Roxana Quispe Collantes: Tesis imperial

20 Oct 2019 | 11:44 h
Por si fuera poco, Roxana estudia la maestría de Lingüística en la PUCP. Fotografía: Michael Ramón.

El quechua ha sido reivindicado: la cusqueña Roxana Quispe Collantes se convirtió en la primera académica en sustentar, en el país, una tesis doctoral en la lengua milenaria de los incas.

Una mujer ha elevado tres hojas de coca frente a doscientas personas.

Se los ha llevado a la frente, ha cerrado los ojos, ha invocado a sus apus (Salcantay, Ausangate, Pachacámac, San Cristóbal y Sacsayhuamán), ha lanzado pequeños soplidos en todas las direcciones, y ha derramado chicha de jora sobre una cama de flores, pedazos de chonta, y granos de maíz.

Luego, ha envuelto todo en un telar, colocándolo encima de un libro empastado. El respetable, en estricto silencio, solo ha atinado a arrugar la frente y parar las orejas mientras ella, larga y delgada como una espiga, no ha parado de hablar en quechua.

La soleada mañana del martes 15 de octubre de 2019 ha quedado grabada en piedra: la inusual ofrenda a la tierra de aquella mujer, en el auditorio de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, solo ha sido la antesala de un hecho histórico: el ingreso del quechua a los espacios académicos. Una reivindicación simbólica para una lengua oprimida y desplazada que aletea cada vez que la creen extinta.

Después de siete años hostiles, soportando a Lima y a sus complejos; luego de visitar en más de diez ocasiones a las comunidades de la provincia de Canas al sur del Cusco, siguiendo las huellas del poeta Andrés Alencastre Gutiérrez; después de ahorrar, quemándose las pestañas como profesora y traductora; Roxana Quispe Collantes alcanzó, mediante una exposición de dos horas, el grado de doctora en literatura peruana y latinoamericana, con el puntaje máximo: veinte sobre veinte; convirtiéndose así en la primera peruana en sustentar una tesis en quechua, en el país.

Hace un par de años, en abril del 2017, la antropóloga cusqueña Carmen Escalante había trazado la ruta en España, obteniendo el doctorado con una tesis sobre las rebeliones de Túpac Amaru, los hermanos Angulo y Mateo Pumacahua en el siglo XVIII.

Lo hecho por Roxana Quispe Collantes, sin embargo, se ha tratado de un rescate literario: analizar la poética de Alencastre, un autor que a pesar de haber escrito cuatro poemarios —entre ellos, Taki parwa (1952), muy celebrado por el Tayta José María Arguedas— no se lee en los colegios ni en la universidades. Un ilustre desconocido que firmaba su obra como Kilku Warak’aq. Un hacendado que se sentía indio.

Roxana no quedó eximida de esa ausencia. Lo descubrió ya grande, hace siete años, en uno de sus tantos regresos al Cusco, en la biblioteca de la Universidad San Antonio de Abad tras pedir libros de poesía en quechua. No hallaron ninguno. Le dijeron, entonces, que volviera en unos días sin mayores certezas. Al cabo de tres días, el único hallazgo era un libro empastado de color verde sin título y sin traducción al castellano. Era Yawar para (lluvia de sangre), el tercer poemario de Alencastre, publicado en 1972.

Cuando su asesor de tesis, el trujillano Gonzalo Espino, le recomendó que escogiera a Taki parwa como su objeto de estudio (una obra comparada con el drama anónimo Ollantay), Roxana Quispe Collantes se mantuvo firme a una idea: ser fiel al libro que la buscó.

No hubo más que discutir.

“Hace noventa años, Mariátegui afirmaba que llegaría el momento en que los propios quechuas escribirían en su lengua. Que en su época los propios indigenistas escribían por los que no sabían. Eso se ha cumplido el día de hoy, y a una escala mayor”.

El antropólogo ayacuchano Rodrigo Montoya, profesor emérito de San Marcos, ha tomado la palabra minutos después de que el jurado invistiera a Roxana, colgándole una medalla dorada.

En la cuarta fila de asientos, una pareja de señores solo espera que concluyan los discursos, las fotos y las entrevistas para entregarle un ramo de rosas y apapacharla.

Son sus padres, el policía Manuel Quispe y la profesora Albarada Collantes, quienes han venido desde el Cusco junto a su hermano, y un puñado de tíos, primos y sobrinos. Aquellos que le enseñaron a cultivar maíz, cebolla, habas, oca, y tarwi. Roxana ha venido con todo su ayllu, dicen por ahí. Todo terminará en un abrazo caliente y húmedo.

Afuera del salón, María del Carmen Bonilla y Margarita Osterling, sus amigas y excompañeras de trabajo en el programa de educación intercultural bilingüe en la Universidad Cayetano Heredia, expresan sus emociones.

“Tantos quechuahablantes que no pueden ir al médico ni acceder a la justicia o a la educación por no saber castellano. Que ahora nos ha tocado a nosotros sentarnos a escuchar tres horas una exposición en quechua. Ha sido un acto político”, dice Osterling.

Entre el 2014 y el 2016, Roxana se dedicó a enseñarle castellano a estudiantes quechuas, shipibos y aimaras de Beca 18. Una labor donde demostró empatía (con ellos) y rebeldía (con las autoridades).

El quechua no se piensa con la razón sino con el corazón. Y en un entorno como Lima donde prima el castellano y una forma de pensar eurocéntrica ella los entendió más que nadie”, agrega Bonilla.

Luz a mi lengua

Yawar para llaki phuyu llapa runa ñak’ ariciq. caymi kanki sasa kawsay wiñaypas mana p’ucukap

Lluvia de sangre nube de pena tortura de la humanidad. Esa eres, vida difícil en todos los días sin fin.

Roxana traduce unos cuantos versos de Yawar para, y uno siente la rabia inevitable de estar perdiéndose de algo. De mucho para ser honestos. He ahí, el valor de su investigación: dejarnos un nudo por no saber quechua y no haber hecho nada al respecto.

Han pasado tres días de su sustentación, y la cusqueña nacida en la provincia de Acomayo (río de arena) aún no asimila la notoriedad ni las persecusiones de la prensa. Hay en su tono de voz, dulzura y timidez.

Siento que por fin le he dado luz a mi lengua. El camino ha sido duro, pero el quechua ha entrado a los espacios académicos”.

Una lucha que llevó sus pasos por Layo, Langui, y kunturkanki, distritos de Canas donde transitó la vida de Alencastre. Vida y obra son, qué duda cabe, lana de la misma hebra.

Cada uno de esos viajes los hizo en compañía de alguno de sus padres. No fue nada sencillo ganarse la confianza de los comuneros. Nadie le daba razón. El que menos desconfiaba. Pero fue gracias al quechua que descubrió la última casa de Alencastre Gutiérrez, asesinado con crueldad en 1984.

Ese mismo quechua que le legó un acento por el que le han preguntado innumerables veces: ¿de qué parte de la sierra eres?, hiriéndola al punto de que tratara de hablar lo menos posible. Ese quechua que se escuchó tan fuerte el último martes.

Días antes de la sustentación, cuando ya varios medios habían rebotado la noticia, Roxana prometió no entrar a las redes por un tiempo. “Me puse a llorar de la emoción. Si seguía ese llanto no iba a parar”.

Por ahora, mientras recobra sus horas de desvelo, Roxana continúa con sus estudios de maestría de Lingüística de la Universidad Católica. La educación, la gran revolución. Como dice la dedicatoria de su tesis: para todos quienes tienen una lengua. Para todos los que buscan poesía en todas las lenguas del mundo.

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