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Uchuraccay: 37 años después

Tragedia. Un testimonio de la incertidumbre que se vivió en los días cercanos al 26 de enero de 1983, fecha en que 8 periodistas y un guía perdieron la vida de manera cruel, en las alturas de Ayacucho. Un hecho que aún marca al periodismo y al Perú.

No serán olvidados. Jorge Sedano, Amador García, Jorge Luis Mendivil, Félix Gavilán, Pedro Sánchez, Willy Retto y Eduardo de la Piniella. Luego, serían asesinados. Falta Octavio Infante, el octavo periodista.
No serán olvidados. Jorge Sedano, Amador García, Jorge Luis Mendivil, Félix Gavilán, Pedro Sánchez, Willy Retto y Eduardo de la Piniella. Luego, serían asesinados. Falta Octavio Infante, el octavo periodista.
Carlos Castro

37 años han pasado y la herida sigue abierta. Y nunca cerrará para cada uno de nosotros y para quienes compartimos el trabajo en una redacción. Fuimos compañeros, camaradas, amigos de largas conversaciones en donde hablábamos de nuestro trabajo, pero también de ilusiones y sueños. En mi caso me tocó compartir la redacción con Eduardo de la Piniella y Pedro Sánchez en Lima, y con Félix Gavilán, desde Ayacucho.

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El diario Marka, como recordarán algunos colegas, era un periódico creado por los partidos que integraban Izquierda Unida. Eduardo era del Partido Comunista Revolucionario (PCR), que lideraba el excongresista Manuel Dammert, y cuando se incorporó a la redacción ya había realizado prensa en los boletines partidarios. Pedrito, como le decíamos a Pedro Sánchez, vino de Desco y era cercano al PSR.

La mayoría tenía una inclinación partidaria. Y como ocurría en las calles o los partidos, en Marka las asambleas eran largas e intensas. Y Eduardo, más que Pedro, era uno de los protagonistas principales. Impetuoso y enérgico. Pedro en cambio era más callado, reservado. Sus fotos hablaban por él.

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Ayacucho comenzaba a ser el escenario de muerte que Sendero había iniciado en 1980, pero también el escenario de un fuego cruzado y de violación de los DDHH por parte de senderistas y militares. Por lo tanto, Ayacucho era una de nuestras fuentes informativas. En donde casi siempre teníamos un periodista de Lima en Huamanga, además de Félix Gavilán y Luis Morales, reporteros de la zona.

Lo hacíamos porque en la capital el gobierno centralizaba la información y en muchos casos teníamos la sensación de recibirla distorsionada. Por eso realizábamos ese despliegue informativo. Tiempos después comprobamos cómo esa distorsión permitió que se ocultaran matanzas, torturas y desapariciones. Eduardo, tan pronto ingresó a la redacción, mostró interés en ir a Ayacucho. A veces tomando un café nos decía que si le permitían viajar él le haría la gran entrevista a Abimael Guzmán.

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Quería confrontarlo como periodista, pero también como hombre de Ciencias Sociales, carrera que había estudiado. No había viaje en el que no se ofreciera como voluntario. Tanto Paco Landa, jefe de redacción, como el ‘Chema’ Salcedo, director de Marka en ese entonces, se resistían y le respondían, la próxima vez irás tú. Hasta que llegó a la redacción la noticia de una nueva matanza en un poblado rural ayacuchano.

El colega designado por el ‘Chema’ Salcedo para viajar se puso mal un día antes. Comenzaron a barajar nombres y surgió el de Eduardo. El mismo Salcedo fue a buscarlo a la cancha deportiva −el fulbito era una de las pasiones de Eduardo− y le dijo lo del viaje. Ya imaginan su rostro de alegría. ¡Al fin!, le respondió al Chema. Se cumplía uno de sus sueños, ir a Ayacucho. Iría con Pedrito Sánchez.

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Sin embargo, Pedro amaneció con fiebre. Varios le pedimos que no viajara, pero ya saben ustedes cómo somos los periodistas: navegamos contra la corriente. Y así, un periodista que no estaba designado al principio y un reportero gráfico adolorido volaron hacia Ayacucho. Nunca imaginamos que no los volveríamos a ver más.

Casi al mismo tiempo Jorge Luis Mendivil y Willy Retto, de El Observador; Amador García de Oiga; Jorge Sedano de La República; Félix Gávilán de Marka; y Octavio Infante, de Noticias de Ayacucho, volaban o ya estaban en Huamanga.

Camino a Huaychao

Como todos los periodistas de Lima que llegaban a Huamanga, Eduardo y Pedro se alojaron en el hostal Santa Rosa.

La región estaba bajo control militar y se vivía un ambiente de tensión. Fue en esas circunstancias cuando se anunció que los comuneros de Huaychao, en las alturas de Huanta, habían matado a siete senderistas. Belaunde los felicitó desde Lima y pidió a todos los comuneros seguir su ejemplo. Igual hizo en Huamanga el general Noel Moral al informar de los muertos.

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Pero los periodistas dudaban de la información oficial. Hay que desconfiar del poder, decía el maestro del nuevo periodismo, Gay Talese. Y eso hicieron. Decidieron conocer la verdad con sus propios ojos. No era la única noticia que circulaba: El diario de Marka, en el despacho de uno de nuestros corresponsables, decía que la zona de Uchuraccay estaba bajo control senderista.

En parte, era verdad. Sendero había decidido instalar sus bases en el corredor de las alturas de Huanta, donde estaban Uchuraccay, Huaychao, Iquicha, Macabamba y otras comunidades. Pero si bien lograron colocar sus comités de base, no consiguieron someter a las autoridades comunales. Uchuraccay fue la primera en rebelarse cuando mataron a sus dirigentes. Asumió el liderazgo de las comunidades y decidieron combatir a Sendero. Por eso mataron a 7 miembros de SL, 4 de Huaychao y 3 de Macabamba.

En ese escenario de violencia, donde la muerte podía asomar en cualquier lugar, Eduardo y los otros colegas organizaron el viaje. Octavio tenía familia en Chacabamba, camino a Huaychao, el destino de su misión periodística.

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Partieron la madrugada del miércoles 26 de enero. Un día antes Eduardo nos hizo llegar un despacho a Marka, comentando que se alistaban a viajar a un poblado, enclavado en las alturas de Huanta, para tratar de confirmar si la noticia de la muerte de los senderistas a manos de los comuneros era o no verdad. Solo se le pidió tener cuidado. Estaban seguros de que no les iba a pasar nada, que los enemigos no eran los comuneros, que debían cuidarse de los senderistas o los militares. La confianza les daba, además, que tres de ellos hablaban quechua y uno de los tres, Octavio, tenía familia en las alturas de Uchuraccay, camino a Huaychao, a donde debían llegar. Por eso Octavio convence a su medio hermano, Juan Argumedo, para que los acompañe. Con ellos iba Severino Huáscar, campesino de Uchuraccay.

En las fotos que se toman en las alturas, mientras avanzaban, se les ve sonrientes, despreocupados, confiados, con ese rostro de buena gente que cada uno de ellos tenía. Y es que como decía Kapuscinski: las malas personas no pueden ser periodistas. Y ellos eran buenas personas. Con ideales, con sueños, con ilusiones, buscando la primicia, arriesgando su vida en busca de la verdad.

Aún no hay respuestas

A las 4 de la tarde del 26 de enero, cuando pasaban por Uchuraccay, sus sueños fueron destruidos de manera violenta y cruel. De pronto los rodeó por una turba que no entendía sus explicaciones. Que no los escuchaba, pese a que Octavio y Félix les hablaban en quechua. Las imágenes de tensión, entregando sus cosas, arrodillados algunos de ellos, captadas por Willy Retto en una demostración de valentía periodística, en los últimos instantes de su vida, revelan sus esfuerzos por hacerse entender.

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¿Qué pasó en ese momento? ¿Por qué ocho periodistas que no llevaban otras armas que libretas de apuntes y cámaras fotográficas fueron confundidos con terroristas, como dijeron después los comuneros? ¿Por qué su pedido de ser entregados a la Policía y que estuvo a punto de concretarse, según consigna la Comisión de la Verdad, no se llegó a plasmar?

Interrogantes que 37 años después siguen sin respuesta.

Los imaginamos luchando por sus vidas. Dicen que Eduardo fue uno de los que más luchó y es que era alto, fuerte y deportista. Así, sus vidas se apagaron en las alturas de Huanta, mientras en Huamanga y en Lima se esperaba su retorno y reportes.

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En Marka al no tener noticias de Eduardo ni de Pedro y tampoco de Félix comenzamos a llamar a la hostal. Igual ocurría en los otros medios, en Oiga, El Observador y La República. El viernes tampoco hubo noticias de ellos, pero para entonces, viernes por la noche, una patrulla militar llegó hasta Uchuraccay. Interrogó a los comuneros y conocieron la terrible verdad.

Sábado en Marka. Como siempre era un día tranquilo. Poca gente en la redacción. Rosa Málaga recuerda que llamó al hostal y habló con Ernesto Salas, de La República, que no había sido de la partida a la espera de un segundo taxi que no llegó. Tampoco sabía nada y solo le dijo que aguardaba información de una fuente. A medida de que pasaban los minutos crecía la angustia en Paco Landa, jefe de redacción, y en cada de uno de los periodistas.

Una llamada desde Ayacucho puso en alerta al diario. Los periodistas han desaparecido, fue el escueto mensaje. A la media hora aparecieron los carnet y las cámaras enterradas en las afueras de Uchuraccay. La redacción comenzó a poblarse de periodistas y amigos. Llegaban espantados con lo que les pudo haber ocurrido. Los minutos pasaron como una pesadilla. Alguien comentó que desde un helicóptero se habían avistado cuatro tumbas. Hasta que Paco estalló en llanto y lo supimos entonces: los habíamos perdido.

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La televisión trajo después las imágenes de espanto, que ninguno de nosotros, ni sus familiares, ni sus colegas, ni sus amigos, hubieran querido nunca saber, ¿verdad? Los habían matado a golpes, a palazos, a hachazos. Tanta crueldad. ¿Por qué? ¿Por quiénes?

Julia Aguilar, viuda del guía Juan Argumedo, contó a Marka que vio a los periodistas la mañana del 26 de enero y todos estaban entusiasmados. Incluso su esposo le pidió que preparara comida pues regresarían ese mismo día. Pero no ocurrió. Al día siguiente fue a Uchuraccay y observó a cientos de personas reunidas y pese a que la conocían igual la tomaron presa, con 12 capturados de Iquicha a quienes supuestamente iban a ejecutar por colaborar con SL.

Julia logró liberarse al día siguiente, según su relato, después de entregar a las autoridades de Huaychao, Cunya y Uchuraccay los 3 mil soles que llevaba más la hoja de coca. Cuando preguntó le dijeron que los militares los apoyaban y que les habían dado la orden de ejecutar a cualquiera que no llegue en helicóptero.

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A Lidia Argumedo, hermana de Juan y Octavio, le ocurrió igual cuando llegó a Uchuraccay. Las soltaron después que se comprometieran a no decir nada de lo que había pasado en la comunidad. Humberto, nuestro querido y recordado “Chivo” Castillo, viajó por Marka en el avión que contrató el diario La República, por preocupación expresa de Gustavo Mohme Llona y de su director, Guillermo Thorndike. En su crónica relató lo que sintió y vivió al entrar a la morgue para lavar y vestir el cuerpo de Eduardo. Cuando le preguntaron años después cuál fue la noticia que cubrió y que más le impactó, respondió: la muerte de los periodistas en Uchuraccay.

Miremos sus imágenes

Y es verdad. Ahora que vivimos contra el tiempo, hoy que las noticias se hacen desde un Twitter o desde las redes y se lanzan sin investigar, sin contexto, sin confrontar con las fuentes, hoy que los segundos parecen contar más que los hechos en las redacciones, detengámonos un momento. Miremos las imágenes de Eduardo, Jorge, Willy, Félix, Jorge Luis, Amador, Pedro y Octavio caminando en las alturas de Huanta. ¿A dónde van? A buscar la verdad. A la fuente de la noticia, del hecho. A confrontar una versión oficial. Y en esa búsqueda de la verdad entregaron su vida.

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García Márquez lo decía: Nadie que no haya nacido para eso (el periodismo) y esté dispuesto a morir por eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz. Es el ejemplo que nos dejan nuestros 8 mártires y que los periodistas, y en particular los nuevos periodistas, deben tener siempre presente.

37 años después, la herida sigue abierta. Y la verdad del crimen de Uchuraccay aún permanece enterrada en las alturas de Huanta.