Mi hijo en la tele

11 Abr 2020 | 6:06 h

Los casos de niños entrando en reuniones, directorios o clases vienen ocurriendo sistemáticamente en todo el mundo

Esta semana hacía un informe en vivo para la televisión cuando mi hijo menor se coló al aire. Debió oírme hablar con un tono más alto del habitual y quiso saber qué pasaba. Entró a cuadro con absoluto descaro, preguntándome con quién estaba conversando y, por unos segundos, fue parte de la transmisión.

Por supuesto, no es la primera vez que algo así ocurre. El caso más famoso de un despacho casero interrumpido le pasó a Robert Kelly, un profesor estadounidense que hablaba sobre Corea del Sur en una entrevista para la BBC cuando, uno tras otro, con una coordinación propia de un sketch humorístico, a sus espaldas irrumpieron sus hijos e, intentando cazarlos en felino salto, su esposa. La escena se viralizó de inmediato y se ha incorporado a la cultura pop de las redes sociales.

Unos días antes que yo, la periodista Ana Trelles —buena amiga mía— vivió un episodio semejante. Ofrecía su testimonio a un programa periodístico cuando su hijo la buscó, se sentó en sus faldas para pedirle que lo sacara al parque y se enfadó porque le dijeron que no se podía. El último caso le ocurrió a Renato Cisneros — otro buen amigo mío— que despertó a su hija mientras conducía su programa para la radio. Tuvo que abrazarla en vivo, pedir permiso para salir unos segundos, dormirla de nuevo y recién volver. Los tres vivimos en Madrid, donde los departamentos son pequeños y los pequeños siempre están cerca.

Estos incidentes no son más que una minúscula muestra de un fenómeno que viene ocurriendo en todo el mundo desde que la emergencia sanitaria por el coronavirus nos obligó a refugiarnos en nuestras casas y trabajar a distancia. Los casos de niños entrando en reuniones, directorios o clases vienen ocurriendo sistemáticamente en todo el mundo.

Detrás de estos episodios anecdóticos se esconde el cambio de un paradigma que nos rigió hasta ahora, que establecía una drástica separación entre la vida privada de la profesional. Antes, las actividades y problemas que ocurrían en la oficina no debían contaminar las casas y viceversa. Las facilidades tecnológicas empezaban a difundir el teletrabajo cuando el Covid-19 llegó para universalizarlo y ahora todos debemos aprender a que ambas convivan. Y a tomar con naturalidad las simpáticas interrupciones de nuestros hijos, que no dejarán de ocurrir.

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