más bien el escenario te pide multiplicidad de voces, de recuerdos, sin eximir responsabilidades”, agrega.

Así como la mirada a nuestros monstruos se da a partir del tiempo transcurrido, Gabriela piensa que la abundancia de mujeres directoras en esta FAE tiene que ver con que “el tiempo nos cambió a todos”. Por su parte, Moyra Silva piensa que lo que ocurre con el festival decanta algo que no se ha estado visibilizando, que es el gran porcentaje de mujeres que hacen teatro. “Yo siento que hay algo muy masculino en eso de ‘yo, el director’, ‘yo, el dramaturgo’. Es algo que se estaba cociendo y que, de pronto, ya tenía que salir. Ya no somos las asistentas, ahora somos las directoras”.

Moyra presenta Nave, en la FAE, una propuesta de teatro inmersivo, donde el público es parte de la obra en su interacción. “Son ensayos muy raros. Y han sido muy raros porque no he tenido nunca la verdad de lo que podría pasar hasta que he tenido la sala llena”, cuenta Mayra y detalla que el eje parte de una pregunta hacia su abuela materna a la que llama Oma (abuelita en alemán) y que comparten todos los que tienen un vínculo fuerte con alguien de la tercera edad: ¿qué va a pasar cuando te vayas? “Hice un proceso en el que llegué a la conclusión de que el vínculo con mi abuela era de bisagra para entenderme como parte de un lugar. Yo nunca me he sentido parte de la ciudad en la que nací. Entonces me empecé a preguntar qué iba a quedar de ella en mí cuando él se vaya. Y de otro lado me preguntaba qué pasa si un día me voy de Lima, qué me voy a llevar. Preguntas de pertenencia”.