Los nueve monstruos

Jorge Bruce
27 Ene 2019 | 19:25 h

Sentimos ansiedad porque, como en el inmortal verso de Vallejo en el poema Los Nueve Monstruos, “jamás tan cerca arremetió lo lejos”.

En mis clases suelo usar la letra de la hermosa y conocida canción “Ansiedad” para explicar la diferencia entre “ansiedad” y “angustia”. En castellano, a menudo se les confunde entre los propios especialistas, acaso debido a la traducción incorrecta del inglés anxiety. Lo cierto es que el bolero lo dice con inmejorable claridad clínica: la palabra “ansiedad” denota un estado de anticipación en donde el placer se encuentra, como dos ríos, con el dolor y el miedo. Esto se encuentra en la vecindad de lo que Jacques Lacan denomina la jouissance, el goce.

Por eso la posibilidad de tener al ser amado entre nuestros brazos genera ansiedad. En cambio, si la letra hablara de “angustia de tenerte en mis brazos” el significado sería muy distinto. Aludiría al temor difuso, quizás castrante de abrazar a una persona amada o deseada, pero cuya cercanía nos produce sensaciones inexplicables de, cito al DRAE, “Aflicción, congoja, ansiedad”. Sí, el propio DRAE da estos dos términos como sinónimos, pero en mi modesta y desautorizada opinión, es un error que empobrece la sutileza del idioma.

Si, como es habitual en esta variopinta columna, extrapolamos estas disquisiciones afectivas al escenario político en el que estamos actuando, nos encontramos con esto: la probabilidad de que la serie de circunstancias favorables a la justicia que estamos viviendo nos lleven al puerto en donde se castiga lo que, hasta ahora, permanecía impune entre los protagonistas de nuestra política, es grande. Más grande que nunca. No falta mucho hasta que lleguen las declaraciones de Barata y los fiscales Vela y Pérez se encuentran en Andorra recabando información bancaria.

Alan García se desgañita procurando desvirtuar el proceso y desviar el proceso hacia Vizcarra, Toledo, Humala o el Tío Johnny. Por ahora, solo obtiene escarnio e incredulidad. Como Austin Powers, es evidente que ha perdido su mojo.

Sin embargo, Gustavo Gorriti nos previene en reciente entrevista en el Trome que el plan de los corruptos no es para librar a Keiko, que para todos los efectos prácticos ya salió de escena, sino al hombre del ego colosal (todo ego colosal, por si acaso, tiene pies de barro: esto es el abecé de la teoría sobre el narcisismo).

Esto es lo que nos produce ansiedad a quienes deseamos que la lucha anticorrupción nos permita avanzar al desarrollo, y angustia a quienes se oponen con todas sus fuerzas a que esto suceda porque podrían dar con sus huesos en la cárcel. Es el mismo dilema de los generales de Maduro en Venezuela: si lo abandonan podrían tener que pagar por los crímenes cometidos. De ahí que los sistemas de colaboración eficaz sean esenciales para salir del entrampamiento.

Sentimos ansiedad porque, como en el inmortal verso de Vallejo en el poema Los Nueve Monstruos, “jamás tan cerca arremetió lo lejos”. Esperamos, deseamos, confiamos pero tememos que se frustre esta inédita esperanza de justicia. Dicho sea de paso: lean el citado poema y encontrarán la mejor distinción posible, la más genial, de la crucial distinción entre ansiedad y angustia.