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"Estados Unidos (con Trump) ya no es un socio confiable para la democracia", advierte el expresidente estadounidense del Diálogo Interamericano Michael Shifter

"Con más de 40 años estudiando la relación entre Washington y la región, el expresidente del Inter-American Dialogue advierte que la falta de coherencia y lealtad de Estados Unidos hacia sus aliados debilita su rol como garante democrático en América Latina.

Michael shifter
El reconocido analista estadounidense participó del congreso nacional de estudios internacionales | La República | Marco Cotrina

- Hace dos años usted escribió que, con Marco Rubio como secretario de Estado, América Latina dejaría de ser el tema secundario que ha sido tradicionalmente. ¿Cómo ha afectado el rol de Trump en este segundo gobierno a las democracias de América Latina?

- Bueno, yo creo que para este gobierno de Trump, de Trump 2.0, a diferencia del primer mandato, hay un cambio dramático. No se puede comparar el primero con el segundo. Está muy claro que la democracia no es un interés, un tema prioritario; ha pasado a segundo plano, o ha desaparecido. Si uno analiza la Estrategia de Seguridad Nacional que salió a fines del año pasado, hay una serie de temas de interés: narcotráfico, seguridad, migración, China. Pero no aparece democracia ni derechos humanos, que tradicionalmente han sido, por lo menos, temas de alguna importancia tanto para administraciones demócratas como republicanas. El impacto de esto es dar, de alguna manera, luz verde a regímenes y gobiernos más autoritarios para actuar sin ninguna presión, sin ninguna preocupación, por lo menos, de parte de esta administración de Estados Unidos.

- ¿Cómo describiría esta reanudación de la doctrina Monroe en Washington?

- No recuerdo un momento en el que haya habido tanta actividad de Estados Unidos en América Latina en los casi 50 años que llevo estudiando las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. La lista es muy larga: México, Cuba, Venezuela, Colombia, Argentina, Brasil, Ecuador. Lo que hemos visto en este último año y medio de esta administración plantea la pregunta de si hay una estrategia, un plan, una coherencia detrás de este conjunto de acciones. Obviamente hay un interés en proyectar fuerza, poder, dominación en la región; el uso de la coerción y de lo militar, algo nuevo con este gobierno. Pero si esto realmente significa una estrategia bien pensada, con consecuencias y objetivos de interés nacional claros —tanto para Estados Unidos como para América Latina— es otro tema. Ya llevamos varios años de gobierno de Trump y hemos visto muchas idas y vueltas; no queda clara la estrategia, ni siquiera para sus aliados temporales, porque también hemos visto que sus aliados pueden serlo por tres días y al cuarto ya no. Lo vemos, por ejemplo, en la relación de Estados Unidos con Israel, pero también en los vaivenes de los aranceles con Canadá, con México.

- ¿Cómo afecta esta falta de coherencia a la estabilidad democrática de la región?

- Yo creo que con el presidente Trump no hay previsibilidad; no se puede predecir lo que va a pasar. Hay cambios muy bruscos, es muy impulsivo, reacciona ante las circunstancias. Si hay una persona que le dice "presidente, ¿por qué no haces esto?", es muy capaz de cambiar de posición, de cambiar de decisión. Entonces Estados Unidos no es un socio confiable en ese sentido. Alguien me preguntó si alguna vez lo ha sido, y mi respuesta es que sí, hay un espectro: ha sido más confiable que ahora. Siempre ha habido dudas sobre hasta qué punto Estados Unidos es totalmente confiable, pero con este presidente, con un gobierno muy personalista, muy arbitrario en sus decisiones —y los aranceles son un ejemplo muy claro de esto— no hay lealtad ni siquiera hacia los aliados más cercanos. Él es capaz de aplicar castigos, sanciones, aranceles, si le da la gana, sin respetar los límites ni las reglas. Está violando muchos de los tratados que se han hecho con Perú, con Colombia, con México, con todos. Con razón hay muchos gobiernos preguntándose hasta qué punto pueden confiar en Estados Unidos. Para el tema democrático, creo que va a ser cada país y sus fuerzas políticas las que determinen la fortaleza institucional democrática, porque Estados Unidos no es, en este momento, un socio muy confiable para fortalecer la democracia. Lo digo con mucha pena: parece que se ha prescindido de los valores democráticos para dar paso a una protección —ya veremos de qué manera y qué tan eficiente— de la seguridad interna y transnacional de los países de América Latina.

- ¿Por qué cree que América Latina ha ganado prioridad ahora para Washington?

- Uno se pregunta por qué, y creo que es porque la seguridad significa proteger el territorio de Estados Unidos, proteger la nación: es el "America First". Ese es el gran tema, y la seguridad entra en esa lógica. Pero la pregunta es con qué estrategia, cómo abordar el tema de seguridad.

- En el Perú ya se han aprobado nuevas bases, y algo similar ocurre en otros países de la región. ¿Puede esta militarización generar mayores problemas para la democracia?

Me parece un tema preocupante. Ya sabemos que la historia de intervención militar unilateral por parte de Estados Unidos, sobre todo en Centroamérica y el Caribe —menos en Sudamérica— tiene una historia poco feliz. Creo que hay riesgos crecientes de violaciones de derechos humanos, con una tendencia a militarizar operaciones que en realidad son temas de law enforcement, temas que pertenecen a la policía. Hay mucha criminalidad en América Latina y también en Estados Unidos, pero hay distintas formas de abordar ese tema. La eficacia es muy importante, pero hay que combinarla con el respeto a las normas democráticas y a los estándares de derechos humanos. Ese es el riesgo, a mi juicio.

¿Podrían las guerras por proxy que hemos visto en Medio Oriente trasladarse a escenarios latinoamericanos?

Yo creo que América Latina es muy distinta. Todo el fenómeno de Irán e Israel me parece muy particular de Medio Oriente. Pero sí creo que podría militarizarse todo y hacerse operaciones conjuntas con fuerzas estadounidenses y fuerzas de países latinoamericanos. Eso podría complicar mucho el escenario de estabilidad regional, no solamente en algunos países, sino cruzando fronteras, creando una dinámica preocupante.

En el Perú, el puerto de Chancay reavivó la competencia con China. El entonces embajador Brian Nichols dijo que Estados Unidos demostraría ser el principal socio del Perú frente a China. ¿Cree que ese conflicto puede seguir escalando?

Sí, claro. No se equivocó, a pesar de que ideológicamente no comparte la misma visión de Donald Trump. Yo creo que Perú es tal vez el país latinoamericano donde esa competencia entre las dos superpotencias, China y Estados Unidos, está más presente. En otros países existe el tema, pero en Perú está muy fuerte, por Chancay y por la presencia y el papel que ha jugado China en la economía peruana durante muchos años; esto no es algo reciente. Y claro, el puerto de Chancay genera ese gran interés. Creo que es un gran desafío para el gobierno peruano cómo va a manejar y navegar esa relación. Es posible, y ojalá se maneje bien: China es un socio fundamental para Perú y para otros países de la región, pero Estados Unidos también. Estados Unidos tiene mucho que ofrecer, está cooperando mucho en materia de seguridad, en narcotráfico; eso también es un tema para Perú, y la cooperación es importante, porque Perú no puede solucionar ese problema solo. Me parece bien que Estados Unidos esté apoyando y cooperando con Perú en esa materia, pero creo que hay roles y áreas que corresponden a distintos actores. Lamentablemente, Estados Unidos no ha mostrado, para mí, suficiente interés en invertir en grandes proyectos en América Latina. Y Perú necesita grandes proyectos, importantes para la economía peruana, y lo mismo otros países de Sudamérica, como Brasil y Ecuador. China tiene una estrategia, un interés, una disposición; entonces lo está haciendo, y eso es algo que Estados Unidos debería reconocer, entender y aceptar como la situación real de países como Perú. Creo que hay oportunidades tanto para Estados Unidos como para China, y espero que la administración Trump empiece a entender que no debería obligar a escoger entre uno u otro. Perú, junto con otros países de la región, quiere maximizar relaciones en distintas áreas con ambas superpotencias y también con otros socios: Japón, India, Europa. Vivimos en un mundo multipolar; esta es la nueva realidad. Estados Unidos y China son los dos grandes, pero hay otros poderes que están ganando fuerza y protagonismo en distintos temas económicos y comerciales en el mundo.

¿Cree que Trump pueda moderarse si pierde el Congreso en las elecciones de medio término?

Yo creo que va a perder, por lo menos la Cámara baja, y tal vez el Senado también. Él es muy impopular, ha perdido mucho apoyo en Estados Unidos, sobre todo por el costo de vida; la gente está muy frustrada, muy ansiosa, con mucha rabia. Y la guerra de Irán ha sido un fiasco para él, para Estados Unidos y para el mundo, para la posición y la reputación de Estados Unidos. Creo que ha perdido mucho con esa guerra, que fue un cálculo muy equivocado del presidente Trump en febrero. Ahora, si esto significa que Trump va a moderarse, no creo que él sea capaz de eso, pero sí podría empezar a tener ciertos límites y frenos sobre su actuación, al tener un Congreso que asuma el papel que le corresponde, como está en la Constitución: el primer artículo de la Constitución es del Congreso, no del Ejecutivo. Lamentablemente, a mi modo de ver, en estos primeros dos años de Trump el Congreso no ha cumplido su función. Creo que esto podría cambiar después de las elecciones de medio término en noviembre, por lo menos en una Cámara y tal vez en las dos, con investigaciones, audiencias, debates, porque el presidente Trump, en el caso de Irán por ejemplo, ha actuado sin consultar al Congreso, sin que este lo cuestione. Creo que esa dinámica podría cambiar, y sería muy saludable que cambiara a partir de noviembre.

¿Cómo describiría el estado actual de organismos multilaterales como la OEA frente a esta nueva dinámica de Washington?

Con respecto a América Latina, en toda mi carrera, que lleva más de 40 años, nunca he visto la región más fragmentada. Cada país va por su cuenta, busca alianzas y socios propios, toma decisiones sobre cómo abordar los temas de su agenda nacional. Creo que el multilateralismo está en un momento muy difícil, muy complicado, precisamente porque multilateralismo significa actuar de manera coordinada, colectiva, trabajar conjuntamente. Lamentablemente, tanto en América Latina como en el mundo en general —en Europa un poco menos— hay mucha fractura, mucha fragmentación, a pesar de que en América Latina hay muchos gobiernos con una tendencia de derecha, como se ha visto en las últimas elecciones. Aun así, no veo gran consenso ni grandes oportunidades de acción colectiva coordinada. El multilateralismo sufre por eso. Ha habido pruebas de multilateralismo que no han estado a la altura de los desafíos; Venezuela es un ejemplo muy claro: hubo una crisis venezolana y, al final, Estados Unidos tomó las riendas, hubo una intervención en violación de la Carta de Naciones Unidas y del derecho internacional para sacar a Maduro del poder. Esto refleja la incapacidad y la falta de acción de mecanismos multilaterales como la OEA para actuar antes de que Estados Unidos interviniera. La crisis del multilateralismo no empezó con Trump; venía de antes, había un desgaste, un deterioro, pero se ha agravado y acelerado con Trump. Creo que hay que inventar algo nuevo: las estructuras creadas después de la Segunda Guerra Mundial a nivel internacional, y la OEA también —que fue creada en 1948 en Bogotá, Colombia— tienen que crear nuevas formas de multilateralismo, de cooperación. Ese es el gran desafío; hay que ser muy creativo e imaginativo en este contexto, porque las actuales instituciones no están cumpliendo su función de manera adecuada.

¿Cree posible una intervención de Estados Unidos en Cuba en los próximos meses?

Con el presidente Trump cualquier cosa es posible; sería tonto descartar cualquier escenario. Dicho esto, no creo que sea lo más probable; a mí me sorprendería, porque sería muy riesgoso para Cuba y también para Estados Unidos. La administración piensa en sus propios intereses, y en Cuba no hay una figura equivalente a la oposición venezolana que pueda asumir el poder. ¿Quién gobernaría Cuba si Estados Unidos decidiera intervenir militarmente? ¿Quién asumiría esas funciones?

¿Marco Rubio?

Pero ya tiene suficientes cargos; no va a ser presidente de Cuba. ¿Y con quién trabajaría? ¿Va a mandar a toda la diáspora cubana de Miami a tomar el país? Yo creo que esto es más complicado, más riesgoso, que lo de Venezuela. Venezuela fue una situación mucho más compleja: había una oposición con experiencia tratando con empresas internacionales, con China, con europeos, y Estados Unidos jugó con eso; hubo una preparación previa para una eventual transición tras Maduro. Ese escenario no se puede duplicar en el caso cubano.

En el caso venezolano incluso hubo negociaciones en Catar.

Así es. En el caso cubano no se ve nada parecido todavía.

Muchos jóvenes sienten que la democracia no les ha traído beneficios tangibles. ¿Qué les diría usted? ¿Vale la pena seguir defendiéndola?

Es cierto que en muchos países —el mío incluido, Estados Unidos, que ahora entra también en esa categoría más amplia— los gobiernos democráticos no han dado resultados, no han sido eficaces. Creo que todo el mundo, no solo los jóvenes, valora mucho los resultados: en materia de seguridad, económica, social. Entonces la democracia tal vez fue mal vendida: no es la solución mágica que va a resolver todos los problemas de la gente. Es un marco, un marco de valores, de límites al gobierno, de respeto por los derechos civiles y los derechos humanos, y dentro de ese marco hay que aplicar políticas públicas que resuelvan los problemas. Creo que a veces hay una confusión sobre lo que es y lo que no es la democracia en sí misma. El desafío es que hoy el líder más popular en América Latina es Nayib Bukele, y todos quieren ser otro Bukele, todos quieren "bukelizar" el país.

En el Perú, usted sabe mejor que yo, hay mucha gente que habla en esos términos, constantemente.

Pero eso presenta un enorme reto para los gobiernos que todavía son democráticos, donde hay contrapesos, donde hay Estado de derecho, para tener políticas públicas de seguridad más eficaces. El ejemplo de Bukele debería obligar a esos gobiernos a mejorar, porque lo que se ha documentado en El Salvador son muchas violaciones. Bukele tiene poder absoluto; es casi un dictador en El Salvador. Ya puede reelegirse indefinidamente, no hay contrapesos.

¿Cuál es la diferencia con Ortega en Nicaragua?

En esos aspectos, objetivamente, no hay mucha diferencia. Obviamente está solucionando, o ha solucionado hasta ahora, un problema que preocupaba mucho a los salvadoreños: el homicidio y la inseguridad en el país. Ha mejorado, nadie lo niega. Se puede preguntar si eso es sostenible, si va a continuar. Pero la gran pregunta es a costa de qué, porque el costo ha sido enorme. Y ya sabemos, por la historia de América Latina y del mundo, que los regímenes no democráticos generan violaciones masivas de derechos humanos y represión contra la libertad. Creo que los jóvenes y la gente de América Latina siguen valorando y apreciando eso; no es que no lo aprecien, es que además quieren eficiencia y eficacia. El reto es cómo combinar ambas cosas. Creo que es posible, no es fácil, pero ese es el desafío que enfrenta la región, el mundo, y el propio Estados Unidos, porque un régimen autoritario de una sola persona —sea Bukele, Ortega, Trump o Hugo Chávez— no funciona en el mundo moderno. Hay que tener coordinación con otros actores democráticos: el Congreso, las cortes, la sociedad civil, los medios independientes, la prensa, como La República. Eso cumple una función fundamental en una democracia.

El ministro de Justicia del Perú pidió a la presidenta reformar el sistema interamericano de derechos humanos, alegando un exceso de funciones de la justicia supranacional. ¿Le parece sensata esa medida?

Para mí, el sistema interamericano de derechos humanos es muy importante, y hay que protegerlo, hay que defenderlo. Eso no significa que no tenga problemas, que no se haya equivocado; hay decisiones erradas, no acertadas. Pero es el único sistema de jurisprudencia que existe en las Américas, y dentro de la OEA ha sido su parte más valiosa. Si hay que hacer reformas, hay que hacerlas, y trabajar para que funcione mejor. Pero retirarse, debilitarlo o terminar con ese sistema sería un grave error, porque ha logrado muchas cosas muy importantes a lo largo de los años. He conocido en mi carrera a profesionales muy comprometidos con los derechos humanos, que toman su trabajo en serio, que no son políticos sino gente comprometida con valores. Me parece importante que tanto Perú como otros países de la región sigan formando parte del sistema, e intentar hacer correcciones y reformas si hay problemas. Se puede reformar, se puede mejorar siempre el sistema interamericano de derechos humanos. Pero la solución no es salir, retirarse, debilitarlo o terminarlo, porque su historial ha salvado muchas vidas en situaciones muy complejas a lo largo de muchos años, y eso es importante mantenerlo.

Se celebraron 25 años de la Carta Democrática Interamericana, firmada aquí en Lima el 11 de septiembre de 2001, el mismo día de los atentados en Estados Unidos. Estuvieron presentes Colin Powell, el canciller Diego García Sayán y hasta Hugo Chávez, que la firmó. ¿Qué reflexión le merece ese aniversario en el contexto actual?

Creo que en otras partes del mundo se ha leído ese documento, la Carta Democrática firmada en esta ciudad, en un día terrible para Estados Unidos y para el mundo por los atentados. Es importante recordarlo cuando se abren discusiones sobre retirarse de este sistema. Si hay problemas, hay problemas; hay que mejorar, hacer reformas, proponer y trabajar en eso. Pero no abandonar.

 

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