Bitácora de un empate angustioso

Maritza Espinoza

Domingo, 8 de Octubre del 2017

 

Jueves en la mañana: algo raro en el aire

 

 

Faltan varias horas para el partido. Lima es la misma Lima caótica de siempre, pero algo diferente flota en el ambiente. La gente se trepa al Metropolitano que, como todos los días, es lo más parecido a un cardumen de cuerpos humanos, pero se mira a los ojos y, ¡alucinante!, se sonríe una a otra. No sé si es una ilusión mía, pero los peatones respetan las reglas de tráfico y podría jurar que un taxista se sobreparó en la esquina de la avenida Pershing con Escobedo para dejarme voltear a la izquierda. Durante varias calles, ni rastros de ese sociópata motorizado que para bloqueando las intersecciones y armando un despelote. Lima es la misma, repito, pero, como en las novelas de Stephen King, algo raro se huele en el aire. Mafalda diría que es la conspiración de la felicidad. Las redes sociales andan llenas de arengas a la unidad de los peruanos. ¡Somos un puño! ¡Nadie nos gana! ¡Treinta millones de peruanos juegan con ustedes! De pronto, resulta que somos más unidos que La familia Ingalls y no existen ni la pobreza, ni el racismo, ni el indulto infame, ni la desnutrición. ¡Perú-Perú-Perú!

 

Jueves al mediodía:

todo para cuando hacemos el amor

 

 

Los supermercados están abarrotados. No queda un six pack de chela ni para remedio. La gente sigue increíblemente amable con los demás. Las cajeras sonríen de oreja a oreja y los mismos clientes que ni siquiera las miran en un día común conversan con ellas, con los guachimanes, con los otros clientes. Los centros de trabajo son lugares de apuestas y el optimismo invade cada oficina. Como en la canción de Roberto Carlos, las personas se saludan dulcemente, fascinadas de repente en la belleza de ese instante. El país está congelado en una especie de hechizo. Yo, que no soy precisamente lo que se llama una hincha pelotera, me dejo contagiar por la magia. Total, no todos los días nos enamoramos de nosotros mismos.

 

Jueves a las seis de la tarde: todos somos matemáticos

 

Nunca los peruanos habían hecho tantos cálculos aritméticos. Si seguimos así, la prueba Pisa será un chancay de a china y terminaremos dos lugares antes que Finlandia. De pronto, todos son eternos incondicionales de la selección. Nunca le dieron la espalda ni los insultaron ni cuestionaron las decisiones de San Gareca. ¡No señor! Ese hombre es un santo. En mi oficina, Renzo, Edgar y Raulito calman sus ansiedades con Evervess y pisco. Los valses invaden las radios en horas que no son de almuerzo, las calles se llenan de hinchas con su polo rojiblanco que reciben palmaditas y sonrisas. Los minutos no terminan de pasar y la televisión desespera con su chirrioso discurso patriotero, pero la gente aguanta cualquier cosa ahora, hasta el palabrerío de Daniel Peredo y Ramón Quiroga.

 

Son las seis y treinta: morir de ansiedad

 

Por primera vez en muchos años me decido a ver un partido y me zampo un pisco con Evervess entre pecho y espalda. Puedo sentir las culebritas en el estómago que se parecen tanto a las del amor. Casi me emociono al ver a los jugadores (de los cuales conozco a un par) cantando el himno nacional. Me dedico a escuchar, no la insufrible narración de Peredo, sino los que suenan a mi alrededor: ¡Tiene que marcar con las piernas cerradas! ¡Te juro que la vi adentro! ¡Ahora sí tienen que estar despiertos, pe! ¡Esa era rojaaaa…! ¡Noooo! ¡Si Peña hubiera sido Farfán, lo quebraba, lo desarticulaba, huevón! Bien, bien, Paolo... ¡Muy larga, peee! ¡A la pelota hay que aquietarla, seducirla, controlarla...! ¡Otra vez el árbitro de mierda! ¡Vamos, cierra bien! ¡Afuera, hacia afuera siempre, no al centro! ¡Ciérralo, ciérralo, ciérralo! Alguien en Facebook: “Conclusión: Argentina dominó pero no pudo meter goles. Gareca tiene 15 minutos para desahuevarnos. ¿Alguna otra pregunta?”. No puedo aguantar más que el primer tiempo y me voy a tomar un vino con alguien especial. Luego me entero que hubo un empate. Lo cuentan las meseras, los guardianes, los otros clientes que salen felices y saludando a todo el mundo como si fuera su familia.

 

Del viernes para adelante: una ciudad levitando

 

Ahora sí, ¿quién nos saca de nuestra burbuja? No hay tema que ahora pueda alterar nuestros ánimos seráficos. Podrían liberar a Humala y Nadine, y pocos harían cuestión de estado. Podrían apresar a Keiko y García, y nadie se alegraría ni se entristecería demasiado. Consciente de la tregua, el presidente se manda a casi casi asegurar que habrá indulto (“Yo no quiero un nuevo Leguía”), pero la gente apenas si se altera. Las redes sociales se indignan un poco, pero los ecos del empate superan largamente la rabieta de unos cuantos aguafiestas que prefieren la realidad antes que el sueño. Desde las redes, hombres y mujeres claman: “¡Gallese, hazme un hijoooo!” Ha nacido un nuevo ídolo de multitudes. Los peruanos caminamos como flotando a unos centímetros del suelo. Tanta felicidad es excesiva para un pueblo acostumbrado a los contrasuelazos anímicos. Quién sabe si este martes nos demos otro de los tantos que hemos sufrido, pero, entretanto, dejémonos arrullar por ese batir de corazones exaltados. Nos lo merecemos.

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