Todos los hombres del presidente

La historia de nuestro país es una historia de lucha permanente, que no termina y que cada cierto tiempo nos obliga a movilizarnos para no dejar que sectores con intereses subalternos o corporativos usen el Estado para beneficio particular.

Despedida. Vizcarra dejó Palacio con discreción. Algunos ciudadanos lo esperaban en su casa. Foto: Antonio Melgarejo/La República
Despedida. Vizcarra dejó Palacio con discreción. Algunos ciudadanos lo esperaban en su casa. Foto: Antonio Melgarejo/La República
Rubén  Cano

(*) Experto en comunicación política.

Hasta las primeras horas de la mañana, según la información de los coordinadores parlamentarios, se contaba con los votos de Alianza para el Progreso. Pero se sospecha que hubo una repartición sorpresiva de cuotas de poder. Merino ya no contestaba las llamadas. Para el mediodía ya se respiraba la sensación de que el presidente no iba a hacer más. Cuando dijo que iba a asumir su propia defensa, la sospecha fue mayor. Y cuando les dijo en su cara que 68 congresistas tenían procesos judiciales y que, bajo la misma lógica, acaso ellos también deberían de dejar sus cargos, entendimos claramente su ajedrez. La suerte ya estaba echada.

Coincido con Luis Jochamowitz que dice que estaba en sus planes. Más allá de cualquier investigación, se iría del lado correcto, del 80% de la ciudadanía. ¿Pudo hacer más? Quizás, pero nadie podría negar que peleó bastante en los últimos dos años y ocho meses, solos él y la ciudadanía, sin bancada, sin partido. Hay voces que dicen que es un traidor, que fue parte de esa misma vieja clase política que luego él traicionó. Pero sin aquellos actos no se hubiera dado el golpe más duro contra la corrupción de los últimos años. Es seguro que no va a alcanzar para su redención, pero despertó el alma democrática de este país después de veinte años. Los ciudadanos salieron a las calles indignados, no necesariamente por Vizcarra. Otros sí fueron hasta su casa a mostrarle apoyo. Y no hablamos de portátiles pagadas.

Bastante avanzada la noche, luego del discurso de despedida del presidente en el patio de honor, al igual que el premier, los ministros de todas las carteras y casi todos los altos funcionarios del Estado, me desvinculé de la PCM. En Palacio el presidente se despedía de su gabinete y de su equipo íntimo de trabajo, aquel que lo ha seguido en toda su gestión. La emotividad del acto se mezclaba con las imágenes de indignación, el gas lacrimógeno y la represión excesiva de una Policía Nacional que horas antes rendía cuentas a otro gobierno. Las marchas ya se agudizaban a nivel nacional y Ezeta propinó el puñete más popular de la historia.

A la mañana siguiente, mientras todos corrían por cerrar informes y trámites de entrega de cargo, se veían funcionarios del Congreso rondando los pasillos de la PCM. Quizás analizando qué oficinas buscarían ocupar. Y es que Merino había adelantado la toma de mando para las diez de la mañana. Ni bien llegó al patio de honor, se dice que allegados o familiares ya inspeccionaban la residencia de Palacio, desocupada la noche anterior por la familia de Vizcarra.

Desde los techos a los alrededores y desde la misma Plaza Mayor, algunos pocos privilegiados que hacían labor de vigilancia o limpieza presenciaron el ingreso del nuevo presidente a Palacio de Gobierno, caminando por una alfombra roja agenciada en la víspera. Un helicóptero sobrevolaba los aires y se escuchaban los acordes del batallón de recepción de la Casa Militar. En paralelo, en medio de emotivos discursos de despedida a equipos de trabajo, muchos vimos en las pantallas cómo Merino cruzaba el hall principal e ingresaba al salón dorado. Nos imaginamos su ingreso al despacho presidencial, aquel que muy pocos hemos tenido el honor de visitar, y ocupando ese escritorio que horas antes era ocupado por otro.

Momentos antes, Patricia Paniagua, hija de Valentín, criticaba el burdo intento de comparar la situación por la que pasó su padre con el contexto actual. Alguna vez, como periodista, fui parte de un equipo de prensa que pudo entrevistarlo allá en su oficina particular de Jesús María. Cuando preparábamos la entrevista, notamos que en el escritorio había una cajetilla de cigarrillos. Paniagua se dio cuenta de ello, tomó la cajetilla y la guardó en uno de los cajones del escritorio. “No debemos de dar un mal ejemplo a los jóvenes”, dijo. Un político amable y consciente que estaría completamente decepcionado del partido que ayudó a formar y del que ahora ya no queda mucho.

Quizás la performance del gobierno saliente no fue la mejor, pero siempre tuvo espacios de mejora. Tuvimos un premier más pragmático que político, bastante cercano a la ciudadanía, que usó estructuras militares para procesos de gestión que funcionaron muy bien en la crisis –como el manejo del segundo pago del Bono Familiar Universal, donde la comunicación fue un factor fundamental–, pero que se enfrentaron a una burocracia compleja que demostró que el crecimiento económico no garantiza el bienestar de la población, mucho menos salud o educación.

La pandemia se manejó, en las últimas semanas, gracias al peso político y profesional de la ministra de Salud, que a un buen funcionamiento del ministerio. La pandemia ha desnudado aquella vieja estructura institucional, tremendamente anacrónica y anquilosada, con la que ya es complicado lidiar en situaciones normales. Como pendiente fundamental quedó el manejo multisectorial del plan de vacunación de la Covid que, como precedente, no tuvo el mejor diseño en las jornadas de vacunación regular y, más aún, frente a la reciente alerta epidemiológica de difteria.

Todo ello nos recuerda que la historia de nuestro país es una historia de lucha permanente, que nunca termina y que cada cierto tiempo nos obliga a movilizarnos para no dejar que aquellos sectores con intereses subalternos o corporativos utilicen el Estado para beneficio particular. Así como los jóvenes salimos a marchar a inicios del presente siglo, en movilizaciones tan determinantes como la de los cuatro suyos; veinte años después, la historia nos obliga a salir a luchar nuevamente. Dejo el teclado y me pongo la mascarilla de lucha. Nos vemos en las calles.

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