Pisco renace mientras sana de las heridas que dejó el terremoto

A 10 años de la tragedia. Aunque el sismo de 7.9 grados todavía duele, hay avances en la reconstrucción de infraestructura urbana y viviendas. La provincia no olvida a sus seres queridos que partieron, pero mira al futuro. En algunos sectores, los inmuebles nuevos conviven con casas de esteras y madera.

13 Ago 2017 | 6:10 h

El Cementerio General de Pisco, desde del terremoto de hace diez años, guarda más que restos humanos. En sus pasajes empolvados, entre esculturas fracturadas y mausoleos de tiempos ya idos, viven la memoria y la nostalgia, las lecciones por aprender, el mandato de levantarse.

Las tapas de las tumbas antiguas —como la de Pedro G. Ramírez, fallecido en 1936— yacen rotas sobre la arena, abandonadas como vestigios de una época que ya no existe.

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A unos pocos metros, cubiertas de flores, se encuentran decenas de lápidas con una fecha que nadie olvida: 15 de agosto del 2007. Una de ellas es la de Margarita Farfán. En su epitafio, en letras doradas sobre una superficie negra, al lado de una rosa muerta, se lee un mensaje que por años fue una esperanza colectiva: "Que la palabra de Dios sea la luz que te alumbre en medio de las tinieblas del mundo (…) y ayudes a tu Pisco querido a renacer de los escombros".

Durante estos días, por los mecanismos propios de la evocación, ese deseo retorna como parte de un recuerdo lejano, o como una herida que todavía palpita, según la experiencia de cada quien.

El sismo de 7.9 grados, que inició a las 6:40 de la tarde mató a 383 personas en Pisco y a 212 en las demás regiones afectadas: 595 en total. Y en quienes resistieron la destrucción, además de la obligación de sobrellevar la tristeza, quedó el gran desafío de resurgir.

El renacer de la ciudad

La recuperación es evidente en el centro de la ciudad, donde se destruyó el 80% de las viviendas. La Iglesia San Clemente, ubicada en la Plaza de Armas, ha sido reconstruida, ya casi no se ven casas de adobe, las vías están asfaltadas y los comercios han vuelto a su rutina.

Los llamados "muros de la vergüenza", que cubren los terrenos que siguen llenos de escombros, se encuentran todavía por todo el casco urbano, como parte de la vista cotidiana. Los lugareños ya casi no reparan en ellos, salvo para explicar su origen a los visitantes desatentos.

La mayoría ignora que nacieron con el nombre de "cercos dignos", porque para algunos era prioridad maquillar el desastre, y que costaron S/ 3.5 millones.

El alcalde provincial de Pisco, Tomás Andía Crisóstomo, dice que el 80% de la ciudad se ha recuperado del terremoto. En la última década, añade convencido de su propio éxito, se ha logrado llevar agua potable y saneamiento al 85% de las familias, mientras que el 70% ya tiene pistas y veredas.

Juan Mendoza, que ocupó el mismo cargo durante la tragedia, tiene cifras similares, pero añade que se ha restaurado y ampliado la infraestructura educativa y de salud. "Pisco ha avanzado", es su diagnóstico.

El lento y postergado renacer de Pisco, sin embargo, no solo se mide en cemento. No empezó ni terminó con los programas de vivienda que motivaron varias denuncias, ni con los visos de corrupción que todavía hoy indignan a los pisqueños. Inició al llorar y enterrar a los muertos, al procurarles reposo.

Cuando ocurrió el terremoto, Jimmy León Espino tenía 27 años y era cambista. Hoy está casado, tiene un hijo de siete y una pequeña de cinco. Con ellos vive en la vieja casa de la calle Augusto B. Leguía, que antes compartió con su abuela, su hermana, su papá y su mamá.

A sus niños les ha contado que esa tarde perdió a 50 familiares que se habían reunido en la iglesia San Clemente. Les ha contado que allí se oficiaba la misa de su tío difunto y que tuvo que buscar cadáveres y sobrevivientes entre las ruinas. Le ha dicho que no fue fácil, pero que ya es tiempo de avanzar.

"Después de diez años, uno logra aceptar la realidad. Al comienzo es difícil, penoso, pero uno tiene que poner de su parte y mirar la vida hacia adelante", asegura Jimmy al observar la tumba de su madre, Martha Espino.

Sus ojos enrojecen, la voz se le quiebra, pero no llora. Se calma, respira, se limpia el rostro y retoma su relato pausado, muy sereno, para la magnitud de su desdicha. "Estamos tratando de recuperar la alegría", agrega. Y habla de sus proyectos, de su intención de tener una empresa, de sus hijos, que hoy son su futuro.

"Va pasando, va pasando. Ya no se ve mucha gente por acá. En 2008, 2009... hasta 2011 se hacían misas aquí, pero la gente va superando su dolor", dice Luis Fuentes Ochoa, que en los últimos 26 años ha trabajado en el cementerio general en distintos momentos.

En los primeros meses de 2008, Luis y sus colegas reubicaron los restos de 8.600 personas de los pabellones antiguos. Los cadáveres habían salido "volando", las tapas se rompieron y en algunos casos no hubo manera de identificarlos. La memoria también fue dañada por el terremoto.

El caso Alto El Molino

Cuando la tierra tiembla, los hombres del mar se alejan de la costa. "Mi tío acababa de llegar de pescar, estábamos por preparar la cena cuando empezó el movimiento. Pensamos que iba a ser algo pequeño, pero luego empezaron los gritos", recuerda Rosa Jorges, que entonces tenía 19 años, cuatro meses de embarazo y un hijo de un año.

Las aves, que duermen en la orilla, emprendieron el vuelo bullicioso. "Si esas aves vuelvan, algo pasa", pensó Rosa, que vivía en la zona de Leticia-Sabatinga, cerca de la playa. Por eso tomó al pequeño Manuel y empezó a correr para alejarse del mar, hacia la parta alta de la ciudad, hasta que llegó al sector que hoy todos llaman Alto El Molino.

Se instaló donde pudo, con miedo por las réplicas que se hacían notar. "Nunca tuve tanto frío como esa noche, no me voy a olvidar. Había sacado una manta de mi hijo. Lo envolví. Me quité la chompa, se la puse. Mi cuerpo sentía la vibración del frío. Pensaba que me iba a morir", relata.

Al día siguiente, cuando su familia volvió a Sabatinga, no encontró nada. Nada de lo que conocía, por lo menos.

"El agua se llevó todito. No había nada, absolutamente nada. No sabíamos dónde quedaban nuestras casas. Estábamos perdidos. No teníamos a dónde ir ni a donde regresar", recuerda Rosa, que hoy vive en un módulo al que accedió por un fondo de vivienda.

Acceder a ese beneficio tampoco fue sencillo, ni rápido. Cinco años después del terremoto, en 2012, obtuvo su título de propiedad, pero la construcción de su casa inició recién en 2014. Vivió casi siete años entre esteras, plásticos y palos, siete años que ella llama de abandono.

Armando Legua también llegó a El Molino desde la primera noche y con el tiempo se convirtió en una suerte de dirigente entre los damnificados. "Había pulgas, ratas, hasta culebras. Esto era un basural. ¡Por la desesperación nos habíamos instalado en un basural!", recuerda.

Según Legua, al inicio fueron 820 familias las que llegaron a este sector, que nació como "Nuevo Pisco". Otro grupo huyó desde la playa hacia el distrito de Túpac Amaru Inca. "Parecía un éxodo. Eran miles de personas escapando del mar", coincide Andía Crisóstomo, entonces alcalde de esa jurisdicción.

Hoy, Alto El Molino tiene 1600 familias, que ocupan unas 25 hectáreas, 22 de ellas reconocidas como formales. Sus residentes, que llegaron como damnificados, ahora tienen pistas, veredas, plazuelas, alumbrado público y un puesto policial.

En algunas calles todavía se encuentran zanjas y desmonte, pues se ha iniciado la instalación de gas natural. En la empresa a cargo del proyecto trabaja Ronald Schultz Becerra, uno de los héroes anónimos del terremoto.

El "Loquito", como se le conoce, es recordado por haber rescatado a 28 personas de la iglesia San Clemente. Los vecinos cuentan que ingresó al templo entre los escombros sin siquiera llevar una mascarilla, motivado tal vez por su valentía desmedida o su insensatez conmovedora.

En Alto El Molino, como en varios otros sectores de la provincia, se nota que Pisco después del terremoto se ha convertido en una ciudad de contrastes marcados.

Frente a la playa, o en medio de cualquier calle recién asfaltada, inmuebles nuevos y modernos conviven con casas de estera o de madera, habitadas por personas a las que el sismo aún les duele.

Claves

  • Conexión. Después del terremoto, en Pisco se construyó un aeropuerto que busca incrementar el turismo en las regiones del sur.
  • Tren. El gobierno de Pedro Pablo Kuczynski ha propuesto construir un tren de cercanías que una Huacho y Pisco, pero hasta hoy no se conocen los detalles del proyecto.
  • Problemas. La inseguridad es uno de los problemas de la provincia. Solo tiene 38 serenos y 110 policías.

595 muertos: la consecuencia de no prevenir

  • El terremoto del 15 de agosto del 2007 fue uno de los más devastadores registrados en el Perú. Más de 434 mil personas resultaron damnificadas, 93 mil viviendas quedaron destruidas o inhabitables. En total, en las cinco regiones afectadas se contaron 595 muertos y más de dos mil heridos.
  • La región Ica fue una de las más afectadas. En Pisco, 11 mil viviendas fueron destruidas y más de 59 mil personas quedaron damnificadas. Templos, hospitales, hoteles, locales públicos y vías de resultaron afectados.
  • Estudios posteriores al terremoto indican que al menos el 70% del territorio de Pisco terminó "licuado", es decir, que ha perdido firmeza y es menos seguro para las edificaciones. La mayoría de casas se ha reconstruido en los mismos terrenos donde se desplomaron.

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