La reforma política no es un juego de póker

Alberto Adrianzén
30 05 2019 | 00:52h

“La otra posibilidad es la convocatoria a elecciones generales, Presidente y Congreso, en un corto plazo, para dar inicio a una nueva transición democrática”.

En estos días, uno tiene la sospecha de que el fujimorismo y el aprismo no son los únicos adversarios de la reforma política, sino también que lo son el presidente Vizcarra y su gobierno. Quién le dice al presidente que está equivocado. Que no se puede reformar el régimen político modificando sustancialmente la relación Ejecutivo-Legislativo de manera apresurada, con propuestas tan disparatadas como la elección del Congreso en la segunda vuelta presidencial y sin un compromiso político de por medio. Asimismo, si se tiene un gobierno débil, si no se tiene una bancada fuerte ni tampoco un partido propio que lo respalde.

También, si el tema de la reforma política, como muestran diversas encuestas, no es una de las grandes preocupaciones de la opinión pública. Es decir, si no se tiene una correlación de fuerzas y una voluntad política que le permita “imponer” dicha reforma a sus adversarios, es decir, al aprismo y al fujimorismo

Y, de otro lado, que si no cumple con las amenazas ello acaba por afectar su credibilidad y la de su gobierno. Además, un enfrentamiento permanente con el Congreso sin solución y sin salida, termina por dañar también la popularidad del Presidente como lo evidencian las encuestas. Uno puede blufear una o dos veces, pero no todas las veces como pretende el presidente Vizcarra y creer que siempre va a ganar.

Expresión de estos errores en el manejo de la reforma política es la distancia tomada por el presidente del Congreso, aliado hasta hace poco, del gobierno, que le ha dicho al presidente Vizcarra que “no le tiene miedo” al cierre del Congreso. A esto habría que sumarle otras declaraciones que evidencian también desacuerdos con la táctica presidencial como las de su ex primer ministro César Villanueva, sosteniendo, contrariamente a la propuesta del Ejecutivo, que el levantamiento de la inmunidad parlamentaria “debe seguir en manos del Congreso”; o la de los miembros de la Comisión Presidencial para la Reforma Política, en el sentido de que sus propuestas no deben ser vistas “como un arma” (política) y que se requiere de “un compromiso político” para sacar la reforma. Finalmente, las provocaciones del fujimorismo y del aprismo, como el reciente e indigno “blindaje” al exfiscal de la Nación Pedro Chávarry, que buscaría el cierre del Congreso, hecho que le conviene más a estos grupos que a la oposición democrática y progresista. 

En el referéndum los peruanos votamos por temas puntuales y no por una reforma del régimen que implicara pasar de un presidencialismo imperfecto a un presidencialismo fuerte. Y si bien la reforma política es necesaria, esta requiere no solo de palabras y gestos sino también de una nueva fuerza política y social que la haga viable, incorporando otros temas como la reforma económica, así como de la presencia de nuevos sectores políticos en el gobierno. La otra posibilidad es la convocatoria a elecciones generales, Presidente y Congreso, en un corto plazo, para dar inicio a una nueva transición democrática.

Por eso creo que si no hay una solución rápida a estos problemas, lo más probable es que tengamos una crisis mayor donde cualquier cosa puede pasar. Cuando no hay actores políticos fuertes el deterioro y la insensatez, antes que el cambio progresista, son el futuro de un país.