Por una Franja de Contenidos

6 Nov 2015 | 23:30 h

Sí, falta pluralismo en la televisión abierta. Si bien no creo sea tan cerrada como dicen sus críticos más ácidos y considero que las televisiones regionales aportan más diversidad de lo que se reconoce desde Lima, sí estoy de acuerdo en que los intereses empresariales pesan mucho más que otros en televisión. Lo más burdo de esta cercanía lo pudimos ver en la campaña anterior. 
 
Pero creo que falta algo en la televisión abierta a lo que damos menos atención: inteligencia. Faltan contenidos políticos entre semana, programas con investigaciones, entrevistas y debates. Programas dirigidos por periodistas que, por mantener cierto prestigio, deban tomar distancia de los broadcasters. Como señaló Juan Sheput en una columna reciente, comparado con la del 2010, la programación política hoy es de pena y ello se hace más patético ante una campaña electoral. 
 
La televisión abierta es el camino más rápido para informar a la ciudadanía. Pero la televisión ha renunciado a la política en nombre del rating. Las ganancias de los dueños han borrado ese pequeñísimo compromiso que se les exige para usar sus espacios: informar, educar en asuntos públicos. Para colmo, los que tenemos más ingresos podemos escapar al cable donde hay un poco más de información. Pero los más pobres, los menos informados, no tienen opción, atrapados entre Combate y Fatmagul.
 
Hay costos. Esta despolitización hace que problemas muy serios no sean reconocidos como problemas públicos. ¿Cómo esperar que nos interesemos en esos temas si no los conocemos? Los noticieros no logran ese cometido. Una cosa es la muerte de una mujer en manos de un marido celoso; otra, hablar de feminicidio. Una cosa es un atropello; otra, debatir sobre la mejor manera de hacer efectivas las multas de tránsito. 
 
Para colmo, luego los noticieros hacen rating rasgándose las vestiduras cuando unos chiquillos no saben quién es Abimael Guzmán, Vladimiro Montesinos, Miguel Grau o Mario Vargas Llosa ni qué pasó en Barrios Altos o Tarata. ¿Después de horas de concursos de bonitos en pruebas “complejas”, telenovelas mejicanas y turcas, programas de chisme farandulero y, en el colmo del absurdo, noticieros que dedican media emisión a hablar de esos mismos programas, tienen la raza de sorprenderse?
 
Me queda claro que con tan poderosos incentivos la autoregulación es una quimera. Entiendo, sin embargo, que haya razones para temer las consecuencias de la regulación. Comparto el temor a gobiernos abusivos que podrían controlar los contenidos con la excusa de lograr una “mejor programación”. Si nuestros gobiernos no han sido capaces, siquiera, de replantear los medios estatales para que sean públicos, dudo de su capacidad y voluntad de lograr una televisión plural. 
 
¿Una solución? Demandar una franja de contenidos políticos, una idea que vengo planteando desde hace unos días y que espero les interese (Esahora.pe). Una hora nocturna en la que la televisión abierta deba colocar programas políticos. Los medios ponen a los periodistas, así no temen la intromisión. Nos encargaremos de criticarlos si son remedos de periodistas.
 
¿A quién le conviene? A políticos con algo que decir que hoy mendigan minutos en noticieros o esperan turno en un programa concurso. A los ciudadanos, que no tenemos información política relevante. A los periodistas inteligentes condenados a ser periodistas de calle eternos o a tener un programa en cable porque el programa dominical ya está tomado. ¿A quién no le conviene? A quienes se enriquecen con esta televisión y cobrarán a manos llenas con publicidad electoral, esa que los candidatos necesitarán para llegar al público. Que no le vendan el cuento de la libertad cuando lo que hay en el fondo es purita ganancia.

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