Una pugna que no termina

Diego García Sayán
13 Feb 2019 | 20:40 h

“Sin perjuicio de todos los gestos de apoyo a la democratización, la interacción política y diplomática con estos dos países es necesaria”.

Incierta la salida en Venezuela. Algunos pensaron –ilusamente, creo– que la designación de Juan Guaidó como presidente interino y su reconocimiento como tal por varios países precipitaría la salida de Maduro. No ha sido así y, muy probablemente, no lo será en el corto plazo. 

Esto plantea varias interrogantes y una previa: la perdurabilidad de un gobernante interino que no puede ejercer funciones de tal. Es evidente que el régimen juega al agotamiento de esa figura presidencial prolongando una situación en la que el control del Estado sigue bajo la égida de Nicolás Maduro y de la cúpula militar en la que se sostiene. En este contexto son tres los factores principales que encauzaran las tensiones actuales.

El primero es la calle y la cohesión de la oposición. La persistencia de la movilización social y una oposición política actuando unitariamente es condición sine qua non para una salida democrática. Es evidente que cuando la oposición se desarticuló y pasaron a primer plano los protagonismos personales y las disensiones, la calle también se enfrió. A los factores ya contributivos de la protesta se ha añadido el bloqueo a la ayuda humanitaria, algo que la oposición ya puso en la línea de mira.  

El segundo es el aparato militar y su oficialidad. Como se ha visto en muchas otras experiencias, en una situación fluida como la de ahora, pueden emerger sectores “pragmáticos” que podrían defeccionar si, a fin de cuentas, percibiesen que Guaidó podría prevalecer y la asamblea nacional impulsar una amnistía creíble. En cualquier caso, lo obvio es que el impacto que tengan dentro del aparato militar los procesos del entorno social y político serán decisivos. 

En ese contexto, podría ser un asunto crítico que el régimen siga “jalando la cuerda” y le exija a la cúpula militar ciertas conductas que podrían llevar a algunos de ellos a preguntarse hasta cuándo seguir tensando las cosas. Por ejemplo, el uso de la fuerza ante las caravanas con ayuda humanitaria o ante la continuada presencia de los diplomáticos de Estados Unidos en Venezuela que reconocen a Guaidó y no a Maduro como presidente.

El tercero es la comunidad internacional Allí las bazas se mueven en direcciones que no son convergentes. De un lado los países que desconocen la legitimidad de Maduro como gobernante y, por el otro, los que lo apoyan.

En el primer grupo hay distintas modulaciones. Estas van desde las meramente políticas o de restricciones de visas a cabezas de su régimen (medidas de países latinoamericanos y europeos) hasta las sanciones unilaterales dispuestas por EEUU reteniendo pagos por el petróleo y la rumoreada intervención militar. 

No todas estas piezas son necesariamente conducentes al mismo resultado. Algunas de ellas podrían llevar a la “victimización” del régimen y a la aceleración de las migraciones hacia Colombia y Perú de un pueblo con hambre y sin medicinas. Un gobierno autoritario puede mantenerse y prolongarse en esas condiciones como la historia lo ha demostrado. 

La otra pieza de la comunidad internacional es el grupo variopinto que apoya al régimen. Donde destacan China y Rusia, países con intereses directos en el país, tanto como inversionistas como acreedores. Viendo más allá del corto plazo, es evidente que el colapso del país y su eventual “irakización” no conviene a nadie en el exterior. 

Por eso es que, sin perjuicio de todos los gestos de apoyo a la democratización, la interacción política y diplomática con estos dos países es necesaria. El Consejo de Seguridad de la ONU es un espacio difícil y complicado, pero no debe seguir siendo soslayado.