Las universidades D.C. (después del coronavirus)

Las universidades tienen que volverse más locales que internacionales y ayudar a nuestra sociedad, esa sociedad donde vivimos día a día. Debemos crear conciencia.

Columnista invitado
10 Abr 2020 | 2:54 h

Por: Miguel Hadzich

Todo cambió de un momento a otro y todavía no nos recuperamos del golpe. Estamos viviendo la pandemia del coronavirus encerrados en nuestras casas, en cuarentena. Cuando esto pase el mundo ya no será el mismo, todo será diferente y todo debe cambiar.

Y son las universidades, como cerebro del pueblo, las que deben de cambiar más rápidamente para que las nuevas pandemias no nos encuentren con las defensas bajas. Las universidades que continúen haciendo lo mismo están condenadas a la obsolescencia y morirán rápidamente. Tenemos que reinventarnos, tenemos que repensar el futuro, ese futuro incierto e impredecible.

Los alumnos no serán los mismos. Hay que estudiar, trabajar y pensar diferente. Las nuevas tareas deben de ser grupales e interdisciplinarias. La juventud de hoy quiere estudiar lo que quiere, lo que le conviene, lo más rápido posible y con rebeldía, pero usando tecnología de última generación. Son diferentes.

Los profesores no serán los mismos. Los jóvenes se sentirán a gusto con las herramientas y metodologías de enseñanza virtuales, mientras los profesores viejitos (divididos por el virus en vulnerables o no) tenemos que volvernos consultores, porque la tecnología ya nos ganó.

Las autoridades no serán las mismas. Ahora tienen la gran responsabilidad de reprogramar el futuro porque ya no pueden pensar en retomar la vida anterior; deben pensar en cambiar todo, y rápido, pues no sabemos lo que vendrá ni cuándo.

Las clases deberán ser virtuales en la mayoría de los casos y los alumnos solamente tendrán que asistir a clases para trabajar en los laboratorios o escuchar directamente charlas magistrales de sus profesores, cada cierto tiempo.

Las tesis deberán dedicarse a temas del futuro y del presente que sean rápidos, reales, inteligentes y amigos del medio ambiente. Eso es parte del trabajo de los profesores también, por lo que los nuevos profesores másteres y doctores deberán abrir sus ojos y ver el bosque en vez de los árboles, deberán reconocer los problemas globales y enfocarse en los locales. No hay otra posibilidad.

El currículo de los cursos debe ser actualizado rápidamente, si no quedará rezagado con respecto a la velocidad de cambio del mundo, no solamente en la forma sino también en el fondo. Reinventemos las carreras.

Las investigaciones no serán las mismas, las prioridades han cambiado. Las transferencias tecnológicas, tan ridículamente atrasadas en el Perú, deben ser lo primero en darse. Deben priorizarse las investigaciones básicas en salud y tecnología.

Los rankings universitarios perderán notoriedad y credibilidad y deberán crearse nuevas formas de medir el desarrollo de las universidades pero con sostenibilidad, resiliencia y regeneración como paradigmas. No compitamos por competir. Adiós a los papers que no sirven, a los temas en los que somos últimos en el universo académico, a los doctores que saben tanto de tan poco. Es hora de hacer realidad nuestras investigaciones amontonadas en tesis y proyectos que podríamos usar para sobrevivir. Por ejemplo, los respiradores artificiales que recién estamos construyendo, cuando teníamos la tecnología dormida hace muchos años.

Las universidades tienen que volverse más locales que internacionales y ayudar a nuestra sociedad, esa sociedad donde vivimos día a día. Debemos crear conciencia en las nuevas generaciones sobre preservar nuestros recursos naturales, amar la naturaleza, no contaminar más y si es posible ser solidarios con el planeta. Nada de esto nos enseñan hoy en las universidades.

Aquí la innovación real –no la teórica- será la que mande y decida la supervivencia de muchas universidades y muchas sociedades. ¡Es un gran reto!

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