El camino inca escondido en el pueblo de Copamaya

Inigualable. Recorrido es por una hilera rocosa de 20 centímetros de ancho. Desde la cima se pueden observar andenes y castillos de piedra.

4 Dic 2017 | 0:21 h

El centro poblado de Copamaya, ubicado en el distrito de Ácora (Puno), esconde un camino inca poco difundido. El único letrero que anuncia su existencia está en un muro de concreto y dice: “Bienvenidos al Valle Escondido de los Incas”. 

La República se trasladó hasta ese poblado, a 33 kilómetros de la ciudad de Puno. A minutos de llegar a la zona, desde la carretera solo se puede apreciar farallones inclinados con pendientes de hasta doscientos metros de altura.

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Antes de iniciar el camino, se tiene que recorrer un pasaje de tierra. A medida que se avanza, uno ingresa a un valle de eucalipto cuyo aroma acompaña todo momento. “Sigan nomás. El camino los va a llevar”, aseguró en aimara un pastor con la amabilidad que caracteriza a los hombres de la zona.

No hay señalización. Solo hay que seguir pequeños senderos marcados con el paso del tiempo. No hay forma de perderse. Entre la vegetación hay viviendas rústicas donde residen los campesinos con sus animales. A medida que se camina uno se encuentra rodeado de enormes rocas. 

Cuando se llega al punto de inicio del camino inca, se nos presenta una vista panorámica de todo el centro poblado de Copamaya. Estamos a una altura de 100 metros desde lo alto de farallones. Desde esa cima se puede avistar una enorme sábana verde, que son parcelas de cultivos.

En Copamaya se produce papa, quinua, entre otros productos altoandinos. La mayoría se dedica a la crianza de ganado vacuno y ovino. Solo abandonan sus campos los domingos para participar de diversas ferias dominicales en diversos pueblos. El resto de la semana los campesinos están exclusivamente dedicados a actividades agrícolas.

MIRADA ESPECTACULAR

El camino inca arranca con el ascenso de unas gradas talladas en una pendiente rocosa. Luego continúa por una hilera de adoquines de piedras bien colocados sobre una pendiente rocosa de más de 200 metros de altura. Una mala pisada podría condenar al viajero al abismo. El caminante tiene que usar su equilibrio para mantenerse firme y no tambalear. El ancho del camino es de 20 centímetros.

La aventura culmina casi en la copa de los farallones. Desde lo alto la vista es espectacular. Se puede divisar la isla de Taquile, Amantaní, Puno, y la península de Chucuito. También se aprecia castillos de piedras juntos a andenes 

El antropólogo José Medina refiere que el camino fue usado por las primeras culturas que se asentaron en el altiplano. Se subían a lo más alto  para divisar el desplazamiento de los españoles con el propósito de conocer su destino. Añadió que el lugar es ceremonial porque los jefes incas miraban el horizonte para poder saber el desarrollo de la agricultura. 

El lugar falta ser promocionado. La única vía se encuentra en mal estado. Pese a que hace diez años los campesinos pusieron su cuota para colocar el letrero, al lugar al mes no llegan más de tres turistas. 

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