Ariadna Castellarnau

“Los europeos no podemos darnos el lujo de ser nacionalistas”

Escritora y periodista cultural. Su novela Quema ganó el VI Premio Las Américas de narrativa que concede el Festival de la Palabra de Puerto Rico.

Gabriela Wiener

Domingo, 15 de Octubre del 2017

En Quema, la novela de Ariadna Castellarnau, cualquiera de las escenas extremas de ruina y desemparo de ese futuro hipotético podría encontrar su correspondencia en el presente. Escribir un libro de ciencia ficción posapocalíptica parece algo oportunísimo en estos momentos. “Es cierto que últimamente las distopías han aflorado, como siempre que hay crisis gordas”, me dice Ariadna, que recuerda que después de la II Guerra Mundial apareció 1984 de Orwell y Fahrenheit 451; o tras la crisis del petróleo del 73 y Margaret Thatcher, surgieron los más grandes: Ballard, Burgess o Moore. Ariadna ya ha vivido unas cuantas veces el fin del mundo, o al menos de su mundo. Se fue de España cuando su país clausuraba una época, la de la gran bonanza y empezaban las vacas flacas. Vivió en Buenos Aires hasta que llegó Macri. Hace pocos meses volvió a Cataluña, en medio de una de las más graves crisis de su historia. “Bueno, también podrías pensar que país que abandono, país que se hunde”, dice divertida. Quema se escribe con el dedo encendido en la hoguera, con Cormac McCarthy susurrándole al oído frases bellas y brutales, con amor por lo que queda de nosotros. La escritora argentina Mariana Enríquez ha dicho que Castellarnau “escribe sobre el fin como si lo conociera”.

¿Qué sabes tú del final de todo, Ariadna? ¿Cómo has aprendido a contarlo?

Qué pregunta difícil. En realidad saber, lo que se dice saber, no sé nada. El fin del mundo es un gran recurso narrativo. Creo que nos gusta imaginarlo y consumirlo porque es catártico, del mismo modo que son catárticas las películas de terror. La vida se vuelve más real (no sé si mejor, pero sí más real) después de un buen baño de sangre televisivo o literario.

¿De dónde surge Quema?

Fue surgiendo de a poco, alimentado por otras lecturas. De todos modos nunca pensé en contar el fin del mundo, lo cual me parecería muy pretencioso o demasiado bíblico para mi gusto. Me interesaban mucho más las relaciones humanas en un contexto de total carencia (no de pobreza, sino de carencia absoluta, de nada, de tierra arrasada). Lo que me rondaba por la cabeza mientras escribía era: ¿qué queda de lo humano cuando todo lo material que nos rodea y nos da contexto desaparece? El foco está puesto en las relaciones de pareja, de padres e hijos, de comunidad y lo que quede de ellas cuando el anclaje material desaparece.

¿Cómo trabajas con la realidad? ¿Podrías contarme cuál es el mecanismo íntimo por el cual haces que algo tuyo o del mundo se convierta en ciencia ficción?

Quema es totalmente autobiográfico. Crecí en una zona agraria, donde la gente suele quemar los rastrojos de los campos (una práctica que siempre me pareció incomprensible y muy peligrosa, por cierto). En mi familia, sin embargo, quemábamos ropa y muebles viejos. Éramos rarísimos. En vez de regalar las cosas que no usábamos, mi madre hacía una pira con ellas y les prendía fuego. No me preguntes por qué.

¡¿Por qué?!

He tratado de pedirle explicaciones de adulta y no he tenido éxito. De todos modos cuando empecé a escribir el libro, tardé mucho en asociar las piras de Quema con las piras de la vida real. No fue hasta más tarde (cuando ya tenía el libro hecho) que me di cuenta de dónde había salido todo. Es increíble cómo funciona el inconsciente, borrando recuerdos bochornosos y haciéndolos aflorar después, a traición.

Hay una nueva generación de escritoras argentinas que escriben sobre lo inquietante, lo terrorífico, también lo distópico, como Mariana Enríquez, Samanta Swchelbin o Selva Almada. ¿Te sientes parte de este grupo o te sientes más cerca, quizá, de autoras españolas como Laura Fernández o Marina Perezagua?

Me gusta mucho lo que hacen Perezagua y Fernández, pero creo que me siento más cerca de las argentinas. Hay algo del orden del lenguaje en ellas que me llama y también de la sensibilidad, quizás porque empecé a escribir ficción en Argentina y no en España. Lo inquietante, fantástico y terrorífico tiene además una enorme tradición en Argentina y aunque yo no trabajo sobre contextos reconocibles (como hace Mariana, por ejemplo, que es una cronista maravillosa de la ciudad) sí es verdad que algunas cosas de las que escribo tienen que ver con el fantástico rioplatense. Esto al principio me causaba bastantes complejos, porque me sentía una intrusa, como si por ser española tuviera que escribir sí o sí sobre la guerra civil. Después, leyendo justamente a escritoras como Perezagua o Laura Fernández, me di cuenta de que era una tontería.

¿Cómo ves el conflicto catalán desde tu vuelta a casa?

Lo que veo es que el independentismo ha corrido el foco de las luchas sociales, de la lucha por los derechos y la igualdad. La idea de República, si no se acompaña de un proyecto concreto, para mí no vale. Yo quiero una república socialdemócrata, con una redistribución justa de la riqueza, con proyectos sociales que garanticen igualdad de género, acogida para los inmigrantes… Cuando escucho las consignas catalanistas me acuerdo de esa frase poco afortunada del héroe patrio argentino y peruano, San Martín: "Seamos libres que lo demás no importa nada".

Hablas catalán y un español porteño, tienes una pareja y una hija argentinos, y ahora más que nunca te rodean el nacionalismo español y el catalán, en sus facetas más intensas. ¿De dónde eres?

Mi hija es argentina y ahora, desde que hemos vuelto a Barcelona, está en una crisis de identidad tremenda porque se da cuenta que está perdiendo su acento (lo que para un argentino puede significar una catástrofe). Yo le digo que puede hablar como yo, que soy una mezcla horrorosa y no pasa nada. La pureza a mí me asusta, me parece sospechosa, le huyo. Así que me gusta pensar que no soy de ningún lado en particular.

¿Cómo visualizas una hipotética república catalana, en plan distópico?

El conflicto catalán no da para distopía, es tan decimonónico que a lo sumo te da para una novela histórica. No se puede hacer una distopía con el nacionalismo. No después de la II Guerra Mundial. Una gran distopía sobre el nacionalismo es Si esto es un hombre, de Primo Levi. Sinceramente creo que los europeos no podemos darnos el lujo de ser nacionalistas.

"Mi hija es argentina y ahora, desde que hemos vuelto a Barcelona, está en una crisis de identidad tremenda porque se da cuenta que está perdiendo su acento (lo que para un argentino puede significar una catástrofe)”.

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