Día 24

“El aislamiento obligado, sumado a la incertidumbre, nos sumerge en horas de reflexión sobre cómo serán nuestras vidas en adelante”.

Patricia Montero
08 Abr 2020 | 6:02 h

No necesitamos mucho para vivir, me dijo una de mis mejores amigas cuando conversábamos sobre cómo y en qué medida nos está cambiando esta pandemia. Ambas crecimos en distritos populares, ella en La Victoria y yo en el Rímac, pero tuvimos el privilegio de estudiar y a punta de esfuerzo y trabajo hemos logrado vivir con relativa comodidad.

“He aprendido a lavar mi ropa, limpiar mi casa, estoy ahorrando. No necesito comprarme más cosas”, agregó, relatándome cómo la cuarentena empieza a cambiar sus prioridades. De inmediato hice un repaso mental por mi guardarropa y pensé en todo lo innecesario que he acumulado y que hoy de poco me sirve. Soy de las que compra ropa y zapatos que no necesita y luego regala con la etiqueta puesta. Esto que antes me causaba risa, la verdad, ahora me provoca vergüenza.

“Tengo a los amigos que quiero. Ya solo quiero lo indispensable, lo que me haga feliz”, sentenció mi amiga al final de nuestra conversación. Recordé entonces la felicidad que me provocaban simplezas como caminar, sentarme en la banca de un parque para leer o mirar el mar mientras escucho mi música favorita. Bailar con mis pequeñas sobrinas, mirar una película con mi madre, conversar con mis hermanas, tomar un café con amigos o una copa de vino con el chico que me gusta.

Supongo que estos días de aislamiento obligado, sumado al miedo y la incertidumbre, nos sumerge en horas de reflexión sobre cómo serán nuestras vidas en adelante. Me paso las noches pensando en ello y solo espero que, al final, esa familia y esos amigos, a los que extraño profundamente, estén allí para abrazarlos.

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