El poder soy yo

La vieja idea del pueblo como objeto del poder, y no como sujeto.

Editorial Editorial
16 09 2019 | 00:05h

Uno de los abogados consultados por la Comisión de Constitución, en el marco de la gran demora que orquesta el fujimorismo para evitar el adelanto de elecciones, ha señalado, para sorpresa de muchos, que “al pueblo no se le hace caso. Al pueblo se le gobierna, y el pueblo solo tiene derechos, y esos derechos le nacen de la Constitución”. Ha agregado, para insistir en la poca importancia del pueblo en el proceso político, que “ustedes no tienen que hacerle caso al pueblo porque el pueblo no sabe lo que es el bien común”.

Al margen de quién se trate, un expresidente del TC que llegó a ese cargo solo por razón suertuda de su militancia aprista, objeto por lo demás de acusaciones en el ejercicio de esa alta responsabilidad pública, es importante apreciar la frase en el contexto del debate del adelanto electoral y de los esfuerzos que realiza la mayoría parlamentaria para aferrarse en sus escaños.

El desprecio a lo que se denomina “pueblo” en términos gruesos no es nuevo, aunque en la última etapa se ha utilizado en el Perú de modo restrictivo para negar autenticidad a las demandas de la opinión pública, que también puede ser rotulada como “sociedad” o “ciudadanía”. Un recurso fácil, falsamente académico, es calificar cualquier exigencia colectiva visiblemente democrática de “populista” para restarle legitimidad. El improvisado abogado aprista no ha hecho más que recurrir al mismo ocioso recurso que utilizan improvisados académicos.

No hacerle caso al pueblo es una práctica anterior al Estado de derecho, el mismo que surge para garantizar la interdicción de los actos del poder. Las constituciones y leyes surgen precisamente en beneficio del pueblo y no contra él, de modo que la oposición entre orden jurídico y ciudadanos es falsa y contraria a la razón y a la historia.

La idea del pueblo como objeto del poder, y no como sujeto o fuente originaria, es conservadora. Superada su acepción paternalista, la cual incide en que los líderes deben contentarlo, engreírlo o acaso engañarlo –la vieja consigna del pan y circo-, avanza a la expropiación de sus derechos que obviamente son anteriores a la Constitución (lo aprende un estudiante de Derecho en el primer año), y frente a lo cual se levantan todos los sistemas democráticos para recordar lo contrario desde la teoría de la representación. Lo señala el artículo 45º de nuestra Constitución, el cual dispone que: “El poder del Estado emana del pueblo. Quienes lo ejercen lo hacen con las limitaciones y responsabilidades…”.