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La nave que despegó hace 44 años y sigue enviando mensajes a la Tierra

La sonda Voyager 1 es la más alejada de la Tierra y la primera en alcanzar el espacio interestelar. La última frontera del sistema solar será su próximo destino.

Impresión artística de la nave Voyager 1, sonda en la cuarta década de su misión. Foto: NASA
Impresión artística de la nave Voyager 1, sonda en la cuarta década de su misión. Foto: NASA
Bruno Cueva V.

El 5 de septiembre de 1977, desde el Centro Espacial Kennedy en Cabo Cañaveral (Florida), la NASA envió fuera de la Tierra a un viajero metálico de 722 kg que representa los deseos fervorosos de la humanidad por conocer los rincones del sistema solar y el espacio interestelar: la nave Voyager 1, cuya actividad sigue permitiendo la recepción de datos cruciales.

Han pasado ya 44 años desde que Voyager 1, ahora a 25.000 millones de km de nuestro planeta, trasladándose a una velocidad media de 17 km/s, empezó su misión de ser nuestros ojos en el hondo universo, una suerte de sonda espía que cada cierto tiempo nos ha enseñado maravillas mediante fotografías de ensueño.

Captó a Júpiter y Saturno en los primeros años de su viaje. Y en 1990, ya había cruzado la órbita de Neptuno.

La atmósfera de Júpiter fotografiada desde la Voyager 1. Foto: NASA / JPL-Caltech

Sin embargo, no solo hemos sido embelesados con el atractivo visual ofrecido por este viajero de larga data, sino también por las emisiones de sonido constantes y duraderas en frecuencia baja de 3 kHz. El denominado ‘zumbido’ de gas interestelar u ondas de plasma se ha mantenido activo durante tres años y los científicos propusieron que se encuentra en un área aproximada de 1.500 millones de kilómetros.

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Un equipo de investigadores de las universidades de Cornell e Iowa (ambas en Estados Unidos) publicó el 10 de mayo de este año, en la revista Nature Astronomy, el estudio de estas ‘olas turbulentas’ captadas por el instrumento de la nave llamado Plasma Wave Subsystem.

Shami Chatterjee, coautor del estudio y científico del Departamento de Astronomía en la Universidad de Cornell, considera que ahora no se necesitarán eventos casuales relacionados a la actividad solar si se quiere medir el plasma interestelar.

El siguiente audio subido a YouTube por la NASA y el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL), centro de construcción y operación de naves espaciales, muestra las vibraciones del plasma interestelar captadas por Voyager 1 de octubre a noviembre de 2012 y de abril a mayo de 2013. El color rojo indica olas fuertes; el azul, las más débiles.

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Una de las últimas comunicaciones entre Voyager 1 y la Tierra se registró en 2020, según un artículo de The Astrophysical Journal. La nave alertó el año pasado sobre distintos fenómenos de “saltos” en el campo magnético del medio interestelar muy local (VLISM), desde el momento en que cruzó la heliopausa el 25 de agosto de 2012, a unas 122 unidades astronómicas (UA).

En palabras más claras: cada UA equivale a 150 millones de km o la distancia entre la Tierra y el Sol.

La heliopausa, punto de unión entre el viento solar y el viento de otras estrellas, teóricamente, es el límite de la heliósfera, la región que se encuentra bajo la influencia del campo magnético del Sol. Llegando a esos lugares recónditos, la Voyager 1 se convirtió en el objeto fabricado por el ser humano más alejado de la Tierra.

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Ubicación de la Voyager 1 (rojo) en camino a la nube de Oort (Oort cloud). Foto: NASA

Se calcula que en 300 años la Voyager 1 ingresará en la nube de Oort, una estructura esférica de hasta 100.000 objetos celestes en forma de rocas, hielo y polvo. Esta zona también es conocida como la última frontera del sistema solar, a partir de la cual cesa cualquier influencia de nuestra estrella.

Una vez dentro, le quedarían 17.700 años para salir de esa zona de bajísima densidad, pues su masa total es solo unas 40 veces la de la Tierra.

Tanto la Voyager 1 como la Voyager 2, según la NASA, tienen suficiente combustible como para seguir operando hasta el año 2025, gracias a sus generadores termoeléctricos. “Después de algún tiempo de esto, ya no podrán comunicarse con la Tierra. A menos que algo las detenga, continuarán pasando por nuevas estrellas una y otra vez por muchos miles de años”, resalta la agencia espacial estadounidense.

Las dos astronaves contienen mensajes importantísimos en los discos de oro que llevan consigo: escenas, sonidos, música y saludos terrestres en diferentes idiomas, hallazgos valiosos para potenciales inteligencias avanzadas que en alguna escama del tiempo se crucen con los trotamundos metálicos.