La difícil vida de los uros en las islas flotantes

En Puno. Lo que el turismo no muestra es la dura lucha por sobrevivir de estos habitantes del altiplano peruano.

1 Dic 2011 | 0:00 h

 

Claudia Toro, Puno.
La pequeña Gladys, de tan solo 11 años de edad, seca las gruesas gotas de sudor de su frente, toma aliento y sigue remando. No puede parar. Son las siete y media de la mañana y aún le falta media hora de camino para llegar a su escuela en la ciudad de Puno. Sus resecas manos cogen fuertemente los remos y aumenta la velocidad.Mira hacia adelante, divisa el muelle, pero aún está lejos.
El sol ilumina sus brillantes y rojas mejillas cual carbón encendido.Ya ha pasado una hora y media y entonces me dice: “La primera vez que crucé el lago tenía seis años(...) ese día me perdí y mi papá tuvo que rescatarme”.
Ella es la tercera de 4 hermanos y es hija de un pescador. Al igual que otros 60 niños de las islas flotantes de los uros, en el lago Titicaca, debe recorrer tres horas diarias de lunes a viernes para asistir al colegio. Y es que la mayoría tiene un sueño común: abandonar esta isla artificial y labrarse un futuro mejor.
“Yo quiero estudiar para ser chef, tener mi restaurante y trabajar. No quiero seguir aquí porque no tenemos nada y jamás dejaremos de ser pobres. Ni siquiera tengo una computadora”, añora la ilusionada Gladys.
Una madre ejemplar
A metros de distancia, en otra isla llamada Suma Kile o Rey de la Totora, Antonia Coila Lijarro (42) intenta encender su cocina para preparar una nutritiva sopa de chuño y choca (una especie de ave de lago que sabe a pollo).
Cuando un grupo de turistas brasileños se acercan a preguntar por uno de sus mantos, ella deja a un lado las ollas de barro y ofrece: “Tenemos collares, pulseras, caballitos de totora de recuerdo a 15 soles.Colabore con nosotros”. Antonia es madre de tres jóvenes que intenta sacar adelante con la venta de artesanías. 
Ella no sabe leer, pero sabe que si sus hijos no estudian nunca saldrán de la isla, ni dejarán de vivir en la pequeña casa de totora de tres metros y medio de ancho por cinco de largo, como la diseñaron sus ancestros hace 100 años. Para la adolescente Roberta Naranjo, de 17 años, el panorama tampoco es muy reconfortante. Estudió solo hasta primaria y trabaja desde hace un mes en la isla Qanan Pacha (capital de los uros) en una tienda de artesanía.
Allí debe dormir todos los días para cuidar la mercancía y solo gana 300 soles al mes.No tiene días de descanso ni mucho menos beneficios sociales. Pese a ello, y como no sabe que está siendo explotada, está muy contenta de ayudar a sus padres y a su hermanito de ocho años. “El resto del dinero que gano lo guardo para terminar mis estudios. Cuando junte lo necesario quiero terminar mi secundaria y luego llegar a ser profesora”, sueña.
En cifras
30 soles al mes recibe cada familia de las empresas turísticas, que llevan a visitantes.
25 años dura una isla de totora tras ser construida, por supuesto si es bien cuidada.
15 niños mueren al año por ahogamiento 
No solo la extrema pobreza, la falta de oportunidades y la indiferencia son las plagas que caen sobre las 250 familias que viven en este lugar.Según los pobladores, al año mueren ahogados en el lago Titicaca al menos unos 15 niños debido al descuido de los padres.
“Como los turistas no siempre vienen a comprar, las madres están más preocupadas en vender sus productos que en cuidar a sus hijos. Lamentablemente cuando desaparecen es porque cayeron al lago. Dos días después el cuerpecito flota”, contó una habitante.
Afortunadamente, para atender cualquier emergencia se ha colocado cerca de ellos un centro de salud y una escuela de primaria. La entrada a las islas cuesta 50 soles y el alquiler de lancha es 10 soles por persona.
Pero de este dinero ellos solo reciben 30 soles al mes de los dueños de las lanchas.

 

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