La siesta de Vizcarra

Raúl Tola
04 May 2019 | 1:20 h

“Las necesidades políticas y administrativas del país se mantienen intactas, y reclaman un gobierno que se atreva a retomar la iniciativa”.

Al gobierno de Martín Vizcarra estos días de delaciones premiadas le han servido para pasar desapercibido. Las espectaculares primicias vinculadas a la corrupción de Odebrecht —que han confirmado todas las sospechas, desde Susana Villarán hasta Alan García— han monopolizado la atención pública, relegando al gobierno a un segundo plano.

Aunque parece haberlo recibido con alivio, no queda claro que a Vizcarra le convenga perder tanto protagonismo. Es verdad que por unos días ha tenido un respiro, dejando de ser blanco para las críticas y acusaciones de toda clase. Pero un presidente en su condición, carente de partido, que llegó de rebote al cargo y que enfrenta a una oposición desacreditada y debilitada, pero que retiene una buena porción de votos en el Congreso, necesita mantenerse en la cúspide de la ola si quiere contrapesar sus debilidades.

A Vizcarra le fue bien el año pasado porque encontró un nicho —la lucha contra la corrupción— que le permitió conectar con la ciudadanía y construir un liderazgo bastante unánime. Ignoro los motivos —cansancio, malos consejeros, incapacidad— pero con la llegada del 2019 el Presidente perdió el impulso, algo que ha sido penalizado con un persistente repliegue de su popularidad en las encuestas.

Más que una solución para las carencias del gobierno, el premier Salvador del Solar parece formar parte del problema. Saliendo de un año tan conflictivo como el pasado, sus primeros gestos de pluralidad y diálogo resultaron inoportunos e incluso ingenuos. La oposición los leyó como muestras de debilidad —tal como ocurrió con Pedro Pablo Kuczynski— y la población como un repliegue ahí donde más respaldaba al Ejecutivo.

Todo indica que el instinto de conservación fue el que forzó a Vizcarra a asumir figuración. Ahora que el objetivo de su supervivencia parece garantizado se ha quedado sin ese combustible que lo llevó a tomar riesgos, a actuar con dinamismo y a construir su legitimidad.

Ojalá no sea cierto que el Presidente funcionaba mejor cuando estaba contra las cuerdas y que se limitará a administrar su poder en lo que le resta de mandato. Vizcarra ya no tiene los apremios que lo recibieron cuando reemplazó a Kuczynski, pero las necesidades políticas y administrativas del país se mantienen intactas, y reclaman un gobierno que se atreva a retomar la iniciativa.