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Opinión

Morir de amor: Alfredo Bryce Echenique, por Eduardo González Viaña

El gran escritor peruanohizo una literatura con la que podía identificarse cualquier persona. El humor, la inteligencia y la ironía eran componentes centrales de su poética, pero ninguno tan importante como el amor.

Alfredo Bryce Echenique. Foto: Difusión.
Alfredo Bryce Echenique. Foto: Difusión.

Aprendí a reír fingiendo cara seria todas las veces que leía a Alfredo Bryce Echenique. Hablando en serio, es mejor que diga que conocí un poco más el Perú gracias a este gran escritor porque, en su descripción de nuestra sociedad, juntó el dolor y la ternura como un humor formidable que es la forma más encantadora de conocer el Perú.

Los suyos eran siempre personajes entrañables marcados por una sensibilidad extrema y también una valiente forma de enfrentar un mundo en el que se mezclan la nostalgia con el desarraigo, y todo el tiempo el humor.

Una vez Alfredo escribió que “dan ganas de cantar, mientras se lee a González Viaña”. Y, al recordarlo este día, me dan ganas de aprender a cantar; lo intentaré.

“Morir de amor

Morir de amor

Despacio y en silencio sin saber

Si todo lo que he dado te llegó a tiempo

Morir de amor

Que no morirse solo en desamor

Y no tener un nombre que decirle al viento”.

Hay varias melodías con este título. Charles Aznavour, José Luis Perales, Miguel Bosé y Antonio Aguilar, entre otros, la han interpretado, pero para mí tiene un especial significado en esta nota sobre Alfredo.

Con él nos hicimos grandes amigos en el París de fines de los 70. Alfredo vivía en una calle con un largo mercado y yo solía visitarlo por lo menos una vez por semana.

¿El motivo? Ambos éramos fanáticos admiradores de ese maravilloso género musical llamado bolero. Creo que esa melodía, con sus letras románticas y su ritmo lento, contiene toda la tristeza de América Latina. Además de contarme mil veces la historia de su inventor José “Pepe” Sánchez, autor de “Tristezas” en 1883, Alfredo Bryce Echenique era propietario de la más fabulosa colección de casetes de boleros.

Fallece el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique a los 87 años

Una tarde, habíamos convenido en que yo entrara a su departamento cuya llave iba a encontrar bajo la esterilla de la puerta. Así lo hice. Entré provisto de dos botellas de vino y, de inmediato, me puse a escuchar un bolero de la Sonora Matancera.

Pensaba que Alfredo estaba fuera y que no había nadie en casa, pero me equivocaba. Por un quejido ahogado, me di cuenta de que alguien estaba padeciendo de un dolor temible. Era mi amigo.

Corrí hacia él, pero entre sus frases entrecortadas me pareció entender “llama a Julio Ramón.”, y así lo hice. Felizmente, lo encontré de inmediato y lo que me dijo me pareció estar encerrado en un mundo de narradores. ¿Tiene fiebre?, me preguntó. “Sí, y muy alta”, respondí.

“Alfredo está muriendo de amor”, me dijo, y me recomendó darle una aspirina.

En no sé cuántos minutos, salí a comprar aspirinas, preparé un té y le hice engullir una de ellas con el líquido caliente.

“Morir de amor

Despacio y silencio sin saber

Si todo lo que he dado te llegó

A tiempo

Morir de amor

Que no morirse solo en desamor

Y no tener un nombre

Que decirle al viento”.

¡Santo remedio!

En unos minutos, el enfermo se recuperó y me reveló que, en efecto, yo lo había salvado de morir de amor… Luego vino la historia más asombrosa que yo hubiera escuchado en toda mi vida, pero no la voy a contar.

Solamente debo confesar que eso me hizo saber que Bryce, además de genial escritor, era el mejor narrador oral que he escuchado. Y que nunca más podré estar frente a él.

Suelo contar que Mario Vargas Llosa me dio el mejor consejo que un joven escritor (tenía yo 23 años) puede recibir. “Si quieres aprender a escribir, escribe”, me dijo y yo seguí su consejo. En vez de recluirme en cafés literarios en los que se habla de escribir, pero no se escribe, he escrito al menos una página por día. En cada 365, alguna al menos debe salir buena.

A mí, Alfredo Bryce me enseñó a reír mientras se escribe o se lee, sin que nadie se dé cuenta. ¿Reírse de qué o de quién? … De uno mismo. Así, a mí, por ejemplo, nunca me faltará motivo de diversión.

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