"Un escritor siempre tiene que meterse en camisa de once varas"

Maritza Espinoza
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Alonso Cueto

El escritor Alonso Cueto habla sobre su última novela La Perricholi, reina de Lima y  sobre el Premio de narrativa Juan Goytisolo de Alcobendas que ganó por su libro Palabras de otro lado.

Mario Vargas Llosa ha dicho de él que “todo lo que hace, lo hace bien, con talento”. Y es que Alonso Cueto, uno de nuestros escritores más prolíficos, pero también más galardonados, es de aquellos para quienes escribir es como respirar. “No hay otra manera de ser escritor que pensar todo el día en tus historias”, nos dice en esta entrevista, que se realizó el martes pasado, el mismo día en que cumplía sesenta y cinco años. Y había mucho más que celebrar: hacía unas semanas había ganado el premio Premio de narrativa Juan Goytisolo de Alcobendas, por su novela Palabras de otro lado, y acababa de publicar La Perricholi, reina de Lima, novela que muchos comparan, en trascendencia y mérito literario, con La hora azul, ganadora del Premio Herralde 2005.

Entiendo que La Perricholi te fascinó desde niño, pero ¿cuándo comienza la fascinación literaria?  

Coincidieron dos motivaciones, dos impulsos. Uno, que los personajes femeninos me han ido interesando cada vez más. Me parece que el universo femenino es un universo extraordinario, fascinante para un escritor, sobre todo para un escritor hombre…

¿Qué tan difícil ha sido meterte en la piel de una mujer?

Ha sido muy difícil, pero es un tema que ya venía intentando desde El susurro de la mujer ballena. Y es muy difícil, pero creo que un escritor siempre tiene que meterse en camisa de once varas. Para que la lectura sea más interesante, tiene que escribir de cosas ajenas a uno.

Has dicho de La Perricholi: “nunca he querido entenderla ni interpretarla ni retratarla, sino seguirla y tratar de respirar con ella”. ¿Cómo es ese proceso?

Un personaje como la Perricholi es una mezcla de contrastes, de contradicciones. Era una mujer extraordinariamente extrovertida, pero, al mismo tiempo, tenía una vida interior muy compleja y una serie de secretos, sobre todo en relación con su padre, muy fuertes. Era una mujer mundana, pero también religiosa. Una actriz, pero también una empresaria. Una mujer que tuvo muchas relaciones con hombres, pero cuando se casó con uno se mantuvo fiel. Esas contradicciones hacen que sea un personaje fascinante. Y junto con ese impulso, me interesó también el hecho de hacer una novela histórica. Frente a lo compleja, extraordinaria, rica e interesante que es la historia del Perú, los novelistas no hemos escrito tantas novelas históricas que estén a la altura de esa historia.

De hecho, en tu novela se huele la Lima del virreynato...   

Hay que meterse en cómo se veía, cómo olía, cómo se respiraba en las calles de esa época. Lima siempre fue una ciudad de contrastes. Una ciudad de mucha desigualdad social, económica, de ostentación y humildad… Era una ciudad intensa, vibrante, colorida y, al mismo tiempo, muy rica. Lima llegó a ser un gran centro político en América Latina y ser virrey de Lima era un puesto muy codiciado.  

Un crítico ha dicho que tú, para trazar al personaje, te has transfigurado en ella. Eso me hace recordar a esa frase de Flaubert: “Madame Bovary soy yo”. ¿Tú dirías, tras este libro, “La Perricholi soy yo”?

En los personajes que me interesan, siempre trato de transfigurarme, de meterme en su mundo, en su piel, de mirar por sus ojos, de entender, seguir, registrar lo que piensan, lo que sienten. Yo diría “la Perricholi soy yo”, pero también me interesó el virrey Amat, que era un hombre con la edad que más o menos tengo ahora. Hoy es mi cumpleaños…

¡Felicitaciones! Y gracias por la deferencia…

No, qué ocurrencia. Así que me sentía también muy cerca del virrey Amat. Me sentí también muy cerca del hijo de la Perricholi. Para algunos de los temas de la Perricholi, pensé en mi madre, que murió hace dos años, era una persona muy distinta a la Perricholi, pero era parecida en el sentido de que era una mujer muy activa, muy emprendedora y de un carácter muy fuerte. Me identifiqué también con el hijo de la Perricholi. Así que mis personajes son yo -es una manera de decirlo- y yo siento que hubiera podido ser uno de ellos, y que lo sigo siendo hasta que el libro emprende una vida propia y me meto en otro personaje.  

Tú rescatas a dos mujeres de la colonia que están totalmente en las antípodas: la Perricholi y Santa Rosa de Lima.

Claro. Cada una representa un siglo: el siglo religioso, que es el XVII, y el siglo mundano, que es el XVIII.

¿Cuál de ellas estaría vigente hoy?

Las dos están vigentes. Y, en general, en la vida peruana, las mujeres han tenido un protagonismo muy importante. Entonces, siento que Santa Rosa también… Escribí una novela que cuenta la anécdota de cómo ella se para en la Iglesia de Santo Domingo y anuncia que los infieles piratas no van a entrar a Lima, porque tú sabes que los piratas de (Joris van) Spilbergen, en el siglo XVII, derrotan a la flota del rey y Lima se queda totalmente a merced de ellos.

De hecho, se dice que Santa Rosa salva Lima, ¿no?

Sí. Ella dice: “estos infieles no van a entrar acá”, porque, como eran holandeses, no eran católicos. Y el hecho es que no entraron, quizá porque la distancia entre el Callao y Lima era muy grande, o quizá porque uno de ellos se enfermó, pero también quizá porque Santa Rosa no quiso. [Risas] ¡Y ahí tienes el poder de las mujeres!

Se ha dicho, desde Palma, que la historia del virrey Amat y la Perricholi era una historia de amor, pero en tu libro no se respira precisamente eso...

Yo no sé si la Perricholi lo amó. Creo que ella tampoco lo sabía. Lo que me parece es que el virrey se enamoró de ella, pero esta es una intuición. Lo que sí sé es que fueron muy importantes el uno para el otro. En fin, nunca podremos saberlo realmente, porque posiblemente ni ellos no lo sabían.

En esencia, ¿ella era una mujer libre, rebelde para su época?

Sí. Una mujer que, en el mundo de las costumbres, de la vida diaria, acompaña el proceso político y militar de la independencia, porque ella subvierte un orden, un orden de costumbres, un orden de hábitos, que es el orden de las jerarquías nobiliarias y las jerarquías monárquicas. El padre de ella, Joseph Villegas, es un bastardo…

La bastardía era un oprobio entonces.

Tremendo. La madre sí era noble, pero para los nobles ella era una afrenta. Todo esto ocurre mientras se van tejiendo algunas rebeliones, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, y en el mundo de las costumbres, ella acompaña ese proceso, esa subversión. No es una subversión con armas, pero es una subversión con palabras, gestos y actos.

¿Qué es lo que más te ha sorprendido de las cosas que has descubierto sobre ella?

El nivel de poder que ella tiene sobre el virrey. Dos historias: una es que, en un momento determinado, ellos están Palacio de Gobierno, y ella tiene sed. No había agua en el Palacio, pero ella le pide al virrey que salga a la pileta de la plaza y le traiga agua. El virrey se niega, pero después un mendigo ve a un hombre en camisón, que es el virrey del Perú, sacando agua para llevársela.

¡Qué poder!

Otra anécdota es que ellos viajaban a Miraflores, donde tenían un refugio, que era pues como irse a Miami en esa época (risas). Cuando vuelven, las mulas que los llevaban estaban muy cansadas y ella se preocupa mucho porque estén bien, de que tengan agua. Entonces, obliga al virrey a ir a verlas. Entonces, el virrey le dice: “En el Perú mando yo, pero en el virrey mandas tú”. O sea, Micaela mandaba en el virrey, aunque el virrey mandaba en el virreinato que era un tremendo virreinato, iba desde Colombia hasta el sur de Chile.

Hay una descripción que haces tú de uno de los pretendientes de Miquita Villegas. “Era demasiado bueno, noble e inteligente para despertar amor. ¿No es un cliché que los hombres buenos, nobles y fieles no tienen éxito con las mujeres?

Creo que con algunas mujeres sí, pero con ella no, porque buscaba siempre la aventura, lo desconocido, lo ignoto, la revelación. En general, te podría decir que, para personas como ella, lo conocido, lo fácil, lo convencional no era un estímulo. A ella le estimulaba una persona con cierto misterio. Entonces, se enamora de aventureros, como Martín de Armendáriz; de personas que vienen de muy lejos, como el virrey Amat, como Fermín de Echarri, con el que termina casándose. De Echarri viene al Perú y deja todo porque, para él, Micaela es su país, su patria, la mujer de sus sueños.  

Tremenda visión del amor, dejarlo todo por una mujer.

El amor al final es un misterio que siempre fascinó a los escritores, porque es algo incomprensible. La ciencia ha resuelto muchos de los misterios de la naturaleza, pero hay unos cuantos que quedan todavía en duda: por qué se enamora la gente, por qué se desenamora la gente, por qué hay lazos de amistad, por qué se pierden los amigos, quiénes somos realmente a lo largo del tiempo… Esas son las razones por las que escribimos cuentos o novelas, porque, cuando no entendemos algo, escribimos una historia.

¿Qué es lo más grande que ha dejado Alonso Cueto por amor?

El amor ha sido algo muy importante en mi vida. Yo tengo una inmensa gratitud, en forma de un amor profundo, hacia mi esposa, que dejó mucho por mí. Cuando vine aquí, después de vivir en Estados Unidos, en el año 84, mi esposa, que es norteamericana, de Texas, lo dejó todo. Vino a un país en guerra, con un futuro incierto. Luego de eso subió Alan García, empezó la hiperinflación y, por amor, estuvo aquí conmigo en todo momento. Esa es una deuda que yo jamás podré pagarle. La única manera que tengo de pagarle es con el amor que siento por ella, que es un amor permanente, eterno, infinito. 

Hablando de una de tus novelas, dices que lo importante de estas tramas es saber quiénes son los personajes, por quién darían la vida, por qué llegarían al límite. Te traslado la pregunta: ¿por qué darías la vida?

Esa es una pregunta extrema, pero válida. Yo tengo dos sueños. Uno tiene que ver con mi decisión de vivir en el Perú. He estudiado en el extranjero, tuve ofertas de vivir afuera, pero siempre pensé en vivir aquí.

De hecho, creciste entre Francia y Estados Unidos.

Sí, crecí en Francia y después estudié en Estados Unidos y en España, y tuve un título universitario y, luego, un doctorado. Lo que quisiera, como un sueño, es ver a un país que tenga un proyecto de una sociedad nacional, de una sociedad en común, cuyo proyecto no sea el partido político o la ambición personal… Y este es un tema que está detrás de muchas de las cosas que escribo: las diferencias y las brechas que nos han separado siempre por ser una sociedad multirracial, multiétnica y multilingüística. El otro tema es mi familia.

Pero hablamos de dar la vida…

En cierto modo, al vivir aquí, he decidido comprometer mi vida con la del Perú. Esa es una forma de dar la vida. Y me interesa, porque mis padres, a quienes les debo muchísimo, me enseñaron a amar el Perú. Nosotros vivíamos en Estados Unidos y yo tenía seis o siete años, iba camino a convertirme en un norteamericano más, y ellos decidieron venir aquí para que nosotros fuéramos peruanos, y yo agradezco esa decisión.

¿A pesar de cosas como las que estamos viviendo?

Claro, porque es un país que te enseña lo mejor y lo peor de la especie humana. Y no solamente eso, sino también todas las lenguas, todas las culturas y todas las etnias. Cuando uno vive en el Perú, puede ir a un país del tercer mundo y uno de primer mundo, y en los dos sentirse bien, porque acá coexisten todos los mundos. Es una lección de la diversidad. Y es frustrante, es terrible, pero al mismo tiempo es un aprendizaje muy rico el que uno tiene cuando vive aquí.  

Tenemos a todos, absolutamente todos los presidentes de la democracia procesados por corrupción. ¿Eso te ha tentado, en algún momento, como argumento o escenario de alguna novela?

Sí. Yo escribí una novela, “Grandes Miradas”, sobre la época de Fujimori y Montesinos, y en “Demonio del mediodía” también hay algunas alusiones a eso. Pero lo que estamos viviendo ahora es el fin de una generación política. La economía, hace tiempo que mejoró; la integración cultural más o menos ha ido mejorando. Pero lo que no ha mejorado era la política. Creo que ahora, con todo lo que ha pasado, estamos en el final de una generación de políticos que han vivido y convivido en una cultura de la corrupción. Creo que estamos en un punto de quiebre muy importante.

Y algunos de estos personajes, con sus claroscuros, ¿te gustaría como personaje de una novela?

No, ninguno me interesa realmente. Digamos, después de “Grandes miradas” y “Demonio del mediodía”, creo que me interesan más los temas de la novela histórica.

¿Y qué te ronda como novela histórica?

Quisiera hacer una novela sobre la guerra con Chile más adelante, pero lo que estoy escribiendo ahora, que es la novela que ha ganado el premio de Juan Goytosolo, es la historia de una chica de treinta años, una chica del Cuzco, cuya madre le dice que el padre con el que había vivido no es su verdadero padre, que su padre es un español y entonces ella va a buscarlo…

De hecho, es una novela sobre la búsqueda de identidad.

La búsqueda de identidad y la búsqueda del padre como la búsqueda de identidad y como la búsqueda del pasado. El tema del pasado es un tema que, de una u otra manera, ha aparecido en mi vida. ¿Tú sabes que, en el mundo quechua, el pasado es lo que está delante de ti y el futuro está detrás? Porque el pasado es lo que tú conoces. El recuerdo tú lo puedes ver. Lo tienes delante de ti. Mientras el futuro no lo conoces. Entonces está detrás. Ese es un tema que siempre me ha llamado la atención. Por eso, mi primer libro de cuentos se llamó “La batalla del pasado”.

Los críticos han dicho que “La hora azul” y “La Perricholi” son tus novelas hito. ¿Lo sientes así?

Uno quiere a todos sus hijos (risas), incluso a los más feos y deformes. Pero al hijo que más quieres es al que va a venir, al que más tiempo le dedicas. Los demás ya no te pertenecen…

¿Tu tiempo está dedicado a la novela ganadora del Goytisolo?

Sí, la tengo que corregir hasta junio y luego mandarla. Después, mi otro proyecto es sobre un cantante de valses. Siempre he sido un gran aficionado de la música criolla. En una época vivía en las peñas y, para el próximo año, tengo ya escrita una novela sobre un cantante viudo que vive en las peñas en las noches…

¡Tienes unos bandazos temáticos!

En el fondo, lo más importante siempre es cómo el pasado afecta nuestras vidas. Cómo, para ser feliz, uno tiene que tener una buena relación con el pasado.  

Tú hablas de felicidad y, sin embargo, hay este cliché del escritor descargando sus demonios. ¿Tú no eres un escritor de demonios?

Por supuesto, sí. Yo tengo claro que si mi padre no hubiera muerto cuando yo tenía 14 años, yo no habría sido escritor. Yo vivía una vida muy feliz, muy cómoda, con padres magníficos y con hermanos igualmente estupendos, pero ese mundo se rompió totalmente y mi madre nunca terminó de llorar a mi padre a lo largo de su vida.

¿Y qué hubieras sido si no hubiera muerto tu padre?

Una persona más… normal, creo. [Risas] Pero sí siento una permanente necesidad de volver al paraíso de mi infancia a través de los libros. A un mundo armónico, ordenado, coherente, que es el mundo en el que crecí… Por ejemplo, en esta historia que te cuento -“Palabras del otro lado”-, el tema del padre siempre aparece. La Perricholi también te has dado cuenta que empieza con su padre.

Eres prolífico. ¿Tu proceso creativo es el de obrero, como el de Vargas Llosa?

Yo me levanto siempre temprano y no se me ocurre nada más que hacer que escribir. No tengo ninguna otra idea en la cabeza.

Pero, ¿te empujas a hacerlo o es algo natural?

No, es totalmente natural. La mejor respuesta que he escuchado es la de Borges. Le preguntan por qué escribe y él dice: “escribo para evitar el arrepentimiento que sentiría si no escribiera”. O sea que, al final, uno escribe por impulso y, si no escribe, se siente arrepentido, frustrado. ¿Por qué? No lo sé. Y no solamente es escribir, sino es pensar todo el día en tus personajes, en tus situaciones. No hay otra manera de ser escritor que pensar todo el día en tus historias.

Sacas un libro que, para muchos, es un hito en tu literatura, ganas un premio importante, como es el Goytisolo… ¿En qué momento de tu literatura piensas que estás?

Nunca pienso en qué momento estoy. Siempre pienso que tengo que seguir escribiendo. Creo que, entre ser escritor y escribir, prefiero escribir. No me veo como “escritor”, sino como alguien que escribe. Nunca me veo desde fuera, sino siempre desde la intimidad, de la soledad del trabajo de escritor. Los tesoros de un escritor son la soledad, la intimidad, el silencio y los secretos productivos que uno tiene. Todo lo demás es interesante, importante, estimulante, para después ser aprovechado en ese recinto oscuro y solitario de la creación.

¿Y no hay lugar para la vanidad?

Bueno, la vanidad productiva es la que hace uno escriba… Porque, mira, nadie te pide que escribas. Te piden dar una clase, una conferencia… A lo mejor te piden escribir un artículo. Pero, ¿quién te pide escribir un libro? Entonces, hay algo de vanidoso en el hecho de que tú creas que tus secretos, tus traumas, tu pasado, tu experiencia, puedan interesar a otros. Sí, hay algo de vanidoso ahí, pero esa es la vanidad productiva de un escritor. Pero, al mismo tiempo, hay una generosidad en eso…

¿Por qué?

Porque también creo que un escritor, por definición, es alguien que confía en la comunicación, en el lenguaje… Y cuando confías en el lenguaje, cuando confías en la comunicación, es porque confías en los otros, porque es un riesgo, un acto de valentía, un acto de audacia, escribir… También es un acto de confianza en el mundo, en los lectores, en los otros, y en la idea de que puede haber una comunicación profunda entre nosotros, la que uno establece con lo esencial de la vida de cada uno …

De hecho, eso hace que a veces el lector crea conocer al escritor a un nivel muy íntimo.

Por supuesto. ¡Y quererlo! Y ver si se parece o no se parece a ti, porque el escritor se ha quitado las máscaras y está contándote algo que es lo esencial.

Y en ese contexto, de los muchos elogios que recibes diariamente, ¿cuál es el que más te ha conmovido?

Lo que más me ha conmovido en mi vida es un lector que me dijo alguna vez que había estado pensando en el suicidio y que un libro mío lo había ayudado a creer en la vida.