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Ahora, hacia adelante

“Hubo un decidido intento de vaciar de sentido el concepto de democracia para convertirlo en onomatopeya de un ladrido o, peor todavía, en arma de guerra...”.

Por Jason Day

Lo que nos toca ahora a quienes sí respetamos la voluntad de la mayoría en democracia es comenzar a bajarle la temperatura a esto. Hay casos de erosión ya irreversibles, está claro. Pero hay muchos otros vínculos que aún podemos sanar: hay padres que, con un poco de esfuerzo y cuidado, podrían retomar el diálogo con sus hijos o amigos que ya podrían decirse que no quisieron decir lo que se dijeron, que se equivocaron. Lo que no sé si conseguiremos revertir es el espanto que han provocado las manifestaciones de racismo, clasismo y desprecio por quien no piensa igual del que sin ningún pudor hicieron gala un conjunto de personas.

Con cada mensaje de ira, cada insulto, cada amenaza que recibía, respiraba hondo tres veces al tiempo que me recordaba que toda esa furia contenida en mensajitos atropellados de Whatsapp era nada más que la reacción visceral del que tiene miedo y se siente pequeño, acorralado. Y que responder equivaldría a caer a un fango del que costaría salir. Porque una cosa es el ataque torpe de una manga de trolls anónimos y otra la demolición de vínculos reales, entre personas que comparten, como mínimo, recuerdos de tiempos mejores. Empatizaba por tanto no con sus motivos, que me parecen francamente ridículos, sino con la idea de que eso lo llevamos todos por dentro: esa cosa ruin y oscura que al sentir que podemos perderlo todo surge sin control. Y me daba pena también ver tan expuesta la fragilidad de personas a las que creía sólidas, inteligentes, y por las que guardaba respeto y hasta afecto, entregándose sin reparos a una campaña de mentiras y miedo que no hizo mucho más que darles permiso para revelar quienes son y de qué están hechos.

Hubo un decidido intento de vaciar de sentido el concepto de democracia para convertirlo en onomatopeya de un ladrido o, peor todavía, en arma de guerra, el riesgo ahí estaba en que esa misma precarización acabara contagiando, como un virus, a cada ámbito de nuestro orden cívico: ahí, en ese concepto que para unos pocos pareciera significar “defensa de mis privilegios”, estábamos nosotros, todos: plurales y diversos. Y nuestros derechos, la gran mayoría de los cuales son resultado de largas y dolorosas luchas. Y también nuestras leyes y reglas, nuestras instituciones, la prensa y la confianza, la tolerancia y la fe colectiva en un mañana mejor, más próspero y justo... Pero nuestro sistema de convivencia, la democracia, se mostró fuerte y firme contra el griterío. Se celebraron elecciones libres y limpias, como prometió el presidente Francisco Sagasti, y ya hay, por algunas decenas de miles de votos más que en la elección pasada, un claro ganador.

Participen o no quienes firmaron su renuncia a nuestra vida en común calificando de fraude al voto honesto del otro o demandando la intervención de unas Fuerzas Armadas respetuosas del orden constitucional, tenemos que activar la grandeza que mantiene vivo el proyecto de República que nos compromete y une.

Tenemos que abrazar los ideales fundacionales del Perú, poner a un lado nuestras diferencias y volver a llenar de sentido, en la práctica, en nuestro día a día, el concepto de democracia.

Por ahora, deseo de corazón que el presidente Pedro Castillo asuma en toda su dimensión el reto histórico que el país le ha puesto por delante. Necesitamos un liderazgo honesto, sensible y unificador que trabaje con determinación por resolver lo más urgente: vacunar a todos los peruanos, reactivar las escuelas públicas y privadas, sacar de la pobreza a cientos de miles y generar confianza con reglas claras para que la inversión privada en el Perú, la de pequeños y grandes, siga creciendo. Pero, sobre todo, deseo que su investidura el 28 de julio sea vista por todas las niñas y niños del Perú y que sepan por fin que este país en duelo, golpeado e injusto sí es de todos.