Al día siguiente

Jorge Bruce
17 Jun 2019 | 0:25 h

"El desafío es el de favorecer la integración, entender los nuevos vínculos y bajarse del podio de los privilegios"

Cuando el lector tenga a bien leer estas líneas, el Día del Padre será periódico de ayer. Habrá pasado sin pena ni gloria, en mi opinión. Siempre ha sido una versión disminuida del Día de la Madre. El del padre fue propuesto en los EEUU, según la versión en Internet de la revista Time, en la misma época que el de la madre. A inicios del siglo XX, 1908 en un caso, 1910 en el segundo. Pero mientras que “Mother’s Day took off like a rocket, Father’s Day took off like a rock.” (Mientras que el Día de la Madre despegó como un cohete, el Día del Padre despegó como una roca). Esto dice Ralph LaRossa, autor de The Modernization of Fatherhood (La Modernización de la Paternidad).

En 1914 el presidente Wilson declaró oficialmente el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre. Fecha que fue adoptada en nuestro país. En cambio, el padre debió esperar hasta Nixon, en 1972, para ser oficialmente proclamado. Nuestra inveterada vocación de colonia nos llevó a seguir los pasos del gran vecino del norte. 

Más allá de esos datos históricos, lo que se evidencia hoy es que esos días en que se celebran vínculos familiares están cuestionados por la aparición de nuevos modelos de relación, así como de avances tecnológicos. Desde el matrimonio o la unión homosexual, hasta la fecundación in vitro, pasando por el poliamor y sin olvidar la paternidad irresponsable, esos tronos que parecían inamovibles, no cesan de agrietarse.

Con el añadido de que las personas que no encajan por algún motivo en esos modelos tradicionales se hacen escuchar cada vez más. Por ejemplo, el caso de ese niño en una institución preescolar en donde no dejaron venir a su madre en representación de su padre ausente. Las redes sociales recogieron el legítimo reclamo y la cruel discriminación no pasó desapercibida. Siendo el suscrito un representante de la paternidad tradicional -con el añadido que llevo el mismo nombre de mi padre y mi abuelo-, nunca me he sentido tan consciente como hoy del peligro de excluir a millones de personas que eligen modelos alternativos. El peligro de hacer sufrir a otros, de carecer de empatía por lo que están sintiendo, de no aceptar que el mundo ha cambiado de manera irreversible. El desafío es el de favorecer la integración, entender los nuevos vínculos y bajarse del podio de los privilegios. Con una sonrisa, de preferencia.

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