Abelardo OquendoHomenaje. Crítico literario, editor y profesor universitario falleció a los 88 años de edad. Amigo personal de Mario Vargas Llosa y Luis Loayza, quienes, desde sus respectivos roles han animado a la literatura peruana.,Creo que lo conocí y lo reconocí muchas veces. Estando con él descubría siempre aspectos de su personalidad que me asombraban y admiraban. Quizá la primera vez que lo vi fue en un antiguo diario donde él trabajaba. Recuerdo verlo salir de una oficina con unos papeles en la mano. Me presenté con él y creo que desde entonces, hace ya de esto más de cuarenta años, nunca dejé de verlo con frecuencia. Siempre aprendí de sus conversaciones. Llevaba con toda naturalidad sus calladas pasiones. Su erudición, su gusto, su criterio (virtudes que señaló ayer Mirko Lauer en una entrevista en RPP) y también su humor y su serenidad se mantuvieron hasta el final. A lo largo de los años, sus conversaciones siempre fueron memorables por sus ideas sobre los libros, sobre la política pero también por las anécdotas y los personajes. Recordaba el día en el que acompañó a un grupo de poetas en el asalto al antiguo local de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas, que llenaron de papel higiénico. Una de sus historias preferidas era la de un grupo de poetas que había formado un movimiento surrealista en Lima y que pedía como examen de ingreso que el postulante declarara que era un floripondio, con una flor delante (el examen tenía lugar en la Plaza San Martín pues arrancaban una de las flores de allí). Hablaba con pasión de sus escritores preferidos, entre los que estaban Borges y Robert Walser cuyo Jakob von Gunten fue tema de una reseña. PUEDES VER Polifonía Editora presenta libros para niños y jóvenes en la FIL de Lima 2018 No se había recuperado de la muerte de Luis Loayza con quien siempre hablaba. Las conversaciones eran parte de su obra. Era un conversador excepcional por su modo de vivir. La mezcla de elegancia y de humor, de rigor y de generosidad lo hacía un modelo. Escribió muy poco pero algunas de las maravillosas piezas que escribió todavía resuenan en la memoria. Tuvo columnas magnificas en La República durante varios años. Recuerdo bien haber leído en voz alta su maravilloso prólogo a El Avaro de Luis Loayza que publicó el INC en un tiempo perdido. Algunos recordarán su antología de narradores en Alianza Editorial y su Manual de Acentuación y Pronunciación. Fue el gran asistente que tuvo Emilio Adolfo Westphalen en Amaru en los años sesenta. Colaboró en la edición de la obra de César Vallejo con su viuda Georgette. Pero su verdadera obra fue Hueso Húmero. Junto a Mirko Lauer escogió los textos, organizó los números y de vez en cuando escribió en la revista cultural más importante de los últimos tiempos. Pronto va a aparecer el número que dejó dedicado a Luis Loayza. Las grandes obras en el Perú con frecuencia son responsabilidad de pocas personas. Dos editores sostuvieron la revisa Hueso Humero, junto a un Comité de Redacción. La persistencia estuvo del lado del buen gusto y el conocimiento, virtudes que no siempre se conjugan. Enfrentado a su propio fin, plenamente consciente de todo lo que le pasaba, me dijo hace unas semanas, en una cafetería cerca de su casa, que le quedaba poco tiempo. No había ninguna señal de lástima ni sentimentalismo en su voz. Cuando lo fui a visitar un par de veces a la clínica, recordamos anécdotas, historias, personajes. Nos reímos varias veces. Tenía el coraje del humor y de la serenidad frente a su propio fin. Rodeado de su esposa Pupi, de su hija Claudia, y de sus hijos Sergio, Patricia y Abelardo, creo que tuvo una vida plena. Culto a la inteligencia Fue un habitante de Lima, por sus conversaciones. Mantuvo un culto a la amistad y a la inteligencia, lo que no siempre resulta fácil. Educado en los principios de la cortesía limeña, sin embargo, nunca se calló lo que pensaba, sobre todo si tenía que ver con su valoración de un libro. Como todo lector, sabía que la experiencia de leer era sagrada y que debía decirle a un autor lo que pensaba de su obra, por más amigo que fuera. Nos ha dejado un legado que es el de la lealtad, la autenticidad, como formas de la amistad. Su humor nunca cejaba. Alguna vez me contó que había participado en una antología de los peores poemas peruanos. Cuando se había encontrado con uno de ellos, había dicho: “Este ni como malo es bueno”. Escribo estas líneas con el apuro de la pena y de la nostalgia, cuando vienen muchas imágenes y voces suyas juntas. Conociéndolo creo que no hubiera aprobado que se escribiera sobre él. Siempre quiso ocultarse en una zona de rigor. Toda vida es única y singular pero las de las personas queridas y admiradas parecen más especiales que las de otros. Creo que su forma suprema del placer era la lectura, pero cuando la vista le fue fallando se dedicó con pasión a la música y descubrió compositoras modernas como Sofía Gubaidulina. Peter Elmore me escribe un mensaje a propósito de Abelardo diciendo: “En este momento las palabras fallan y sin embargo es lo único que uno tiene”. Es lo único que tenemos y es los que nos deja Abelardo Oquendo. Palabras, gestos, imágenes. Una manera de leer el mundo aspirando solo a lo mejor. Qué ejemplo y cuantas lecciones para todos nosotros, que nos quedamos de pronto sin él.