Eduardo Villanueva Mansilla

Eduardo Villanueva Mansilla

Voluntad digital
Profesor principal del departamento de Comunicaciones de la PUCP. Investiga sobre política y desigualdades digitales, y el contacto de estas con prácticas de la cultura digital, desde memes hasta TikTok.

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Un año después de la semana sin nombre

“La ausencia de políticos del lado de las protestas fue un testimonio de la desconexión fundamental que define nuestra política”.

Hace un año, en la pausa de la pandemia, el Perú vivió una semana de consecuencias fundamentales y, al mismo tiempo, fugaces. Tras un golpe palaciego, la ciudadanía salió a protestar. No solo en la calle, no solo en redes. De muchas formas. A gritos desde sus casas, marcando la calle, y con mensajes de WhatsApp, por una semana los peruanos vimos cómo una clase política desprestigiada intentó salirse con la suya, fracasando ante la indignación ciudadana.

La vida de dos jóvenes fue el precio de la arrogancia de los sospechosos usuales: políticos que se representan a sí mismos, agentes directos o indirectos de corrupciones varias, e ingenuos que no saben ni por quién son comisionados y para qué pretenden hacerlo.

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A diferencia de otros países y situaciones, no le hemos puesto nombre. Uno de los grupos protagonistas recibió la desproporcionada calificación de “generación del bicentenario”, lo que ha servido para que algunos necios lo califiquen como un despropósito de chiquillos insensatos azuzados por los medios. Que casi 10 millones de peruanos participásemos de una u otra forma en un acto colectivo contundente, veloz, parece olvidarse luego de la tercera ola, de las elecciones, de la campaña anticomunista, de las maquinaciones baratas que siguen ocurriendo, de la carencia de liderazgo.

La ausencia de políticos del lado de las protestas fue un testimonio de la desconexión fundamental que define nuestra política. La ciudadanía, frente a aparentes hechos consumados, peleó por una idea: que unos cuantos no pueden arrogarse el poder. La insolencia de esos personajes oscuros, que no supieron usar abiertamente ese poder que buscaron por lo bajo, a la sombra de procedimientos arcaicos, fue castigada por un país que quizá no sepa escoger a sus gobernantes, pero que tampoco quiere imposiciones tan descaradas de intereses y vanidades de aquellos que se apropian del poder.

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¿Qué quedó? Poco. Sin duda, algunas organizaciones sociales y colectivas son conscientes de lo que puede lograrse cuando una causa nos convoca sin ambigüedades ni recovecos que esconden intereses propios. Pero la energía de esos días, con todo lo positivo que produjo, no nos ha impedido tener un Gobierno sin rumbo y una oposición sin norte moral. Queremos otros rumbos, pero no tenemos idea de cómo librarnos de los timoneles que nos llevan en otras direcciones.

El aniversario de la semana sin nombre nos debe recordar que estamos en deuda con nosotros mismos. Necesitamos pensar en plural, más allá de las miserias de la colusión individual que predomina en nuestro país. Necesitamos pensar en el país no como una colección de egoísmos, sino como solidaridades latentes.

Quizá no sea posible alcanzarlo, pero debemos recordar que, hace un año, sí se pudo.