Diego García Sayán

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Good bye globalización

“Podríamos estar ante el parto de un ciclo distinto. Que para ser “relanzada” requerirá ajustes en una agenda que haga de la gente su principal destinatario”.

Chau globalización. Provocador –y realista– titular en la última edición de The Economist. Que describe una globalización ya afectada por la crisis financiera del 2008 y la actual guerra comercial chino-estadounidense. Remecida, ahora, por este huracán que ha globalizado más bien las cuarentenas y producido un frenazo al comercio internacional que no se veía desde la segunda guerra mundial.

Hoy el 90% de la humanidad vive en países con las fronteras cerradas, el comercio internacional se ha visto brutalmente frenado y entrando a una gran recesión global. El desempleo ya se ha disparado urbi et orbi; no solo en el Perú. ¿En qué estamos?

Primero, en un reflujo de la globalización y la afirmación de fronteras por razones sanitarias o comerciales. Para “protegerse” de lo que pueda venir de fuera.

Segundo, un creciente impacto recesivo que se expresa en los volúmenes y precios del comercio internacional. Que golpea ya las economías de empresas y países. En un país como el Perú, por ejemplo, con una reducción en la demanda de nuestro principal rubro exportador (minería) y su impacto en los precios de cobre, hierro o zinc. Empresas mineras, además, que están casi todas paradas por protocolos sanitarios de difícil cumplimiento y de tortuoso burocratismo.

¿Hacia dónde vamos?

Un cuadro como este tiene semejanzas con el de la Gran Depresión de 1929, y lo que vino luego con el surgimiento del fascismo, nazismo, otros nacionalismos y la Segunda Guerra Mundial. El actual marco institucional y económico, sin embargo, no es igual al de hace casi un siglo.

En primer lugar, los Estados están asumiendo un papel activo y en ello lo hacen alentados por espacios multilaterales como el Banco Mundial (BM) o, en su área, la Unión Europea. El BM no apuesta por la prescindencia estatal ante la recesión; clama, en su informe recién publicado, que los Estados tendrán “que asumir participaciones de propiedad de empresas estratégicas… o … recapitalizar bancos y absorber los activos no productivos”. El mundo, pues, al ritmo de una modalidad tipo “new deal” de Roosevelt y no del pasivo laissez faire o de un ultra-liberal Estado “mínimo”.

En segundo lugar, un multilateralismo que recobra cierta vitalidad. En crisis, pero urgido por las circunstancias extremas que afectan al mundo. Una OMS que es ahora un espacio central de guía y convocatoria para enfrentar a la pandemia y con el que se articula el mundo (… salvo Trump). O una Unión Europea que, si bien no ha superado su crisis, bajo los liderazgos de Merkel y Macron ya impulsa programas de compensación y una visión “relanzada” de la globalización.

Podríamos estar, así, no ante “el fin” de la globalización, sino ante el parto de un ciclo distinto. Que para ser “relanzada” requerirá ajustes en una agenda que haga de la gente su principal destinatario ajustando, en función de eso, su agenda y mecanismos de funcionamiento. Sin temor a un papel activo de los Estados y de las urgentes políticas de promoción y compensación ante la recesión que ya empezó.