
Existen obras creadas por el ser humano tan monumentales que es fácil olvidar el precio que se pagó para hacerlas realidad. El Canal de Suez, la vía fluvial de 160 kilómetros que conecta el mar Mediterráneo con el mar Rojo, es una de esas grandes hazañas de la ingeniería que transformaron el comercio mundial.
Detrás de la proeza técnica y del constante paso de gigantescos buques se esconde una historia mucho menos conocida: la de cientos de miles de egipcios que excavaron el canal con sus propias manos, antes de que su país perdiera el control de la obra pocos años después de su inauguración. ¿Cómo ocurrió este giro de la historia? Así fue una de las mayores paradojas de la era industrial.
Todo comenzó en 1859, cuando el diplomático francés Ferdinand de Lesseps dio inicio a las obras en el lugar donde hoy se encuentra Port Said, con la autorización del virrey de Egipto. El objetivo era tan ambicioso como revolucionario: atravesar el istmo de Suez para unir el mar Mediterráneo con el mar Rojo mediante un canal navegable. La construcción se prolongó durante una década, entre 1859 y 1869. Sin embargo, en pleno desierto no existía suficiente mano de obra, por lo que las autoridades egipcias recurrieron a una solución que tendría un enorme costo humano.
El virrey decidió emplear la corvée, un sistema tradicional de trabajo obligatorio que hasta entonces obligaba a los campesinos, conocidos como fellahs, a participar temporalmente en el mantenimiento de los canales del Nilo. Esta práctica fue transformada en la base del gigantesco proyecto. Decenas de miles de hombres fueron reclutados por decreto y enviados, sin remuneración, a excavar la arena bajo un sol abrasador. Durante años, interminables filas de trabajadores abrieron paso, pala en mano, a una obra que terminaría convirtiéndose en una de las rutas marítimas más importantes del planeta. El contraste entre la magnitud del proyecto y los métodos utilizados resulta tan llamativo como revelador.
Las condiciones de trabajo fueron extremadamente duras. Se estima que entre 1859 y 1862 unos 400.000 campesinos participaron en las obras y que decenas de miles murieron durante la construcción. La falta de agua potable, las epidemias de cólera y los accidentes derivados del extenuante trabajo manual fueron algunas de las principales causas de esas muertes. No tardaron en surgir denuncias que calificaban estas condiciones como una forma de trabajo cercana a la esclavitud.
Aun así, las cifras deben interpretarse con cautela. Durante décadas se habló de 120.000 fallecidos, una estimación popularizada años más tarde por el presidente Gamal Abdel Nasser, aunque no existen registros históricos que permitan confirmarla. Lo que sí está documentado es que el número de víctimas fue elevado.
Resulta llamativo que las principales críticas al uso del trabajo forzoso no provinieran de la sociedad egipcia. Gran Bretaña cuestionó el empleo de esta mano de obra obligatoria, mientras que el Imperio otomano presionó para detener las obras. Como consecuencia, los fellahs fueron sustituidos de forma gradual por trabajadores extranjeros, entre ellos griegos, italianos y dálmatas. Al mismo tiempo, el proyecto dio paso a una importante mecanización mediante dragas de vapor, capaces de excavar mucho más rápido que el trabajo manual.
Cuando el Canal de Suez fue inaugurado en 1869, se convirtió de inmediato en un símbolo del poder y la expansión europea. Sin embargo, para Egipto la obra representó una pesada carga financiera. El gobierno había contraído enormes deudas para financiar su participación en el proyecto y los intereses crecían sin descanso. Lo que prometía impulsar la economía nacional terminó por agravar la crisis del Estado.
En 1875, asfixiado por las deudas, Egipto se vio obligado a vender sus acciones en la compañía del Canal de Suez al gobierno británico para obtener recursos. En apenas unos años, el país que había aportado gran parte de la mano de obra y soportado el mayor sacrificio humano perdió el control de una de las rutas comerciales más estratégicas del mundo. La ironía era evidente: quienes habían hecho posible la obra nunca llegarían a beneficiarse plenamente de ella.
La idea de unir el mar Rojo con el Mediterráneo era mucho más antigua que el proyecto de Lesseps. Ya durante el reinado del faraón Sesostris III, alrededor del año 2000 a. C., existía un sistema de canales que conectaba el mar Rojo con el delta del Nilo. Sin embargo, el canal moderno marcó una diferencia fundamental: el control de esta infraestructura estratégica terminó en manos de potencias extranjeras.
Durante décadas, el Canal de Suez fue escenario de disputas internacionales. Solo en 1956, cuando Gamal Abdel Nasser decretó su nacionalización, Egipto recuperó el control de esta vía de navegación. Su relevancia no ha disminuido con el tiempo. En 2015 fue ampliado para facilitar el tránsito simultáneo de buques y responder al creciente comercio marítimo mundial.
El Canal de Suez continúa siendo una de las mayores obras de ingeniería de la historia, pero también un recordatorio de que el progreso suele tener un elevado costo humano. Detrás de cada barco que atraviesa sus aguas permanece la memoria de los miles de trabajadores que hicieron posible una construcción que cambió para siempre el comercio internacional.





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