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El país de todas las sangres

No sería mejor reconocer el fracaso, ponerse el país al hombro y empezar a trabajar por el Perú, tal vez el destino le esté dando a Keiko la ocasión de organizar y liderar una oposición constructiva, sin intereses subalternos.

Pedro A. Castro Balmaceda.

Luego de estas elecciones el Perú no volverá a ser el mismo, hemos cambiado, hemos mutado, nos hemos fragmentado. Cuando veo a mis compatriotas marchando por sus derechos, exigiendo respeto, reclamando equidad en un país desigual, siento que hemos evolucionado. Luego veo a siniestros personajes filtrarse en la política, apoyando intereses mezquinos, usando el dinero para promover revueltas, acosando a las instituciones electorales y atacando la libertad de prensa y expresión, y pierdo las esperanzas, la involución nos ha carcomido. Seguimos mirándonos el ombligo creyéndonos la historia de que somos el centro del universo, luego de eso solo queda la extinción.

Keiko tuvo todo para ganar: el dinero, los grupos de poder, toda la derecha jugando a su favor, publicidad millonaria en calles, edificios y paneles, los técnicos, políticos y escritores -que antes la despreciaron- hoy eran sus aliados. Cautivó al 90% de la prensa monopólica apretando periodistas y forzando titulares, jugaron con el terror de la población y el fanatismo que rompe lógicas sin importar las secuelas a futuro. Y lo más resaltante, tuvo un pésimo candidato de contrincante.

Entonces, ¿por qué perdió y no arrasó en las elecciones? Keiko llegó a los de arriba, los vistió de naranja, los atemorizó con el “Perúzuela” y apeló a las pesadillas de muchos frente a una nueva Reforma Agraria expropiadora, fue fácil y rápido. Luego siguió con los del medio, recordándoles la escasez e hiperinflación del primer gobierno de Alan García, lo logró. Pero, cuando quiso hacer lo mismo con los sectores menos favorecidos, simplemente no le creyeron, emplazaron sus argumentos y en respuesta, solo los terruquearon, los ningunearon, los insultaron y quisieron pintarlos de invisible, pero no pudieron. Keiko ha perdido por tercera vez, de eso no me cabe la menor duda.

Pero, acaso ¿una derrota no es también una oportunidad? No sería mejor reconocer el fracaso, ponerse el país al hombro y empezar a trabajar por el Perú, tal vez el destino le esté dando a Keiko la ocasión de organizar y liderar una oposición constructiva, sin intereses subalternos, impulsando proyectos con su bancada y adláteres en favor de los menos favorecidos: del norte, del sur, del oriente, del Perú. Nos queda claro que conversar no es pactar, pero luego de una campaña zafia y fanatizada sería conveniente ver a nuestros políticos sentarse a dialogar, cimentar juntos un mejor país, enseñar con el ejemplo que todas las voces pueden ser escuchadas en el país de todas las sangres.