Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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“No son los tiempos del Che Guevara o de Fidel Castro hablando horas y de manera flamígera... Son tiempos en los cuales cualquier revolución tiene que pasar por la honestidad...”.

El presidente Pedro Castillo debuta hoy en su papel de conductor de la Diplomacia Nacional en el exterior, en la cancha internacional, donde dar un paso en falso puede costar muy caro. Inicia un periplo clave que lo llevará a la VI Cumbre de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC), al Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) y, además, a la Asamblea General de la ONU.

No es poca cosa para su primera experiencia en estas lides, más aún si cabe la posibilidad de que hasta se reúna con otros jefes de Estado, como los de México y Estados Unidos. Lo acompañarán cuatro ministros (el de Salud, el de Comercio Exterior, el de Economía y el Canciller), aunque es él quien, más allá de las asesorías, debe demostrar que puede jugar en ese complicado escenario.

Dados los signos caóticos que se perciben en varias esferas del gobierno, la tentación de pronosticar un desastre en esa performance está a la mano. Pero es difícil que Torre Tagle se descuide hasta el punto de que, incluso este frente, se muestren grietas o debilidades que sigan borrando al gobierno de lápiz. Sin embargo, hay asuntos que el propio Castillo tiene que hacer. Por ejemplo, apagar las desconfianzas respecto de su posición frente al terrorismo. Es cierto que tuiteó llamando “cabecilla terrorista” al difunto Abimael Guzmán. Solo que mantener en el gabinete y en su entorno a personajes con posiciones nebulosas, o incluso vinculados a movimientos actuantes en la época del terror, es algo que juega en contra de su posición.

Es tarde para que haga esos cambios ministeriales que habrían disipado esa niebla preocupante, pues ya está con un pie en el avión (imposible pensar en estos tiempos en renuncias o pedidos de renuncia por fax). Y es altamente posible que mencione el tema en la Asamblea General de la ONU. Pero dada su indecisión hasta se anuncia una protesta frente a la sede del organismo.

Esa oportunidad, esa pelota, la perdió aun cuando –increíblemente, sobre todo para algunos limeños despistados– su popularidad ha subido de 38 a 42%, según la encuesta de IPSOS. Se entiende que la barahúnda interna dentro del conglomerado oficialista es difícil de aplacar, pero dejar pasar momentos claves, a nivel nacional e internacional, es algo que no tiene retorno.

Se prevé que hablará de la salud pública, de la economía y especialmente de la exclusión social, uno de los puntales de un gobernante de su talante político. Puede aparecer entonces como uno de esos presidentes que, en el famoso pódium de la sede de Nueva York (la de la ONU), hace la diferencia, dice con claridad eso que otros mandatarios expresan de manera sinuosa.

No obstante, no son los tiempos del Che Guevara o de Fidel Castro hablando horas y de manera flamígera en ese lugar. Son tiempos en los cuales cualquier revolución tiene que pasar por la honestidad, por la coherencia y por el entendimiento de las coordenadas internacionales de hoy. No hay manera de clamar por los pobres del mundo sin, por ejemplo, hablar de la pandemia.

O de las pandemias, que el deterioro ambiental del planeta puede seguir alimentando. ¿Por qué no anuncia, entre otros temas, que declarará en emergencia climática al país, tal como lo han hecho ya más de 30 países, incluyendo algunos de la región? ¿Puede quedarse el Perú tan distante de la lucha contra el cambio climático, una de las grandes cuestiones globales?

Esa sería una forma de posicionarse en la comunidad global, con un tema que tiene que ver con la economía, con la lucha contra la desigualdad, con la salud pública. Un presidente sale al exterior y lo van a ver, lo van a escuchar, va a decir qué quiere para el país y qué le dice al mundo. No basta con que exhiba el sombrero como signo de identidad, sino que muestre qué de novedoso va a sacar de ese sombrero, no solo para quedar bien sino para tranquilidad de todos nosotros.