Lecciones del fútbol

En estos días salió a flote lo peor de la xenofobia local (como si ya no fuera suficiente con la que sufren los migrantes venezolanos cada día).

Maritza Espinoza
7 07 2019 | 09:49h

Desde el miércoles pasado, el santoral peruano sumó algunos nuevos miembros. Para ser exactos, los veintitrés integrantes de la selección de fútbol más el Mesías, el maestro, el capo di tutti capi, Ricardo Gareca. En su honor, se encendieron velitas misioneras, se pronunciaron fervorosas oraciones y se desgastaron las bocinas de los automóviles, como para demostrar que, aún en medio de tanto alarde de peruanidad, seguíamos siendo los mismos salvajes de siempre, capaces de destrozar el oído del prójimo sin pestañear un instante.

Porque, ojo, apenas unos días antes de la explosión de alabanzas que siguió a la victoria contra Chile, los mismos adorados héroes de hoy habían sido objeto de los peores epítetos, tras la derrota cinco a cero contra Brasil en la fase de grupos. Y Pedro Gallese, aquel arquero al que hoy falta poco para que le levantes un monumento, fue declarado casi un traidor a la patria y le publicaron los memes más ofensivos que puedan imaginarse (y que, claro, ahora han sido discretamente borrados de las redes sociales).

Porque así somos, pues. Incoherentes e ingratos. Entre nosotros, pasar de apestado a Dios (y viceversa) en un par de días es cosa normal. Por eso, esta Copa América, que se acaba hoy, justamente enfrentando a Brasil, nos deja varias lecciones. Y las dejo aquí, en modo autoayuda, a ver si así, para la próxima, aprendemos a mostrar dignidad en las derrotas y grandeza en las victorias. Y un poquito de civismo.

Uno: tu equipo es tu equipo

Sea tu equipo de trabajo, tu collera de barrio o tu selección, les debes lealtad (salvo, claro, que se trate del team de los Hermanitos de los Cuellos Blancos del puerto o alguna mafia parecida). Pueden cagarla en grande, pero son seres humanos. No puedes ofenderlos cuando caen y llenarlos de abrazos y besos cuando están en la cúspide. Eso se llama oportunismo y es repudiable.

Dos: tu rival no es tu enemigo

Sea ese jugador chileno que te cae chinche o tu compañero de chamba que agarra todos los ascensos, tienes que entender que los demás seres humanos merecen respeto. En estos días salió a flote lo peor de la xenofobia local (como si ya no fuera suficiente con la que sufren los migrantes venezolanos cada día) y nos lanzamos a ofender al adversario como si en ello se nos fuera la vida. ¿Lo disfrutaste? Entonces no se trataba de fútbol, sino de tus complejos más profundos. Anda al psicólogo.

Tres: aprende a enfocar tu rabia

En lugar de gastar teclado insultando a los chilenos o a los jugadores peruanos cuando pierden, aprende a canalizar tu indignación contra quienes sí se la merecen: la manga de presidentes y funcionarios corruptos que se birlaron tu dinero (el que pagas con tus impuestos) sobrepreciando obras a cambios de jugosas coimas de las compañías constructoras. No lo olvides: el enemigo es la corrupción. El fútbol es solo un juego.

Cuatro: no pierdas de vista la coyuntura

Si no hubiera sido por una movida providencial de IDL Reporteros, que sacó los audios que revelaban los estrechos vínculos de algunos jueces supremos con la red de los Cuellos Blancos, la justicia hubiera sufrido un duro golpe mientras tú te hallabas embobado con los resultados del partido y, a estas horas, la Señora K estaría libre por obra y gracias de los hermanitos de siempre, más o menos como cuando indultaron a Alberto Fujimori en plena Nochebuena. Nunca cierres los ojos.

Y cinco: tú no has metido ningún gol

Cuando te llenes la boca diciendo “les ganamos a los chilenos”, o a los bolivianos, o a los paraguayos, recuerda que ninguno de esos goles es tuyo, sino de los futbolistas que se fajaron en la cancha mientras tú te empanzabas de cerveza con tus amigotes. Solo reivindica los logros que son tuyos, comenzando por el mayor de todos: ser un buen ciudadano del que su país no tenga que avergonzarse nunca y que, por lo menos, sepa que las franjas blanquirrojas de su bandera son verticales y no horizontales.

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