Diego García Sayán

Diego García Sayán

Atando cabos
Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Actualmente es Relator Especial de la ONU sobre Independencia de Jueces y Abogados. Autor de varios libros sobre asuntos jurídicos y relaciones internacionales.

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Powell y el Perú

“Recordaba Powell que el Perú estaba recuperando su democracia, interrumpida hasta noviembre del 2000, y fue enfático en su homenaje”.

Sobre Colin Powell se ha escrito mucho esta semana desde que se supo de su fallecimiento. La mayoría de referencias recorren, con respetuoso y correcto enfoque, la vida de este personaje tan relevante en la historia reciente de los EE. UU. y de las relaciones internacionales en varias décadas.

No exento de contradicciones y de algunos actos de los que él mismo tomó distancia después. Notablemente su aval el 2003 ante el Consejo de Seguridad de la ONU a la tesis de que Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva para justificar, así, la invasión a Irak. Tesis promovida por los halcones del gobierno dentro de los que destacaba el vicepresidente Cheney y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. En noviembre del año siguiente Powell renunció a la Secretaría de Estado; poco tiempo después reconoció que esa información era errónea.

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Sería injusto que un lamentable traspiés como lo de Irak –del cual se arrepintió y autocriticó– nos impidiera ver el bosque que constituyó su extraordinaria carrera. Nos deja un balance extraordinario en varios planos. Quiero destacar dos.

De un lado, su encarnación como un ejemplo de triunfo personal contra la adversidad. Hijo de inmigrantes jamaiquinos, nacido en un hogar humilde en el mero Harlem, Nueva York, su vida y carrera fue un alud de tremendos retos superados con éxito. En un contexto en el que la discriminación racial en general, y contra los negros en particular, estaba aún en la cresta de la ola, logra un hito al ser admitido muy joven como alumno en el exigente Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva.

Su carrera como oficial lo llevó, peldaño a peldaño, a general y a ocupar, después, el más alto cargo del ejército estadounidense, presidente del Estado Mayor Conjunto. Dejó el ejército en 1993 y, si bien se le plantearon propuestas de candidaturas, tanto por demócratas como por republicanos, no las aceptó. A fines del 2000 George W. Bush lo designa secretario de Estado para que conduzca la política exterior.

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Y es desde ese cargo, las circunstancias y su visión democrática de las cosas, que Powell interactúa positivamente con América Latina y el Perú, país promotor de la Carta Democrática Interamericana (CDI). En ese contexto me cupo interactuar con él sobre sensibles asuntos bilaterales y para la adopción de la CDI en Lima el dramático 11 de setiembre del 2001. He comentado ya (LR, 9/9/2021) las incidencias de aquel día.

Venía Powell a nuestra región con la agenda democrática a la cabeza. El día anterior (10 de setiembre) había designado al escuadrón de la muerte Autodefensas Unidas de Colombia, comúnmente conocidas como AUC, como organización terrorista extranjera, con las consecuencias financieras y migratorias que ello entraña. No sabía Powell que al día siguiente otro tipo de terrorismo atacaría su país y la ciudad que lo vio nacer.

Sus palabras en la asamblea de la OEA, que me tocó presidir, resuenan hasta hoy. Recordaba Powell que el Perú estaba recuperando su democracia, interrumpida hasta noviembre del 2000, y fue enfático en su homenaje: “los verdaderos héroes de esta Asamblea Extraordinaria son los hombres y mujeres del Perú, cuya valentía y determinación inspiraron la Carta Democrática que estamos a punto de aprobar, que la CDI ‘nació en las plazas de los pueblos del Perú’ enfatizando: ‘Se negaron a ser amenazados, sobornados o manipulados para aceptar unas elecciones contaminadas. Exigieron que su gobierno respetara sus votos. Que se atenga al Estado de derecho. Y que responda a sus necesidades’”.

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Estas palabras y las circunstancias en las que Powell las pronunció fueron un sólido espacio de afirmación de derechos democráticos y de la lucha por su vigencia. Que tiene, por cierto, en la prevención y enfrentamiento al terrorismo y al extremismo, en cualquiera de sus versiones, una identidad e interacción fundamental. Un homenaje correcto a Powell es reafirmar esos principios.