Diego García Sayán

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Partidos políticos: ¿a dónde nos lleva su colapso?

“Es una ruta ideal, pero complicada por la crisis que afecta a la gangrenada democracia representativa. Crisis acentuada por el actual contexto recesivo y de crisis...”.

L a crisis de los partidos políticos no es asunto nuevo. Desde hace décadas, cientistas políticos de Europa, América Latina o EEUU analizan sus causas y consecuencias. Lo que viene ocurriendo en el Perú y otros países de la región, sin embargo, abre un escenario distinto y que no deja de ser promisorio. No estaríamos ante una masiva despolitización sino ante una juventud activa y en las calles, que se hace sentir, como pocas veces en el pasado.

Tiene una agenda y reclamos 100% políticos, pero sin partidos políticos ni pretensión de constituirlos. La juventud peruana se tumbó al gobierno usurpador el mes de noviembre, la chilena abrió el camino para echar al traste la Constitución de Pinochet y en Colombia la juventud sale a la calle desde el año pasado rechazando los asesinatos de líderes sociales o los abusos policiales y clamando por los derechos de la mujer y un medioambiente equilibrado. La participación en asuntos públicos ha sido y es intensa; pero prescinde de partidos políticos.

José Rodríguez Elizondo se preguntaba hace pocos días en esta misma página (LR, 13/10/2020) si podía salvarse la democracia con los partidos políticos realmente existentes. Sin pretender una diagnosis muy precisa sino una aproximación provisional, creo que resaltan tres asuntos a tener en cuenta para imaginar una ruta de formas distintas de participación.

Primero, crisis y debilitamiento de los partidos que tiene, probablemente, un grado superlativo en el Perú. Con demasiadas organizaciones que son meras estructuras de poder crematístico –y hasta venal- de algún caudillo-propietario. Sin ideología, programa político o plan de gobierno que amerite un minuto de análisis.

Segundo, vitalidad del ejercicio democrático al margen de los partidos. Vive con nuevas formas de participación valiéndose de la democratización de la información y canales de comunicación, que multiplican las capacidades de acción y reacción social. Pero al ser un fenómeno episódico y, en mucho, reactivo, no genera un modelo de organización institucional y de alternativa a los mecanismos de representación tradicionales.

Tercero, apuntar a una democracia representativa vitalizada con la democracia directa y la participación ciudadana. La Carta Democrática Interamericana que los países del hemisferio americano aprobamos en Lima el 2001 va, previsoramente, en esa dirección. Establece que “la democracia representativa se refuerza y profundiza con la participación permanente, ética y responsable de la ciudadanía en un marco de legalidad conforme al respectivo orden constitucional” (art. 2).

Es una ruta ideal, pero complicada por la crisis que afecta a la gangrenada democracia representativa. Crisis acentuada por el actual contexto recesivo y de crisis económica y sanitaria generalizada, terreno fértil de liderazgos autoritarios, caudillismos y totalizantes y que miran con desconfianza y recelo cualquier asomo de institucionalidad.

Sin embargo, pensando en superar estos aspectos críticos, para articular la democracia representativa con la participativa, la primera debe ser seriamente reformada y la segunda promovida. Entre otros pasos, eliminando el disruptivo voto preferencial y estableciendo elecciones congresales con renovación por tercios y en votación posterior a la presidencial. Y abriendo caminos para sistemas eficaces de participación directa haciendo uso de los medios tecnológicos hoy disponibles.

Otrosí digo: sobre la vacuna, mientras los países latinoamericanos firmaban sus contratos en noviembre, el nuestro estaba defendiéndose de los golpistas arteros que bloquearon la acción gubernamental, y decidieron paralizar al Estado y a la nación en un momento crucial de la crisis. Ya venía el Congreso de tumbarse gabinetes en medio de la peor crisis sanitaria de nuestra historia. Deben responder ante la justicia por eso también.