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Ese cruce de miradas en el cruce peatonal

“Cada vez que manejo, formo parte de escenas que resumen todo lo que está mal en mi país”.

La mayor parte de mi vida fui peatón, pero desde hace unos buenos años tengo auto. Conozco las dos miradas, las del peatón y las del conductor. La del que va a pie y la del que maneja. En el Perú, esas miradas estremecen, esos ojos perturban. Estos días, desde el auto, cada vez que manejo, formo parte de escenas que resumen todo lo que está mal en mi país o al menos, por alguna razón, de cuando en cuando, soy más consciente de ellas.

Sigo avanzando hasta que llego a una esquina sin semáforo. Grupos de personas me observan llegar. Aparecen, entonces, esas miradas de las que hablo. Hay quienes, con frescura y pana, siguen caminando, conscientes de su preferencia ciudadana, ejerciéndola, así pongan sus vidas en riesgo, metiendo en la pista incluso un coche con un bebé, pero me refiero a otras miradas. Las de esos ojos que te miran con terror, con dudas, con sometimiento, a pesar de que te estás deteniendo.

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Te detienes frente a las líneas, frente al aviso de “pare”, pero no lo creen, no está en su mente que les cedas el paso, como corresponde. No avanzan, permanecen parados, impávidos, indefensos. Yo sigo esperando, ellos no avanzan. Tengo que sacar la cabeza del auto y decir: crucen por favor, explicitarlo, publicarlo. Recién allí se mandan y ya no me miran.

A otros les basta que les haga una seña detrás del parabrisas, entonces cruzan y agradecen con un gesto, una mano alzada, una inclinación de cabeza, ante el inesperado civismo que refresca la calentura de una ciudad salvaje, de una sociedad que no tiene piedad. Allí, una sonrisa lo es todo.

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En ese cruce donde se da el cruce de miradas algo pasa. Es un contacto visual que desarma, interpela, disloca, como el arte. En ocasiones, cedo el paso, pero el auto o la moto del costado no lo hace. Puede ser una 4x4, un taxista, un bus, pero no para, sigue de largo.

Allí veo cómo se les quiebra el corazón, los hace renegar, mas saben que no todo está perdido, que hay conductores que sí paran, incluso cuando están apurados, que es cuando más cuesta, hasta duele, pero hay que hacerlo. Yo no puedo evitar mirar también el rostro de los que no pararon. Cuando soy yo el peatón, también miro detrás del parabrisas, reto, me indigno por dentro y también cuando paran, siento, por fin, algo parecido a la paz.