Pachi Valle Riestra

La vida en equilibrio

Sus veintes fueron una montaña rusa. Sus treintas, una invitación a la estabilidad. Sus cuarenta aún los vive y estuvieron marcados por una lesión a la rodilla. La bailarina presentará por tercera vez La vida del equilibrio, obra que escribió basada en sus propias fragilidades.

Redacción LR

Lunes, 6 de Noviembre del 2017

La casa de Pachi. Un departamento miraflorino acogedor. Cruces mexicanas de distintos tamaños enmarcando una pared, cojines inmensos para echarse a dormir una siesta interminable, una alfombra empeluchada color carmesí, velas encendidas, un gato que ronronea. Nada se sale de la línea, todo está en su lugar, aunque ella diga que su casa está desordenada.

¿Es el equilibrio?

Pachi Valle Riestra cumplirá 49 años este jueves y el pretexto de esta visita, que ha interrumpido un día de trabajo académico –está cursando una maestría en Artes Escénicas en la Católica– , es la próxima presentación de La vida del equilibrio, la obra que ha escrito y dirigido, y que tiene que ver con el paso del tiempo y el inevitable devenir del cuerpo.

¿Pero es la entrada a los cincuentas la edad del equilibrio? Su casa dice que sí.

 

El devenir

 

El tema de esta conversación será la edad, que pesa tanto para un futbolista como para una bailarina, y ella lo es. Como lo sabe todo el mundo, además de ser jurado en el Gran Show desde hace diez años, Pachi es una profesional de la danza moderna, graduada en Nueva York, que inevitable e insoportablemente tuvo que parar en seco su carrera, hace tres años, por una lesión.

Fue una artrosis severa en la parte interna de la rodilla derecha que la llevó hasta el quirófano. Y del quirófano se fue directamente a la cama. Estuvo postrada tres meses, todo el primer mes en posición horizontal, inmovilizada como una Frida.

Nunca fue más consciente de su cuerpo que en esa época. Fue el dolor el que le habló, y la lenta recuperación fue un aviso del tiempo.

"Un cuerpo joven tiene más capacidad de recuperación", dice Pachi.

Si tiene que extrañar algo de sus gráciles veintes es tener salud como un cheque en blanco. Extraña de esa edad esa capacidad para destruir el mundo en la noche y seguir a la mañana como si nada, ese tiempo en que “te desmadras, sientes en extremo, tienes curiosidad por todo –dice la bailarina–. Digamos que hoy mis límites se han acortado”, agrega sin derrotismo, con inteligente aceptación.

Pachi aprendió dos cosas tras la lesión. Le repite a sus alumnos de danza no dejar una lesión sin tratar más de dos semanas, y que cada edad deja una huella diferente en el cuerpo. Y de aquí proviene su obra, el pretexto de esta visita.

 

La rebeldía

 

Pachi es una heterodoxa. Lo sabemos desde que Magaly Medina ventiló su sexualidad en señal abierta.

Eran los comienzos de este siglo y fue la primera bisexual señalada que encaró a la pacatería limeña en una entrevista en vivo. Junto a Bibiana Melzi, pareja con la que ha regresado hace poco, dijo: Sí, soy lesbiana ¿y? Y ahí se terminó la comidilla.

Es heterodoxa, además, porque prefirió la danza contemporánea al encorsetado ballet clásico, en el que todo está planteado:

"Lo que me enganchó de la danza contemporánea fue ser parte de una creación que empieza desde cero, fue el jugar y el experimentar", dice la bailarina, y aparece en escena su gata Uchu.

Y es heterodoxa, también, porque no es el estereotipo de la bailarina que se sacrifica hasta la locura en nombre de la perfección como la protagonista de El cisne negro.

"La danza requiere disciplina, el cuerpo debe entrenar contínuamente, debe estar apto y hábil para comunicar, pero nunca he sido alguien a quien le gusta sufrir", agrega y vuelve a la lesión.

"En ese momento no sabía que iba a estar tan limitada", dice, rulosa.

Ignoraba que debía bajarle las revoluciones a su vida. Pero solo un poco. Hoy, ya no puede subirse a una combi y solo se moviliza en taxi. Si va al banco y tiene que hacer cola, lleva un banquito porque no puede mantenerse tanto tiempo en pie.

Al borde de los cincuenta, la levedad ha dado lugar al peso: "Podría dañarme de maneras en las que no podría recuperarme rápidamente", agrega Pachi. Pero en esto no hay dramas. Durante los días que estuvo en cama siguió creando.

Valle Riestra ha dirigido y sido coreógrafa de ocho obras de danza. Presentaciones nada ingenuas, por si alguien piensa que el espectáculo del baile se restringe a los movimientos del cuerpo.

La danza también comunica. De pichangas y muñecas (2013), por ejemplo, fue una crítica a los roles de género que la sociedad suele imponer a hombre y mujer.

En Corpus Breve (2009) exploró la fragilidad del cuerpo y hasta la muerte: "Es verdad que somos maravillosos, pero no somos eternos, no vamos a estar aquí siempre", dijo en una entrevista. En ese momento su lesión a la rodilla ya le mandaba señales de desgaste. Y aquí sí hablamos del pretexto de esta visita: La vida del equilibrio.

 

La caída

 

Tres mujeres vestidas de rojo que se despiden de los treintas, la etapa en que la vida parece compaginada, la edad de la fortaleza física, la madurez y la experiencia, la edad del equilibrio, dicen.

Fue así como Pachi vivió los treintitantos, así es como los recuerda.

Hay tomates, que son "un símbolo de los frutos que se cosechan en esta época", dice. "Pero conforme transcurre la obra y nos empezamos a cuestionar cuánto tiempo puede durar ese equilibrio, de repente, esos tomates nos aburren, nos aprisionan".

Hay una mordida, manos exprimiendo los tomates, mujeres hartas.

Es el comienzo del desequilibrio que nos recuerda que siempre hay que dudar de la armonía porque como una torre de Jenga, ¡pum!, se puede venir abajo.

Son los treintas.

Pachi ha explorado esta edad a partir de su experiencia y la de las tres bailarinas que intrepretan su obra: Ana Brito, Carola Robles y Cory Cruz, algunas de ellas compañeras del grupo Cuatro costillas flotantes.

"Pero lo del equilibrio es algo muy personal. A esa edad mi carrera estaba encaminada, estaba en el pico de mi profesión, pero fue mi experiencia. No voy a generalizar. No pretende dar un discurso como si yo conociera cuál es la verdad de la vida", deja sentado Pachi mientras David Bowie nos mira desde un rincón de la sala. Tiene un arte en acrílico que cubre toda una pared y que le regaló un artista fan suyo.

Es querida.

La vida... es la segunda pieza de una trilogía incompleta.

Este viaje a través de la danza por las etapas de la vida de las mujeres empezó con Tita y Lola, Lola y Tita, que exploró los veintes.

Y las mujeres, aquella vez fueron dos, una vestida de fucsia y la otra de negro, una representaba la intensidad, la ilusión, la energía de los veinte, y a la otra, la inestibilidad, la incertidumbre, el temor.

La tercera obra, que aún está pendiente, será con mujeres entrando a los cincuenta. Será como ponerse un espejo, es el presente de Pachi.

Por lo pronto, La vida... se presentará por tercera vez desde que se estrenó en 2016, del 16 al 19 de noviembre en el Teatro Ricardo Blume. Las presentaciones del verano fueron profondo para los damnificados del Niño Costero.

"El proyecto tiene que ver con mujeres hablando con sus cuerpos", apunta Pachi.

Y el cuerpo habla de diversas formas. "Desafortunadamente uno percibe más su cuerpo cuando hay dolor pero también sentimos el cuerpo cuando hay placer", agrega.

La bailarina entrará a los cincuenta solo con una certeza: "¿Qué me dice el cuerpo?, pues me dice que no me quede quieta, la velocidad será otra, pero no debo dejar de moverme. Eso sí, debo darme mucho bienestar, mucho placer".

¿Serán los cincuenta la edad del equilibrio?

¡Quién sabe! El secreto será revelado en la última entrega de su trilogía. Pachi se despide. Su gato Botas la mira escéptico.

Lo que más añoro de los veintes es la capacidad de regeneración que tiene el cuerpo a esa edad. A los treintas sentía que la vida estaba compaginada, pero esa fue mi experiencia. No es que conozca la verdad de la vida.

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