Rafael Roncagliolo

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El virus no viene solo

“Los dos primeros azotes crónicos, el hambre y la enfermedad, parecen haber resurgido”.

Solo faltaría que un exótico Jefe de gran potencia, abrumado por los efectos geopolíticos de la pandemia, terminara lanzando una guerra. Improbable, pero no imposible. Hay manotazos, aspavientos y delirios preocupantes. La declinación de los imperios suele ser convulsa. La razón de Estado no siempre se impone sobre la pasión de las vísceras. No olvidemos a Hitler. Ni a Stalin.

La coyuntura no puede ser peor: en plena pandemia del coronavirus, la OMS señala que “el riesgo de volver al confinamiento es muy real”. Y se anuncia la pandemia de la hambruna.

El Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, de la ONU, ha sido clarísimo: “Estamos al borde de una pandemia de desnutrición. El número de personas que sufren de hambre severa podría duplicarse de aquí a final de año, superando la cifra de 250 millones de personas”.

Esta hambruna global implica una mortalidad, quizás mayor que la del virus. Si no se detiene, podrían llegar a morir de hambre 300,000 personas al día.

La acción de tenaza de estas dos pandemias viene a cuestionar el diagnóstico de Yuval Noah Harari, quien sostenía que la humanidad ha superado su triple dependencia del hambre, de la enfermedad y de la guerra. Y que en este siglo, los seres humanos haríamos “una apuesta seria por la inmortalidad”.

Suena irónico en este 2020, cuando la mortalidad espanta al planeta entero. Los dos primeros azotes crónicos, el hambre y la enfermedad, parecen haber resurgido (no tan) súbitamente. El maltrato a la naturaleza produce el calentamiento global y el galope de los nuevos virus. Y estos, la caída al vacío de las economías, y con esa caída, la hambruna.

Lo más grave, y paradójico, es que la actual producción mundial de alimentos, si se hubiera distribuido con un mínimo de equidad, entre los países y dentro de cada país, habría sido suficiente para que el hambre se evapore. No habría que haber botado alimentos vencidos, Así como el virus podrá derrotarse con el avance de la ciencia, el hambre (y también la pandemia del virus) se puede desterrar con una mejor distribución de la riqueza. Lo que se inicia con sistemas de salud al servicio de todos, no solo de los que pueden pagar.

Ojalá que la tercera amenaza, la de la guerra, no vuelva y plasme. Una guerra nuclear resultaría fatal. Lanzarse a ella sería suicida para el país que lo hiciera y para la humanidad entera.

Si esta esperanza resulta fundada, si no hay guerra, los seres humanos podremos concentrarnos en buscar los recursos científicos para acabar con la expansión de los virus y los remedios redistributivos para las hambrunas. Y para detener la agresión sistemática y crónica contra la naturaleza, raíz del calentamiento global, que sigue siendo el principal nubarrón encima de nuestras cabezas.

Colofón peruano: es una muy buena noticia la del compromiso del gobierno con el Acuerdo Nacional. Ello debe servir para abordar los problemas concretos de la salud y la economía, concertando soluciones que aseguren salud para todos. O sea, construyendo Estado, como lo ha señalado Carlos Ganoza Durant en “El Comercio” de anteayer. Hagamos de la crisis una genuina oportunidad.