Augusto Álvarez Rodrich.

Augusto Álvarez Rodrich.

Claro y directo
Economista de la U. del Pacífico –profesor desde 1986– y Máster de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, Harvard. En el oficio de periodista desde hace más de cuatro décadas, con varios despidos en la mochila tras dirigir y conducir programas en diarios, tv y radio. Dirige RTV, preside Ipys, le gusta el teatro, ante todo, hincha de Alianza Lima.

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¿Cómo salvar a Pedro Castillo?

La pregunta clave es, en realidad, cómo salvar al Perú.

En un momento tan complejo como este, cuando la presidencia de Pedro Castillo se desmorona por su persistente vocación por el abismo, cabe preguntarse cómo salir del rumbo de colisión en el que otra vez va el país.

Autoridad moral es una expresión idiota de la que debe escapar toda persona con algo de sensatez, desde políticos hasta columnistas que se autocondecoran con esa medallita acojudante. No la leerán nunca en este espacio.

Prefiero usar la distancia social ante los hechos con la posibilidad de interpretarlos con menos entusiasmo y más cabeza fría, tanto sobre el gobierno del profesor como de la oposición de tantos que no aceptaron su triunfo y lo quieren tumbar como sea, contando con la complicidad entusiasta de la invicta vocación por el error del presidente.

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Esta pequeña columna cree –y así lo escribió en su momento– que el Perú perdió cuando pasaron a la segunda vuelta Castillo y Keiko Fujimori, las dos peores opciones de un menú general 2021 que tampoco generaba ilusión.

Con esa distancia social, esta columna advierte los tremendos desaciertos exhibidos por la presidencia de Castillo y su manifiesta incapacidad para plantear un plan mínimo de gobierno, a lo cual se suma ahora su sospechosa promiscuidad con la corrupción.

Advierte, también, la manifiesta mediocridad –y corrupción– que recorre el congreso, especialmente de los sectores interesados en vacar, por lo que sea, como sea, a Castillo.

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La experiencia previa del país en vacancias presidenciales hace prever que el rumbo hacia una nueva destitución está en marcha, con creciente posibilidad de concreción.

Pese a ello, la vacancia de Castillo sigue siendo, hasta ahora, el peor escenario para la perspectiva peruana. Pero eso no puede ser el argumento para justificar su ineptitud, lisonjearlo por su origen, u obviar su accionar escamado contra la transparencia.

Por el contrario, hoy se requiere exigirle a Pedro Castillo que haga todo lo necesario para hacer una presidencia viable, que es lo contrario a lo que viene haciendo: orden, nuevo gabinete, distintas alianzas, intentar responsabilidad.

Pues no se trata de salvar a un accidente penoso en la política peruana como Castillo, sino de salvar al Perú.