
En las ciencias sociales, particularmente en las Relaciones Internacionales como disciplina científica, la conducta de los actores se orienta en función de sus diagnósticos y percepciones de la realidad. A partir de ellos se adoptan las decisiones de política exterior y se configura la trama de relaciones de poder que estructura la política internacional.
En el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, los principales actores de la política mundial han explicitado sus respectivas visiones sobre la naturaleza, las contradicciones y las tendencias del sistema internacional en transformación. Sus discursos permiten identificar no solamente distintas interpretaciones de la realidad mundial, sino también las concepciones del poder y del orden internacional que orientan sus políticas exteriores.
El sistema internacional actual presenta una marcada asimetría de poder. Estados Unidos continúa siendo la única potencia con capacidad verdaderamente global, mientras China es el poder emergente que desarrolla progresivamente los atributos que podrían permitirle disputar esa condición. Rusia detenta un poder estratégico-militar, especialmente nuclear, pero sin una base económica y tecnológica equivalente; Europa posee considerable poder económico y normativo, pero carece de unidad estratégica y se encuentra atrapada en el laberinto de Dédalo de la guerra en Ucrania, donde ninguna salida parece serle favorable. Y escala peligrosamente en su discurso las rivalidades con Rusia.
Estos posicionamientos se reflejaron en el debate de la última Asamblea General, que expresó una coincidencia fundamental y, al mismo tiempo, una profunda contradicción. Entre las potencias hay un consenso en torno a que el orden internacional de la posguerra atraviesa una transformación estructural, pero discrepan radicalmente sobre su estructura y qué debe sustituirlo.
Trump, en su discurso, volvió a colocar a Estados Unidos como el centro del poder mundial y única superpotencia capaz de reordenar el sistema internacional en función de sus intereses nacionales. La integración del resto de los Estados en esta estructura de poder emergente la considera al margen de las normas y principios del derecho internacional. La idea es que los otros Estados se inserten en el nuevo orden en función de sus propias cuotas de poder y de las correlaciones de fuerzas con el poder hegemónico. Por ello asume una política de statu quo respecto de Taiwán —correlación de fuerzas equilibrada con China— y reivindica una “soberanía hemisférica” en América Latina —correlación de fuerzas asimétrica con determinados países de la región que se asocian a sus objetivos de política exterior.
China, consciente de su progresiva emergencia como segundo polo global del poder mundial, concibe la coyuntura y el corto y mediano plazo como etapas subordinadas a una perspectiva de largo plazo, en la que sitúa la realización de sus intereses económicos y estratégicos. El vicepresidente Han Zheng expresó en la Asamblea General esta particular visión del tablero de ajedrez mundial. Una estrategia orientada a preservar el orden internacional surgido del fin de la Guerra Fría, basado en el respeto al derecho internacional y regulado institucionalmente por las Naciones Unidas.
En lo inmediato, demandó evitar la erosión del multilateralismo, promover una reforma prudente de las Naciones Unidas, combatir el proteccionismo, «que no arroja ganadores», salvaguardar un sistema comercial multilateral basado en normas y articulado en torno a la OMC, eliminar las barreras arancelarias y las medidas que interrumpen y trastocan las cadenas internacionales de suministro, respetar el principio de una sola China y reconocer el derecho de cada país a elegir libremente su propio sistema político y social.
Todos estos elementos y su apertura al Sur Global como un factor sustantivo del proyecto multilateralista constituyen los escenarios más favorables a su crecimiento económico y posicionamiento estratégico.
Rusia, que mantiene una paridad nuclear estratégica con Estados Unidos y posee un reconocido poder regional, reiteró, en la figura del canciller Serguéi Lavrov, su visión del fin de la hegemonía occidental y el advenimiento de un orden multipolar. Lavrov propugnó una nueva arquitectura de seguridad euroasiática, cuestionó la expansión de la OTAN y atribuyó a Europa occidental la responsabilidad por la prolongación de la guerra en Ucrania. Reivindicó, asimismo, la soberanía de los Estados, la no injerencia y el reconocimiento recíproco de los intereses de seguridad de las grandes potencias.
La aspiración rusa al reconocimiento de su posición en la estructura del poder mundial constituye un elemento central de sus relaciones con Washington y encuentra correspondencia en el enfoque de la administración Trump hacia Moscú. El acuerdo anunciado el 9 de octubre, por el cual Rusia suministrará inicialmente más de 300.000 toneladas de diésel a los mercados estadounidense e internacional y se flexibilizarán las sanciones impuestas por EE. UU., constituye una expresión del realismo con que administran sus intereses. Sus implicaciones para la guerra en Ucrania son evidentes.
Más allá de las distintas percepciones y caracterizaciones del sistema internacional —unipolarismo fragmentado, declive de la hegemonía estadounidense, emergencia de la multipolaridad o preservación del orden internacional de posguerra—, existen evidencias empíricas que permiten identificar algunas tendencias estructurales.
El orden surgido del fin de la Guerra Fría ha agotado sus fundamentos políticos e institucionales; el sistema internacional atraviesa una transición histórica cuyo desenlace permanece abierto; no existen actualmente otros poderes nacionales con capacidades globales equivalentes a las de Estados Unidos que permitan transformar la multipolaridad como aspiración política en una estructura multipolar efectiva; y China constituye la única potencia emergente con posibilidades de configurar, a largo plazo, una nueva bipolaridad.
En este contexto, la contradicción central del sistema internacional se plantea entre el ejercicio del poder y la vigencia de las reglas destinadas a regularlo. Entre poder y normas.
Esta contradicción adquiere una particular relevancia para los Estados pequeños y medianos. El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha planteado que el orden internacional basado en reglas atraviesa una ruptura y no una simple transición, y que las potencias medias no pueden limitarse a invocar instituciones y normas cuya eficacia se encuentra crecientemente condicionada por las relaciones de poder. Su propuesta de un realismo basado en valores combina la defensa de los principios del derecho internacional con una política exterior pragmática, orientada a diversificar las relaciones económicas y estratégicas, reducir las dependencias que generan vulnerabilidad y construir coaliciones flexibles de Estados en torno a intereses y objetivos compartidos. Se trata de fortalecer la capacidad de acción de los países que —como el Perú y los demás países latinoamericanos— carecen de poder global, mediante nuevas formas de cooperación que puedan contribuir a reconstruir una institucionalidad internacional efectiva.
En un sistema internacional en transición, sometido a las presiones de la unipolaridad fragmentada y a la creciente instrumentalización de las interdependencias económicas y estratégicas, el imperativo esencial de los Estados pequeños y medianos es preservar la autonomía de sus decisiones de política exterior y construir, ampliar y afirmar su autonomía estratégica.






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