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Que me parta un rayo

“Durante toda la mañana del lunes pude comprobar una tregua en las redes sociales...”.

El pasado domingo nos acostamos con la desazón y la crispación que dejó el “debate técnico” y al día siguiente despertamos aterrorizados con los sonidos del fin del mundo: desde 1960 no se veían rayos ni se sentían truenos sobre el cielo de Lima Metropolitana. Y ojo que fue un fenómeno mañanero porque si se hubieran producido de noche, el espectáculo habría sido de tal magnitud que se habría desatado una histeria colectiva digna de mejores causas.

Pero la inusual tormenta eléctrica que despertó a los limeños vino con milagro incluido: durante toda la mañana del lunes pude comprobar una tregua en las redes sociales. Algo así como un pacto de no agresión. Hasta sentí una solidaridad colectiva provocada por el temido y poco frecuente fenómeno natural.

Pero como el Perú nunca da tregua, al día siguiente la tormenta y hasta el “debate técnico” pasaron a un segundo plano ante las terribles noticias de la masacre en un caserío del Vraem. Debo reconocer que, por un instante, imaginé que este trágico hecho provocaría una nueva tregua en las redes sociales o que sería un nuevo motivo para olvidar diferencias políticas y rencillas ideológicas. Craso error. Casi de inmediato y antes que las fuerzas del orden lleguen a la zona de matanza, en las redes sociales y algunos medios de comunicación ya se publicaban las horrorosas imágenes de los ciudadanos asesinados. Incluso, en el whatsapp de amigos de barrio un simpatizante naranja nos bombardeó sin asco con las fotografías de la matanza. El crimen provocó una verdadera batalla campal que dejó muertos y heridos en las redes sociales.

Conclusión: si hay algo que une a los peruanos son los terremotos o fenómenos naturales poco usuales. En estos días pienso en el gran sismo del domingo 31 de mayo de 1970, justo ahora que los científicos del IGP acaban de advertir que los limeños debemos estar alertas porque frente a las playas de la Costa Verde, en las profundidades submarinas de la costa central, se viene acumulando una deformación geológica desde 1746 –fecha del gran terremoto y tsunami que arrasó el Callao– que a la hora de “liberarse” provocará un seísmo de magnitud 8,5... como para dejar de creer que se viene el fin del mundo el próximo domingo 6 de junio.