Para después del pandemónium

Rafael Roncagliolo

La Republica

“Las desigualdades han llegado a un nivel sin precedentes, produciendo rebeliones como la chilena, la colombiana, la francesa y tantas otras”.

Es comprensible la paranoia que ha suscitado en todo el mundo la pandemia −o mejor, el pandemónium− del coronavirus. En virtud del desarrollo explosivo de los viajes aéreos, esta es una epidemia a escala planetaria. Y su combate también se libra, tiene que librarse, a la misma escala.

Durará más o menos tiempo, pero pasará. De eso no cabe la menor duda. Y cuando haya pasado, habrá constituido otro triunfo de la humanidad sobre la naturaleza. A diferencia del pasado, la enfermedad va dejando de ser una causa principal de muertes colectivas. El coronavirus, siglos atrás, hubiera cubierto menos territorios y producido, proporcionalmente, muchos más decesos.

El progreso de la medicina es innegable. Hoy en día, la única razón por la que la salud no llega a todos los seres humanos es que ella se ha convertido en fuente de lucro, a costa de marginar a quienes no tienen la capacidad económica, o el apoyo estatal, para cubrir las ganancias que demandan la industria farmacéutica transnacional y el sistema financiero global.

Igual pasa con el hambre. La producción mundial alcanza para que no haya hambre en el mundo, pero su distribución entre los países y dentro de cada país explica que el hambre subsista en el siglo XXI. Muchos no tienen pan, mientras otros pocos botan los alimentos por prescriptos. El problema no es la falta de recursos, sino su concentración en unos pocos.

Y pasa con la guerra. La disponibilidad de armas nucleares desincentiva las motivaciones bélicas. Una guerra nuclear sería devastadora para toda la humanidad, no solo para el enemigo. Entonces no hay razones para prepararla. Lo que vuelve inútil el gasto bélico del complejo industrial–militar, como lo denominó Eisenhower. Es un gasto que equivale a muchas veces el gasto en programas de desarrollo, contra la hambruna y las enfermedades. Hoy, el género humano ya no tiene por qué seguir subordinado a la enfermedad, el hambre o la guerra.

“Orden y Progreso” es el lema positivista, que se ostenta en la bandera del Brasil. El ideal del progreso, tan caro al mundo moderno, se ha revelado alcanzable y está siendo alcanzado en estas materias sustantivas. Pero no todo es progreso. Al mismo tiempo, las desigualdades han llegado a un nivel sin precedentes, produciendo rebeliones como la chilena, la colombiana, la francesa y tantas otras.

Compárese el pánico mundial frente al coronavirus con la indiferencia que despierta un peligro mucho mayor para toda la humanidad, que es el calentamiento global, con fecha establecida: 2030. Lo que pasa es que el coronavirus ataca individuo por individuo, mientras que el calentamiento ataca anónimamente y es aparentemente invisible. Entonces, así como la industria farmacéutica se beneficia del virus, las empresas “necesitan”, a corto plazo, el calentamiento. Uno cree que puede defenderse individualmente del virus (lo que tampoco es cierto). Pero el calentamiento solo es soluble a escala global. Así, la amenaza del calentamiento resulta opaca, mientras que el virus se vuelve un espectáculo global como es el fútbol.