Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Las noches buenas y los tiempos malos

“¿Cuántos niños verán llegar, por enésima vez, el regalo, pero no una mayor equidad en su humilde covacha tan parecida a un pesebre? ¿Quién consolará a la mujer golpeada...?”.

A pesar de que la Navidad, tal como la conocemos en esta comarca y en otras (es decir, con regalos, árbol, cenas y el voluminoso Papá Noel), la celebran poco más de 2.000 millones de personas en el mundo, sin duda su impronta llega a buena parte del planeta. Cierta aura ecuménica flota en estos días, incluso si estás en el mundo no cristiano o en el musulmán.

En Tailandia y China, por ejemplo, se celebran cenas especiales para los turistas; aunque también hay territorios como Corea del Norte, donde ponerte pascual puede costarte el secuestro del pavo y mucho más. China es a la vez una megafábrica de artículos de Navidad, que muchos podemos tener colgados en nuestras salas o nacimientos. Aun cuando a Confucio no le guste esto.

Como fuere, una onda global que pesa en estas fechas es el deseo de paz, de buena voluntad si queremos. Algo que, si no se explora un poco más, puede congelarse simplemente en el lema del saludo virtual obligatorio. Pero no, mejor hay que saberlo: en este mundo, donde hay más de 60 conflictos armados de diverso calibre, han muerto y siguen muriendo miles de personas. Al margen de que la Navidad se celebre o no.

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Solo en México habrían fallecido este año más de 20 mil personas, debido a la violencia vinculada al narcotráfico; mientras que en Afganistán, ese país que en estos meses hizo noticia explosiva, los muertos pasarían de 40 mil. Es triste que la violencia armada sea más ecuménica que la Navidad y que haya pocas treguas pascuales.

De allí que la famosa canción de John Lennon ‘Happy Christmas /War is Over’ (’Feliz Navidad /la guerra ha terminado), que este año cumple 50 años, siga teniendo sentido. En 1971 sugirió, con una sutil dureza acaso, que la cruel e inútil guerra de Vietnam debía terminar. Hoy sigue sugiriendo que tantas víctimas, donde quiera que sea, no pasarán una feliz Navidad.

Es curioso, por otro lado, que pocos spots navideños de hoy, sobre todo los comerciales, hagan alusión a la pobreza. Se habla de la familia, de los regalos, de los reencuentros, pero casi nunca de los más desheredados, de los que no tendrán ni pavo, ni regalos, ni un árbol siquiera. Es como si estuvieran borrados del mapa o, si aparecen, es para una campaña de caridad pasajera.

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Sorprende porque incluso Belén, y más precisamente en el lugar donde habría nacido Jesús (la Iglesia de la Natividad), sigue siendo un lugar modesto y aún atormentado por el conflicto palestino-israelí. No hay allí lujos, ni gran parafernalia. La familia protagonista, por añadidura (hoy reproducida en todas las formas y tamaños), era migrante, sin recursos, desplazada.

De pronto la Navidad, en cualquiera de sus claves, es una metáfora –hoy sumergida por agobiantes campañas comerciales- que, a través del nacimiento de un niño pobre, nos habla de la desigualdad, de la injusticia, de lo inocente. No tiene sentido conmemorarla sin darle un cariz social, sin leer un poco los tiempos violentos y dolidos que vivimos, con pandemia incluida.

¿Cuántas personas serán victimadas en la propia Nochebuena, ya sea en una calle insegura o en un campo de batalla? ¿Cuántos niños verán llegar, por enésima vez, el regalo, pero no una mayor equidad en su humilde covacha tan parecida a un pesebre? ¿Quién consolará a la mujer golpeada, al preso olvidado, al homosexual despreciado o al anciano solitario más allá de esta noche?

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¿Quién le dará oxígeno al que no tiene ni para un paracetamol? “La guerra ha terminado/si así lo quieres”, dice hacia el final la canción de Lennon. Todas esas violencias seguirán allí hoy, y mañana y después. Pero si hay una página del Evangelio que aún puede escribirse, insistiendo en un renacimiento posible, esta tendrá que estar bañada de justicia y solidaridad, no de chocolate.