El deber de un periodista

“Hagamos periodismo, y hagamos activismo contra la corrupción política; en dos palabras: hagamos patria”.

“Hagamos periodismo, y hagamos activismo contra la corrupción política; en dos palabras: hagamos patria”.

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Muere por sus propias manos un político que estaba inmerso en una de las más grandes investigaciones de corrupción de los últimos tiempos que abarca no solo Perú sino toda Latinoamérica. ¿Qué le toca hacer a los periodistas? Informar, poner en contexto, preguntar, reflexionar, no callar. Jamás en la historia del periodismo libre se ha visto que el deber de un periodista ante la muerte de un político sea callar. ¿De dónde sale esa absurda idea? No puede salir de un periodista.

El periodista es, precisamente, el que no debe callar. No solo porque es quien debe intentar ordenar el caos informativo que fluye tras una evento así, sino porque es su deber conservar la lucidez y ética para que la narración informativa que se va produciendo en su espacio de comunicación refleje proporcionadamente la realidad de las cosas. Si bien esa cobertura debe incluir la reacción de sus partidarios, el periodista no está ahí para asentir o dejar que se imponga la estridencia de los fanáticos o interesados en lavarle la cara al investigado. El periodista debe poner el equilibrio necesario para que esa exacerbación -propia del momento de dolor para muchos, pero también del aprovechamiento político de otros - no sea lo que se imponga como narrativa. 

La prensa extranjera lo informó ejemplarmente: Expresidente se disparó inmerso en un escándalo de corrupción mientras la policía llegaba a detenerlo. Pero acá algunos que se autodenominan periodistas prefieren callar, como si decir la verdad fuera ofensa. Y si ofende a quienes decidieron creer en el occiso, es una pena por ellos, pero el periodismo no tiene por qué ponerse de luto, eso corresponde a los familiares. Murió Castro, Chávez, Kennedy y ningún periodista calló, salvo conflicto de interés.

Toda muerte es un trauma, más si es un suicidio, y más si tiene implicancias delictivas a su alrededor que afectan a toda una nación. El silencio es comprensible para los familiares, si así ellos lo deciden, pero no para un periodista. Que un periodista invoque al silencio de otros periodistas o activistas contra la corrupción parece una confesión de parte de la disonancia que le produce aquello que sabe y quiere callar y que otros callen, y su deber como periodista que es hablar. El periodista que hace su trabajo con imparcialidad a la seducción del poder político o con imparcialidad a agendas familiares, es el que ve por sobre el caos que los enemigos de la justicia intentan imponer y del que intentan aprovecharse quienes ven en la lucha contra la corrupción una amenaza también para ellos. 

El Perú es visto como ejemplo mundial por la labor fiscal y periodística en el caso Odebrecht y sobre todo porque es un país en el que pese a lo corrupto de los sistemas políticos y de justicia, un puñado de gente valiente se ha atrevido a hacer valer la justicia sobre los más poderosos. Y eso es algo que quienes usan el poder para asegurarse impunidad no soportan, porque significa justamente pérdida de poder y posibilidad de perderlo todo: libertad, poder y reputación si sus delitos son juzgados con la misma vara con los que se juzga a cualquier no poderoso. Por eso el deber desde el periodismo y el activismo es por impedir que se extienda esa narrativa mentirosa y pérfida de que hay un fascismo judicial. Hay que combatirla con hechos, con verdad, mostrando que son justamente los implicados con innegables indicios, pruebas, testimonios y documentos y sus defensores, quienes están pretendiendo invalidar esta lucha justa y necesaria. Dejemos los silencios, las hipocresías y las complicidades y hagamos periodismo, y hagamos activismo contra la corrupción política, en dos palabras, hagamos patria. 

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