Envejecer

Maruja Barrig
15 Jul. 2019 | 06:09h

“Ella era bella” repetía a quien quisiera escucharlo en ese cóctel el ex colega calvo, gordo y mal trajeado de una amiga. Ella apenas superaba los 60 años y era una guapa e interesante mujer, que había optado por la jubilación temprana. Fue a una reunión social de su antiguo empleo y reencontró viejos colegas. Uno de ellos, a quien veía después de unos años, era el impugnador de su apariencia actual pues, al asegurar que “había” sido bella, negaba que lo siguiera siendo. Con qué cara este individuo decrépito me decía que fui bella, se quejaba. Y tenía razón, seguía siendo bella. Pero hasta en envejecer salimos perdiendo las mujeres.

Son varios los desafíos de las mujeres que envejecemos. Las de sectores populares aparentan 20 años más de los que tienen por las penurias de origen y las actuales, en un trabajo mal pagado y explotador. Las clasemedieras, si seguimos trabajando fuera de casa o no, transitamos entre la dieta, el pilates y el botox. Troquelados, afloran todos los mandatos de género en las mujeres de tercera edad. Si estamos emparejadas, aprendimos que al marido lo juzgarán por la esposa que exhiben. Si andamos por nuestra cuenta y creemos que nos queda tiempo de merecer, Simone de Beauvoir, en su libro “La Vejez”, sofocó esas expectativas al afirmar que la condición de objeto erótico, asignado culturalmente a las mujeres, opera en contra de ellas cuando envejecen: “A los ojos de todos, una mujer de 70 años ha cesado de ser un objeto erótico” dictaminó, argumentando que un hombre joven quizá podría desear a una mujer lo suficientemente grande para ser su madre, pero nunca a una que pudiera ser su abuela.

No pasa lo mismo con los hombres. Ellos pueden ser barrigones y dejar que las canas afloren de su nariz. Si están solos y no tienen muchos recursos que ofrecer, buscarán una contemporánea que los acoja, esbozando a futuro una situación que denominaríamos “Pásame el papagayo”, pues esperan que alguien los cuide en la intimidad, a medida que siguen envejeciendo. Pero si en medio de esas decadencias tienen activos bancarios y un buen pasar, ellos pueden hasta comprometerse con una mujer 30 años menor. A la inversa imposible. El sociólogo Pierre Bourdieu opinó que una mujer que se empareja con un hombre más joven o más bajo de estatura que ella, es criticada socialmente porque desafía la proyección de la imagen patriarcal: el hombre tiene que ser más alto y mayor, para proteger a las mujeres.

Pero algunas herramientas aún nos quedan para nivelar este desigual terreno. En “Ceremonia del Adiós”, por ejemplo, Simone de Beauvoir detalla el deterioro de su amante Jean Paul Sartre, desde que él cumplió 65 hasta que murió, diez años después en 1980. La proyección de esta pareja de intelectuales, cuya amistad amorosa persistía pese a – o gracias a– las libertades amatorias más de él que de ella, se resquebraja con la vejez. Simone describe el empecinamiento de Sartre en seguir fumando y bebiendo pese a la prohibición médica; sus devaneos con otras mujeres, pues siempre fue un “mujeriego”. Cómo torpemente se volcaba la sopa sobre la ropa al cenar; cómo se orinaba, incontinente, en calles y restaurantes. O amanecía tirado sobre la alfombra de su departamento, sin recordar cómo se había dormido ahí. No son imágenes tiernas, son impúdicas. El recorrido por la vejez de su hombre exuda rencor. Y hasta cierta justicia poética, hay que decirlo.