A desinfectar (también) los canales

Marco Sifuentes

@larepublica_pe

05 Abr 2020 | 5:34 h

“Rating que ha vuelto a llegar a niveles altísimos, gracias a un público literalmente cautivo. Rating que no les sirve para nada porque nadie en su sano juicio está invirtiendo un sol de publicidad”.

Hay reporteros y reporteras valientes que están en la calle todos los días, jugándosela para concientizar al televidente de clase media sobre la sobrevivencia precaria de muchos compatriotas en estos momentos. Hay productores siguiendo el rastro de los malos funcionarios que podrían aprovechar la emergencia –como tantas veces ha ocurrido– en desmedro de la ciudadanía. Hay conductores en los sets intentando transmitir calma y sensatez a su angustiado público.

Todos ellos existen y están haciendo una labor admirable, pero aislada. Lamentablemente, lo que parece ser más común son los reporteros que le meten el micro acusador –sin desinfectar– a una señora que salió el día que le toca a los hombres (la señora iba abrir su puesto de mercado). O la que pecha a un indigente en la calle por no llevar mascarilla. O los productores que deciden dedicar horas de horas a reforzar –en vez de cuestionar– el estereotipo machista de que solo las mujeres saben hacer la compra. O los que le suben el volumen a los enervantes tambores de guerra que han elegido como soundtrack de su cobertura de la pandemia. O la conductora que hace un show lacrimógeno porque un policía le pide documentos.

Por culpa de ellos, el viernes la principal tendencia en Twitter Perú fue #PeriodistasASusCasas. Injusto para los del primer párrafo, preciso para estos.

Pero en un nivel más bajo están los programas de “espectáculos”. Con la industria que fagocitan paralizada, se han dedicado al espectáculo de su propia miseria. Uno transmitió un enlace “en vivo” en el que el alcalde de Bellavista “capturaba” él mismo a una pareja que violaba la cuarentena. Todo falso. Otro, promociona “jugos” que te “inmunizan” contra el virus. Otro, a una empresa que vende pruebas rápidas al margen de las que realiza el Estado. Ese mismo, también incitó a que los vecinos de Pamplona abandonen sus casas –en masa, sin mascarillas, apretujándose– para darles una supuesta donación que se agotó a los cinco minutos.

Y en el húmedo sótano de la peor infamia y el carroñerismo están los dueños de esos canales. Señores de saco y corbata que cuando se asoman por la ventana no ven gente, sino puntos de rating. Rating que ha vuelto a llegar a niveles altísimos, gracias a un público literalmente cautivo. Rating que no les sirve para nada porque nadie en su sano juicio está invirtiendo un sol de publicidad. Rating que podrían aprovechar para transmitir los programas educativos que está produciendo el gobierno para que los niños peruanos no pierdan el año escolar.

Ah, pero no. Primero, quisieron venderle los programas educativos al Estado. Luego, quisieron cobrar por transmitir la iniciativa “Aprendo en Casa”. Después, pidieron que el gobierno les consiga la pauta publicitaria. Las negociaciones aún continúan. El Ejecutivo perfectamente podría aplicar la Ley de Radio y Televisión y obligarlos a pasar dos horas de educación todos los días, lo que tendría el respaldo absoluto de la población que todos los días tiene que ver, indefensa, indignada, cómo se usufructúa el espectro electromagnético en plena emergencia mundial.

La televisión peruana –secuestrada por esta gente– es otra de las cosas que, después de la pandemia, no debería volver a “la normalidad”.

Legalmente se puede.