Mártires de la democracia

Óscar Miranda

La Republica
cusqueño. Inti Sotelo Camargo estudiaba Turismo en un instituto limeño. Tenía 24 años.

Inti amaba tanto al Perú que soñaba con recorrerlo toda su vida. Jack solo quería defender a las personas. Sus vidas apenas estaban comenzando cuando, la noche del sábado 14, cayeron abatidos por disparos policiales. Cuando la democracia los necesitó, ellos y otros cientos de miles de jóvenes salieron a defenderla. Sus asesinatos precipitaron la caída del gobierno usurpador y los convirtieron en los primeros héroes de la Generación del Bicentenario.

La noche del sábado 14 de noviembre, antes de las 7 de la noche, Quilla Sotelo (24) extendió sobre la mesa de su casa cinco pequeñas pancartas que había hecho con mensajes en contra del gobierno usurpador de Manuel Merino y le dijo a su mellizo, Inti, que no se fuera a la marcha sin llevarse alguna de ellas.

Inti eligió una con un mensaje que a él, estudiante de Turismo al que le costaba hallar un empleo bien pagado, probablemente lo tocaba personalmente: “Para ejercer mi carrera me piden certificado, título y maestría, pero para ser presidente basta ser cualquier h...ada!”.

Quilla se fue a la marcha con su enamorado y, poco después, se fue Inti. Pacha, el hermano mayor, había quedado en encontrarse con él y sus amigos más tarde, en la esquina de Nicolás de Piérola y Abancay, donde la represión policial era más fuerte.

–Antes de que saliera, escuché que le dijo a mi mamá: “Voy por mi patria”– dice Pacha. –Esa frase fue la que, después, hizo que mi madre se quebrara.

No está claro todavía cuál fue el itinerario que siguió Inti durante la Segunda Gran Marcha Nacional, en el centro de Lima. Se sabe que estuvo en la Plaza San Martín alrededor de las 8 de la noche y que allí le tomaron una foto con su celular sosteniendo el cartel que le había dado su hermana.

En la imagen, Inti lleva una casaca azul y negra, un pantalón cargo verde, sus gafas, su casco de ciclista y una mascarilla con estampado de bicicletas.

Se le ve tranquilo, muy seguro de lo que estaba haciendo, rodeado de personas que habían llegado hasta allí con la misma convicción: alzar su voz para recuperar la democracia.

Lo siguiente que sabemos es que entre las 9 y 30 y las 10 de la noche, el noble Inti, el osado aspirante a guía que trepaba montañas a la carrera, hacía puenting y recorría la ciudad en bicicleta, el chico que trabajaba como repartidor de día y que estudiaba de noche, el amante del Perú que a todos sus viajes llevaba la bandera, fue abatido brutalmente por la Policía.

Inti habría caído en el jirón Lampa, entre Nicolás de Piérola y Lino Cornejo. Uno de los jóvenes brigadistas que lo atendió dice que le preguntó su nombre y su edad tratando de que no perdiera el conocimiento. Con el pecho destrozado por un proyectil, Inti solo balbuceaba.

El brigadista cuenta que no había ambulancias cerca y que la Policía se acercaba lanzando gases, así que lo fueron cargando desesperadamente por Lampa hasta que, en la esquina con Lino Cornejo, detuvieron una minivan y le rogaron al conductor que lo llevara a un hospital.

Espantada por la violencia con la que la policía reprimió las protestas, Quilla ya estaba de regreso en casa cuando sonó el celular de su papá. Era el número de Inti. “¡Aló, Intito! Ya vente de una vez, por favor”, dijo Salvador Sotelo precipitadamente.

Quilla dice que el rostro de su padre se desencajó mientras escuchaba a un enfermero informarle que el cuerpo de su hijo había llegado cadáver al Hospital de Emergencias Grau.

La lucha de la Generación del Bicentenario por defender la democracia había cobrado su primer mártir. A la señora Luzdilán Camargo, madre de Inti, le habían quitado su sol.

–Era uno de los mejores estudiantes de la carrera– dice una de sus profesoras.

–Era una inspiración para mí y para todos– dice uno de sus mejores amigos del instituto. –Era mi cómplice en todas mis aventuras. Éramos los tres chaskis: yo era el Chaski Tacachero, Jesús era el Pepito y Jordan (Inti) era el Chaski Chocho.

–Desde los 16 años fue a las marchas– dice su hermana Quilla. –Siempre se preocupaba por lo que pasaba en el país.

–El día lunes [después de que el Congreso declaró la vacancia de Martín Vizcarra] fue el primero en ir a la plaza– dice Pacha. –Fue casi todos los días. Nos contó que la policía estaba disparando al cuerpo, que los chicos se estaban organizando.

Cuando oyeron eso, sus padres le pidieron que ya no fuera, que le podía pasar algo. A él no le gustaba escuchar eso. Él tenía sus razones. Él iba por su patria.

Sonrisa inolvidable

Cuando, a eso de las 10 y 30 de la noche, el técnico electricista Óscar Pintado escuchó en la televisión que la violencia policial contra las protestas ya había dejado un muerto, volteó a ver a su madre y le dijo: “Mira, mamá. Pobre familia. Mira lo que ha causado esta represión. Mira lo que ha hecho este Congreso”.

Pintado no imaginó que el dolor de esa familia sería, poco después, también el suyo, cuando, cerca de la medianoche, se enteró de que su hijo Jack Bryan (22), el “Enano”, el engreído de la “mamá Moraiba”, había sido asesinado por la Policía.

La vacancia de Vizcarra y la llegada al poder de Manuel Merino no había caído nada bien en el hogar de esta familia originaria de Iquitos. Pero casi nadie pensó que Jack saldría a tomar parte de las manifestaciones.

Su prima, Shantall Vertiz, dice que ella y Jack lo pensaron, pero que les preocupaba contagiar de coronavirus a la abuela.

–Parece que sus amigos lo animaron a irse porque iban a ir juntos para protegerse– dice.

Fueron algunos amigos de su barrio de Ingeniería, en San Martín de Porres, aquellos con los que jugaba Among Us y hacía rap en las bancas del parque por las noches, los compañeros con los que se encaminó al centro de Lima, a gritarle sus verdades al gobierno ilegítimo.

No tuvo una vida sencilla. Sus padres se separaron cuando él tenía tres años y mientras su papá se quedó trabajando en Yurimaguas, él se vino a Lima con su abuela paterna, mientras su madre, con un nuevo compromiso, se quedaba en Iquitos.

Nunca hubo mucho dinero en casa, pero eso no le agrió el carácter a Jack, quien era amiguero y bromista, como lo recuerdan sus amigos del Colegio José Granda y del grupo de scouts de Ingeniería.

–Tenía una sonrisa inolvidable– dice Shantall. –Siempre estaba feliz y siempre pensando en cuidar a nuestra abuela.

Hace dos años, ingresó a la Universidad César Vallejo para estudiar Derecho. Solo duró un ciclo. A la familia no le alcanzó el dinero para que siguiera estudiando. Mientras hacía trabajos eventuales como ayudante de construcción, de mudanzas, alguna vez en un camión repartidor de gaseosas, siempre pensaba en retomar los estudios.

“Hijito, ¿por qué quieres se abogado?”, le preguntó su abuela una vez. “Para defender a las personas”, le contestó él.

La mañana del sábado 14, durante el desayuno, abuela y nieto volvieron a hablar de los estudios postergados. Él le dijo que estaba decidido a volver a las aulas el próximo año.

Esa noche, diez perdigones de plomo disparados por la Policía acabaron con sus sueños. En el caos de la represión, Jack se había separado de sus amigos. Todo indica que cayó en el cruce de Nicolás de Piérola y Abancay. A Shantall le pasaron un video en el que se ve a un joven con una bandera que se derrumba por los disparos policiales. Ella está convencida de que es su primo. La emociona ver que el chico del video cae, pero no suelta la bandera. Nunca la suelta. Como los héroes de los textos escolares. Como los mártires que hacen la historia.