Diego García Sayán

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Bicentenario: ¿algo que celebrar?

“A quienes buscan generar caos con esos propósitos, el contexto les da oxígeno. Un gobierno débil y de corta duración y, en especial, una confusa campaña electoral...”.

Vivimos una tragedia de horror en el Perú. Ni la persona más pesimista lo pudo haber imaginado o previsto. Se entremezclan y retroalimentan brazos de una especie de pulpo que ataca implacablemente a nuestra sociedad, llamada a “celebrar” este año trágico el bicentenario de la independencia. Dos asuntos muy graves nos deben poner en guardia: la pandemia y el panorama político.

La pandemia. Nuestras preocupaciones diarias giran en torno a su brutal impacto: “¿Viste el último número de fallecidos? ¿Te enteraste de que a xxx lo cremaron ayer? ¿Ya conseguiste chamba, aunque sea por horas?”. En eso estamos y no es para menos pues la pandemia ya arrasó con la vida de más de 120.000 personas, colapsó la economía y ha arrojado al desempleo a más de 2,9 millones de connacionales.

La otra cara de la moneda es el panorama político. Marcado por conductas irresponsables y temerarias de ciertos políticos y órganos mediáticos –y los grupos empresariales que están detrás– que apuntan a la demolición haciendo uso del todo vale. Las amenazas son varias; cuatro muestras.

Uno, el criminal sabotaje a la vacunación contra el Covid-19 (las vacunas que ha comprado el Estado “son prácticamente como inyectarse agua destilada”). El gobierno tiene serios problemas a la hora de comunicar, y no ha tomado suficientes acciones para mitigar el daño generado por quienes difunden este tipo de información falsa (desmentida por el Colegio Médico del Perú, entre otras instituciones).

Dos, otra vez ¡! movidas para una nueva vacancia presidencial en medio de la crisis. Como la vez anterior, por mezquinas motivaciones de querer controlar el gobierno para sí, aunque sea por pocos meses.

Tres, impunidad. Parar las investigaciones que impulsa la Fiscal de la Nación Zoraida Ávalos a Manuel Merino, y otros, por la represión y las muertes de Inti Sotelo y Bryan Pintado en las protestas democráticas de noviembre. Merino, y otros, se mueven ya en el Congreso para destituir a la Fiscal con cualquier pretexto y atropellando groseramente la independencia del Ministerio Público.

Cuatro, una extrema derecha cerril –que de tan “derecha” ya se sale del cuadro– buscando o inventando a quien encarne electoralmente esas corrientes extremistas y autoritarias. Con un país que se ha vuelto conservador, pero no bruto, necesitan mover muchas bazas para convencer a la gente. Apuntan a que, en tiempos de crisis, ideas simples y autoritarias “vendan”. A quienes buscan generar caos con esos propósitos, el contexto les da oxígeno. Un gobierno débil y de corta duración y, en especial, una confusa campaña electoral en la que ninguno de los 18 candidatos genera más de 13% en las encuestas y en la que es visible la ausencia de grandes debates políticos o programáticos.

La clave de estos conspiradores está, por eso, en la agitación y propaganda. A través de bien aceitadas redes y del canal de televisión que alimenta sistemáticamente campañas de mentira, prescindiendo de reglas éticas básicas. En analogía a lo que fue en la expansión del nazismo el Völkischer Beobachter (Observador del pueblo) prescindiendo de elementales reglas éticas de respeto a la verdad y del elemental deber de contrastación de fuentes.

Salimos mal parados en estos 200 años de muchas crisis semejantes en las que se campearon conductas parecidas. Guerras internas, inestabilidad y enriquecimiento de unos pocos; los primeros años de república. La guerra del Pacífico, después, puso en la vitrina esas mismas corrientes disolventes, los caudillismos y ambiciones por encima de la cohesión nacional.

Mucha atención; comportamientos y personajes se repiten. Pensemos, por eso, en el bicentenario como un proceso de introspección y revisión colectiva. La república, a fin de cuentas, recién se constituyó en 1822 con el Congreso Constituyente de 1822 y la independencia se selló en 1824 en Ayacucho. Que sirva el proceso/bicentenario para aislar y derrotar patrones de conducta disolventes y afirmar sólidos compromisos de respeto a los derechos de la gente, sin exclusiones, discriminación ni mentiras.