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Crimen y política, por Mirko Lauer

"La protesta ciudadana no ha recomenzado porque todavía son pocos días de gobierno. Pero los hampones están avanzando más rápido que los políticos, los policías y los militares"

crimen
Mirko Lauer

Se va decantando la relación entre crimen y política. Desde que el tema llegó al primer puesto de la preocupación ciudadana, los gobernantes se han vuelto, unos más que otros, responsables del fenómeno. Antes el país les llevaba la cuenta en base al acceso popular a la canasta básica. Hoy lo que mide es el número de muertos y las balas disparadas.

Las dos cosas han aumentado exponencialmente. Unos lo atribuyen al negocio de la droga enquistado en un hampa norteña que lo estaba esperando. Otros mencionan la llegada de olas de delincuentes de Venezuela y Colombia, entre otros. También se alude al deterioro de la capacidad policial del país. Son tres factores que no se contradicen, y más bien se potencian.

El crimen empezó a colmar la paciencia de la población después del 2021, en el periodo de los ministros chicha de Pedro Castillo y los presidentes que le siguieron. Robo en los ministerios, asesinatos en las calles y corrupción en la policía. Fue cuando la delincuencia violenta empezó a expandirse y a especializarse. De la droga a la minería ilegal, del asalto al azar a los cálculos de la extorsión.

Los golpes espectaculares y los paros del transporte bajo fuego le empezaron a costar la cabeza a ministros, pero eso solo sirvió para poner en evidencia la mediocridad del alto personal del Estado peruano, y para atizar la furia política de los medios y las redes. El crimen organizado se volvió la espada de Damocles de la política, y el pan con mantequilla de las campañas electorales.

Eso es lo que ha llegado hasta la presidencia de Keiko Fujimori. El crimen violento está igual que ayer, y acaso peor. La protesta ciudadana no ha recomenzado porque todavía son pocos días de gobierno. Pero los hampones están avanzando más rápido que los políticos, los policías y los militares. Los extorsionados y los muertos se están acumulando, y nada indica que el fujimorismo va a cambiar las cosas.

El secuestro de Trujillo se ha ido revelando como un guion de farsa teatral, mientras las autoridades van esperando que las cosas se calmen. Ninguna de las hipótesis se sostiene. Una suerte para los gobernantes que El Niño esté a la vuelta de la esquina. Pero con Niño o sin él, los criminales siguen disparando contra las unidades de transporte, llenas de pasajeros o no.

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